15 Festival Internacional de Teatro

Lo cubano a la vanguardia

Frank Padrón • La Habana, Cuba

Aunque siempre despierta expectativa lo que nos visita en cada Festival de Teatro de La Habana, la presencia del patio en esta 15 edición no se queda detrás en la preferencia del vasto público —incluyendo, sobre todo, a  espectadores foráneos—.

Echemos una ojeada a algunos de esos títulos:

Con El flaco y el gordo, Pequeño Teatro de La Habana se luce mediante otro montaje tan sencillo como intenso y polisémico, a tono con el referente que le sirve de base: la confrontación clasista, ontológica y filosófica que en un hospital implica los disparatados diálogos de un afortunado y un pobre diablo.

Una vez más, la reducción espacial, e incluso del subsistema de personajes, deviene concentración dramática, lo cual no riñe con el dinamismo de la puesta, que incorpora guiños a los famosos personajes del cine silente. El director subraya el absurdo virgiliano como una variante de nuestra identidad, que ha conferido al teatro del dramaturgo mayor un auténtico sello de calidad.

De nuevo brilla Alejandro como El Gordo, afinando la expresividad caricaturesca, la voz en un registro eufónico encauzador del disparate y la gestualidad de apoyatura dramática.

Cierre con broche de oro de su “ciclo absurdo” —que había comenzado con otro notable montaje, Esperando a Godot, un delicioso Samuel Beckett “pasado por agua(s)” musicales— El flaco y el gordo demostró, una vez más, como Las criadas asesinas, las potencialidades del Pequeño Teatro de La Habana, grupo que junto con su director y fundador y uno de sus jóvenes y valiosos actores, fueran  validados con el Premio Caricato de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC), en un acto de justicia que también merece aplauso. 

Justamente, parafraseando a Virgilio Piñera en uno de sus cuentos,  Fíchenla, si pueden es el título de la nueva adaptación realizada por Carlos Celdrán y su grupo Argos Teatro, y admira ver cuán tristemente cercanos son varios de los conflictos  abordados, que fueran magistralmente tratados por el dramaturgo galo Jean Paul Sartre en La puta respetuosa durante la lejana década de los 40 del pasado siglo: las siempre dudosas apariencias que tanto engañan (fachadas respetables, moralinas huecas, hipocresía social, dobleces…) o viceversa: la nobleza y dignidad que detentan personas sin buena reputación, contrastes a los que apunta el aparente oxímoron que titula la pieza original. Y detrás de ellos, prejuicios raciales, aquel “fascismo corriente” al que se refiriera sabiamente el ruso Mijail Romm y toda la manipulación y los horrores que se esconden y de hecho laten, se manifiestan, en el interior del poder y de quienes lo poseen.

Estos problemas no son enunciados sino metabolizados dramatúrgicamente en el drama en dos actos —que Celdrán ha llevado a uno—; alternan y se superponen de modo muy coherente, en una pugna de pasiones y emociones que, sin embargo, eluden el efectismo que una lectura menos profunda hubiera generado.

El relato avanza con el creciente suspense que desemboca en un clímax tan incómodo como orgánico: la sumisión, la indefensión de la protagonista ante la omnipotencia que representa el policía-amante, por lo cual ella, pese a su entereza caracterológica, deviene anti-heroína; la debilidad de su condición —más social que sicológica— no admite otro desenlace.

La puesta de Celdrán aboga por el minimalismo característico: la brevedad escénica de la sala-sede de su grupo Argos Teatro no daba para mucho; pero tampoco era necesario. Las cuatro paredes se inflaman de sentimientos cruzados, de mentiras y manipulaciones; (de) allí todo llega o parte, todo se concreta o esfuma. El diseño de luces de Manolo Garriga, acorde con la economía de recursos que signa la puesta toda, apenas sugiere horas del día y permite que los actores exhiban mucho de lo que ocultan los personajes bajo la máscara del rostro.

La banda sonora de Alain Ortiz reproduce admirablemente el ambiente tanto interno como lo que se escucha y avanza puertas afuera —magistral la conformación y plasmación del ruido de las turbas que se acercan al apartamento—; bien conformada la música, de fuerte impronta romántica —procediendo así, por contraste, a las coordenadas diegéticas de la pieza—, ganaría sin embargo su función y la representación en general, un poco menos alta.

Las actuaciones son, generalmente, un rubro sólido en las puestas de Argos Teatro. Sus intérpretes conforman un equipo de altas cotas profesionales que no necesita de mucha guía; sin embargo, Celdrán se luce también aquí.

La Lizi de Yuliet Cruz (actriz en perenne ascenso más allá incluso del teatro) encuentra en este desempeño un justo equilibrio entre fragilidad y energía, de esa mujer más justa y noble que sus verdugos y sus manipuladores, y que Cruz asume con impecable limpieza histriónica. Alexander Díaz (Fredy) proyecta toda la brutalidad y bajeza de su personaje, sin llevarlo a pesar de ello a extremos maniqueos; es un actor que se mueve también en los claroscuros y matices de cada ser humano que asume erigiendo estimables desempeños. Un colega suyo muy experimentado (José Luis Hidalgo) vuelve a lucirse ahora en su diputado hipócrita, adalid de una doble —y por tanto falsa— moral, que él trasmite a plenitud de matices. Aunque, a veces, inseguro en ciertas transiciones, el joven Marcel Oliva demuestra un certero potencial en su acosado negro.

Versión hermosa y respetable de un clásico, como es ya habitual en Argos Teatro.

Goldfish es un texto escrito por los jóvenes William Ruiz y Alejandro Arango que ha montado Reyner Rodríguez Vázquez en una coproducción de El Ingenio y Teatro de la Luna.

Ahora en el teatro Miramar, toda la sala, se transforma en un set televisivo, pues el relato teatral se desarrolla en forma de uno de esos programas que juegan con “casos reales”, de modo que aquí hay conductora, grupo musical en vivo y comerciales, estos últimos, a propósito, de simpática esencia criolla.

Con el estilo de la inescrupulosa frivolidad que caracteriza tales espacios habituales en televisoras internacionales, Goldfish pretende así mismo la deconstrucción de un (anti)héroe, Pablo —desarraigado, pirómano, sociópata— y ese contexto siempre influyente en las conductas individuales, abordando a personas relacionadas con él, sobre todo su amante Camila.

De modo que la escenografía (del propio director y Maykel Martínez, también responsable del vestuario y la dirección de arte) se erige en elemento de gran eficacia dramatúrgica y semiótica, como lo es la singular música diegética (Diana Rosa Suárez) y la tan expresiva inserción audiovisual (Carlos Álvarez).

El problema aquí radica en la inestabilidad del ritmo de la puesta; se sobreentiende que un reality show, con todo lo censurable que pueda ser, al menos resulte entretenido de principio a fin, y esta puesta cuenta con ostensibles desniveles en ese aspecto.

Luego, hay personajes y situaciones (como la participación del médico, quien después alza vuelo en su número musical) que no están a la altura humorística de otros, mientras ciertos discursos y “monólogos”, estimables en sí mismos, no se adecuan al tono general del espectáculo, algo que involucra también a la escritura.

Un mérito indudable en Goldfish son las actuaciones; al menos el elenco que me tocó deparó brillantes labores de Yordanka Ariosa, Olivia Santana, Léster Martínez, Daniel Robles, Lucía Benítez y las bailarinas Maylin Castillo y Jenny Nocedo.

Entre logros y —quizá excesivas— pretensiones, estamos ante otro título considerable de la joven escena cubana. 

Sobre la pieza Delantal todo sucio de huevo, escrita por el brasileño Marcos Barbosa, ha asumido una versión el Grupo Teatro D´Dos. Solo que, en vez del escenario convencional con la platea enfrente, los espectadores encuentran un pequeño apartamento, el que ha devenido la sala Osvaldo Dragún, del Complejo Cultural Raquel Revuelta, y a la que podrá asistirse hasta bien entrado mayo.

Así los visitantes se acomodan en la sala, o incluso en alguna otra parte de la casa —varios incluso en el piso— y reciben la propuesta escénica que dirige el experimentado Julio César Ramírez —a propósito, director general del evento— quien ya había trabajado con este su grupo en la salita homóloga del Bertolt Brecht.

Tal interacción público-actores mucho más próxima y personalizada, no es exactamente inédita entre nosotros: ha sido ensayada por colectivos como El Público o Gaia, aunque en ambos casos mediante la traslación de los asistentes a varias habitaciones donde se producen escenas de una obra.

En este caso, la propuesta permanece in situ; pero es evidente que la comunicación, dada la cercanía literal, se estrecha para bien de todos, comenzando por el propio espectáculo teatral.

Delantal… va de un rencuentro: el del transgénero Moacir, de nombre artístico Indien Dubois, con sus padres, quienes le reprochan haber partido hace 20 años rompiendo todo vínculo, pero sobre todo sin aceptar el inevitable cambio. Fundamentalmente la madre, una beata simpática y extrovertida, prefiere seguir viendo al hijo varón que un buen día encontrará una joven decente para tener familia.

Poseedora de un saludable equilibro tonal que mezcla la gravedad del tema con pinceladas humorísticas, Delantal… se pronuncia por el respeto incondicional al otro, la aceptación —que no tolerancia— de las alteridades sin disimulos ni autoengaños; rechaza innecesarias actitudes autocompasivas y emplaza a quienes prefieren la lejanía de los seres queridos antes que la vergüenza o la crítica ajena.

La puesta que ahora exhibe Teatro D´Dos, grupo versado ya en las peculiaridades del “espacio mínimo” con exitosas piezas (como la trilogía de Abelardo Estorino) saca, una vez más, eficiente partido de esas “cuatro paredes” donde el público participa como parte del vecindario, o como un visitante que logra ver puertas adentro.

Los actores también extraen no poca sustancia de esa escena doméstica, donde se mueven confiriendo la necesaria dinámica del espectáculo; cargan sobre sus hombros personajes harto complejos, de una riqueza ontológica vasta, como es costumbre en el teatro de Barbosa. El nivel general es alto: Daysi Sánchez, Emmanuel Correa Linette Cremata y el propio Julio César Ramírez, quienes exhiben labores matizadas y seguras.

Delantal todo sucio de huevo es un notabilísimo título de Teatro D´Dos ahora presente en el 15 Festival.            

Como ven, mucho y bueno depara la escena cubana en un evento que confirma lo dicho hace muchos años por José Martí: “En teatro, como en todo, podemos crear en Cuba”.

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