Artes Plásticas

Inventario íntimo, o los grandes secretos de la vida

Estrella Díaz • La Habana, Cuba

Hasta fines de noviembre, en la galería del entresuelo del Palacio del Conde Lombillo, en La Habana colonial, se exhibe Inventario íntimo, de la arquitecta María Eugenia López Rossitch, exposición que agrupa 17 fotografías de pequeño y mediano formato realizadas mediante la impresión digital.

Imagen: La Jiribilla

La muestra, de un marcado signo femenino y que nace de una aguda e inquisitiva mirada, incluye obras de varias series —una homónima y otras que ha identificado como Fragilidades, Trencadís, Memorias y Zagas. Quizá, uno de los muchos elementos que hacen de Inventario íntimo una fiesta de los sentidos —porque el color es, también, protagonista— es que se realizó sin sofisticados recursos tecnológicos y sin el empleo de fuentes complementarias de luz.

Con la Rossitch —apellido de origen judío—, quien en las, casi, dos últimas décadas se ha desempeñado como productora y promotora de la obra del destacado pintor Arturo Montoto, conversamos en exclusiva sobre esta, su primera muestra personal.

“Esta exposición tiene sus antecedentes. La carrera de arquitectura te obliga a auxiliarte de diversos soportes para tomar referencias o para documentar el proceso no solo para un edificio sino para la planeación urbana, por ejemplo.

“En mi formación como arquitecto, la fotografía fue un instrumento; pero después uno se fascina ante la posibilidad de registrar un instante y convertirlo en una imagen  para la memoria. Ahí es cuando uno comienza a valorar en su justa medida la fotografía como manifestación artística. La fotografía tiene su identidad propia, no solo como medio auxiliar sino como elemento a tomar en cuenta desde otra perspectiva. Durante muchos años he trabajado la obra de Montoto, que es un gran fotógrafo y, además, un artista muy meticuloso con el manejo de las técnicas, y gracias a esa cercanía comencé a entender que la cámara tiene en sí misma su propia fascinación.

“El hecho de observar directamente a un artista que trabaja con la cámara y mi necesidad de utilizarla para obtener las instantáneas, contribuyeron a sedimentar mis conocimientos. Cuando comenzó a surgir la necesidad de dialogar con mi entorno a través de imágenes, y no solo con palabras, nací como fotógrafa. En lo personal, la comunicación me encanta, y si no hubiera estudiado arquitectura, me habría vinculado con alguna especialidad relacionada con la palabra y con las ideas. No puedo vivir sin el diálogo, sin el intercambio con la gente. Creo que ahí comenzaron a agolparse y coincidir intereses”.

Imagen: La Jiribilla

Ha dicho que la arquitectura es su templo, ¿hasta qué punto la arquitectura le ha servido para llegar a la obra fotográfica que está proponiendo ahora?

Siempre me he sentido muy orgullosa de haber estudiado arquitectura. Primero, porque disfruté muchísimo mi tiempo como estudiante —siempre he sentido una gran necesidad de superación—; pero, además, tuve el privilegio de tener profesores extraordinarios, que hoy son relevantes arquitectos de este país. Recuerdo mis años de arquitecta como una etapa maravillosa de mi vida, y considero que es una de las profesiones más completas porque te forma y te da la capacidad de trabajar en equipo; eso es muy provechoso para el ser humano y es algo difícil de concretar en la vida diaria. La posibilidad de conciliar con otras profesiones, con otros criterios, es algo que te permite crecer como ser humano, como persona. Es importante desarrollar la capacidad de conciliación.

Es enriquecedor trabajar en colectivo…

Es enriquecedor y maravilloso. He tenido la suerte de trabajar con equipos multidisciplinarios de altísima calidad, y eso me lo ofreció la arquitectura. Pero, por otro lado, es una carrera que impulsa y desarrolla la sensibilidad y la creatividad porque hay que buscar soluciones para las instalaciones sanitarias o las redes eléctricas, y todo eso desde el punto de vista físico, químico y matemático. Es decir, cuando analizas la arquitectura, todos son caminos diversos y fascinantes que, al final, te llevan a construir mejor tu propia vida e, incluso, la de los demás. 

Imagen: La Jiribilla

Inventario íntimo es una exposición muy femenina, ¿puedo asegurar que de género?

Definitivamente, y no podía ser de otra manera. Como mujer me interesa remarcar la femineidad y la delicadeza: esos rasgos forman parte de mi personalidad. Al final, Inventario íntimo es una declaración de género, pero que tiene detrás un tema de justicia social. Siempre he estado relacionada —a partir de la admiración— con otros seres vivos: me he dedicado a proteger con gran amor a los animales y me interesa el tema de cómo convivimos con otros seres vivos, que no son precisamente los humanos. Creo que la historia que estoy contando en Inventario íntimo puede ser la de cualquier mujer, pero puede ser, también, la de cualquier hombre e,  incluso, llegar a convertirse en un tema de raza.

Todo eso es parte del auto-reconocimiento y emerge de la revisión de aquellos elementos que están dentro de nosotros mismos; al final, nosotros seleccionamos los objetos que portamos y que están alrededor nuestro a partir de lo que nosotros somos. Inventario íntimo se gestó en unas circunstancias muy especiales de mi vida en las que aparecieron sentimientos encontrados: amor, resentimiento, necesidad de libertad y de transgredir determinados límites. Como mujeres tenemos un montón de limites sicológicos y sociales. A veces, son auto-límites, trabas y talanqueras que nos imponemos nosotras mismas que van definiendo el lugar donde vivimos o donde estamos. Estamos atravesando una época de libertades en cuanto a filiaciones, incluso, de tipo sexual; pero  las mujeres arrastramos una cantidad de lastres y de prejuicios que, al final, no nos liberan sino que nos atan. En Inventario íntimo hay eso: están las ataduras, los límites y las ansiedades que nos contienen. Es por eso que todas las imágenes están tomadas a partir de contenedores, de recipientes que están cerrados, y no queda claro si esos objetos quieren salir o nosotros queremos entrar. Hay ventanas, pero también hay nudos y cajas.

Pero todo magnificando el detalle…

Todo es macro porque las imágenes captan esos pequeños elementos que nos impulsan a vivir y nos ayudan —de muchas maneras— a ser nosotras mismas. O sea, que esos elementos nadie los ha podido arrebatar porque se han ido acumulando en diferentes etapas de la vida: pueden ser desechos del pasado que se reciclan y que se vuelven a utilizar.

La exposición tiene mucho color…

Es que atravieso un momento de madurez y quiero mostrar alegría —porque la siento—. No es solo una explosión de color sino, en todos los sentidos, en cuanto a la forma y en cuanto al acercamiento. Quiero que la gente entienda que en las pequeñas cosas es donde están los grandes secretos de la vida. Esa filosofía la he aprendido de los animales y también de mi familia. Tengo el privilegio de contar con una familia muy sólida; somos como una manada y nos defendemos mutuamente, a pesar de que me falta mi padre a quien siempre voy a necesitar. Todas estas perspectivas de vida tienen que ver con el tema mujer, con el auto-reconocimiento y la re-visitación de mi entorno y de todo lo que he hecho y aprendido a lo largo de los años.

Imagen: La Jiribilla

Ya dio el primer paso, ¿habrá continuidad?

El crítico y ensayista Rafael Acosta —quien tuvo a su cargo las palabras introductorias de la muestra y de lo que estoy sumamente agradecida— decía que el camino más largo comienza con el primer paso. De eso estoy convencida. Hace muchos años, di el primer paso en la promoción de la obra de Montoto y, por lo tanto, estoy convencida que estoy montada en el primer vagón de un tren que no sé cuán largo será. Hoy, siento el compromiso de continuar dándole seguimiento a la obra, sobre todo, por las personas que han creído y confiado en mí y por mí misma. Siento un compromiso personal y social.  

Dentro de Zagas aparece una mujer aguerrida, que es monocromo; en Fragilidad desaparecen aquellos elementos que están cerca de mí, pero que no son universos que porto, y sobre esa idea ya estoy trabajando. Exponer ha sido, sobre todo, un reto personal y admiro a muchas mujeres que han trabajado la fotografía en Cuba como Cirenaica Moreira y Martha María Pérez, entre otras. Ellas han tratado el tema con mucha valentía e, incluso, han empleado como pretexto sus propios cuerpos. Yo he hecho una evocación de ese cuerpo y me ha inspirado en la tenacidad de esas mujeres que han peleado, consolidado y dado continuidad a su trabajo. Siento que estoy viviendo el desafío de la mujer contemporánea que está en una edad madura y que tiene la necesidad de darle un contenedor propio a su trabajo, y sin dejar de hacer lo que he realizado hasta el momento: promover el quehacer artístico de Montoto.

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