Selección de poemas de dramaturgos cubanos

Los Desastres

I

Nadie medita la murena.
Un tema de la romanidad:
yo no sugiero los esclavos,
no digo la voracidad.

Entre la cabeza y la cola,
en ese espacio sin salida
la murena se desola.
No es un problema de comida.

Todo el mundo pontificaba
que la murena resolvía
un punto de gastronomía.
Quizá si el césar sabía…

El esclavo bajo las aguas
era un pretexto romano;
el pueblo chocaba las manos,
la murena se oscurecía.

La beatitud de la murena
no salía a la superficie.
¿Qué cabellera para asirla?
si la murena es la calvicie.

La salvación por un cabello,
la beatitud en el espacio;
la murena como un palacio
deshabitado no podría.

Nadie defina que es marino
el silencio de la murena;
es un silencio repentino
el silencio de la murena.

Escucha entre dos sonidos
su silencio como una almena.
Su silencio de murena
es la flor del escalofrío.

Muerde la memoria acuática
la fulguración de su lomo
y la tristeza como un plomo
muestra la murena enigmática.
 

II

La ostra en su tiniebla asume
el quietismo, el modo linfático;
su duración se resume
en el estar matemático.

Entre nadas su ser inunda.
Chorros de nada para hacerla,
¿cómo puede ser que la perla
sea la enfermedad de una tumba?

La delectación en su costra
es el juego de la mortaja
¿no sabe separar la ostra
el abanico de la caja?

El abanico inconsolable
en el aire de la campana
sobre la ostra se amortaja
como un estilo memorable.

Ninguna mano pueda alzarte
en su concha Venus surgente;
bajo ese techo era su arte:
el de la ostra secamente.

Hila su palpitación verde
con simetría de sepulcro;
yo no sugiero llamar pulcro
al consonante que se pierde.

Pero su ataraxia anula
al motor del conocimiento:
no rima la ostra simula
el artificio del acento.

El artificio donde habita
la música que no se escucha:
la música como una trucha,
bajo su hielo se ejercita.

En el artificio se afina
la única testa que no piensa.
Y apoyada sobre su ruina
la ostra la música trenza.
 

III

Esa manera de la hiena
Despide un olor especial;
no es un capítulo del mal
esa manera de la hiena.

Su pestilencia desconoce.
Ese tema de la literatura.
La cantidad de su fragancia
reconstruye esa boca pura.

Si la hiena se estimula
con la víscera nauseabunda
su instrumento no disimula:
sabed que un estilo funda.

El estilo de la carroña
O la indiferencia glacial.
¿Se vio sonreír a este animal?
Esto lo sabe la carroña.

En el amarillo vuelo del diente
la indiferencia se retrata;
el vuelo que resume la hiriente
sordera de la catarata.

Se desune los vendados pies
su hocico como un insulto
su hocico entre las tumbas es
la duda de una animal culto.

Ese cuerpo de más a menos
desorienta el juego del ojo.
¿Quién pudo mirar de lleno
al triángulo inscrito en su ojo?

Ese melancólico asalto
erige la insepulta memoria;
su respiración de contralto
se afina en el son de la escoria.

¡Oh tú, nocturna, fría, aniquila
la piedad, la piel inmunda;
allí tu perfume destila
fragante dama de las tumbas!

 

Diálogo de los muertos

Contigo puedo hablar, sobrepasar la medianoche
unidos en el lazo flébil de la confianza.
En esa levedad para las madres erigida,
para el hogar o la pacífica costumbre de olvidarnos.
Por ti puedo tender mi oscura carpa de pobreza,
fingir que leo en tu mano mi propia buenaventura
mirando siempre al sur, señalando aquellos pájaros
que alzan un ala rubia, como todo lo perdido.
Salvando de la turba, tú me mostrarás los peces
que dispones en la mesa amargada del perdón.

Qué penuria de los muertos, que gran penuria es este diálogo
que a nadie importará, porque no quedarán cartas,
testimonios, pruebas de nuestro largo desafío
contra el que quisimos ser, aparentando una ganancia.
No digas tu confesión: tienes historias tan terribles
por contar que ahora ya sé lo imposible de rescatarte,
lo imposible de abrazarnos, aliviarnos con el cielo
que me ha concedido amantes, cuerpos, lechos, certidumbres
del perfil más animal, pero no fidelidades.

Jamás una defensa, un portón recio en las tardes
que escojo para llorar, derrochando estas mis gemas.
No me pidas hablar: tengo heridas tan recientes
como rostros el Dolor.

En verdad, qué compartimos sino ausencias: una casa,
una aseveración, o la premura del desprecio.
Cierto es: nos coronamos, nos decimos meretrices,
trocaríamosun nombre por el de la Emperatriz
dispuesta a entregarse a los vengativos perros
que nos devorarán, sin piedad para el armiño
que es este melodrama que a duras penas nos levanta
sobre la perversidad; esta canción inconcebible
con que entramos al Teatro, temblorosos por si aplauden.
Cuando en las escaleras, en la prisa de las fugas,
oímos que nos llaman y nuestra espalda se hace etérea,
¿No podemos olvidar la Palabra que ahora somos,
la promesa que insiste en enfrentarnos al papel?
No debemos, quedaría
cerrada la última puerta,
la salida majestuosa de nuestra inseguridad.
Siempre a la página, es lo exacto, la ocasión más preterida
donde aprendemos que vivir es algo más que esta nostalgia.

Diálogo de los Muertos, medianoche de los cuerpos
que comparten un aroma cuando afuera muere el mar;
estas horas que ganamos en los años de la ruina.

 

Fábula para no volver

Si quieren que de este mundo
Lleve una memoria grata,

Nadie distinga en mi bata
Que soy leve y tremebundo.
Vivo con un no rotundo
Rasgado tras mi garganta.
Solo lo que es bello y canta
Me complace, y en la aurora
Me vuelvo ingenua pintora
Que pinta mientras se espanta.

El retrato, complaciente
Con la imagen del olvido,
Me consume y en su nido
Simulácrido, excluyente,
Recrea un orbe impaciente.
Caigo erizada cual gata.
Todo es níveo. Todo es nata.

Y, por si acaso me inundo,

Llevaré, padre profundo,
Tu cabellera de plata.

Si quieren, por gran favor,
Que lleve más, llevaré

Lo que es otoño en mi fe:
Tez de añoranza y temor.
Ahora sombra y candor
Se truecan en mi descenso.
Distingo estrépito intenso.
Lid vehemente es la algazara.
Nadie me explica o me encara:
No hay puertas para el ascenso.

Antes del lacio reposo
Se exhibe mi opaca enagua
Sobre un pizarrón de agua.
Tibio y poroso leproso
Me toca impávido. Rozo
La imagen azul: seré
Duplicado en lo que amé,
Doble de mi sed mayor:

La copia que hizo el pintor
De la hermana que adoré.

Si quieren que a la otra vida
Me lleve todo un tesoro,

Me esculpiré. Frágil coro
Cala en la escara encendida.
Punge en mi vientre la herida
Lúgubre del mal que espero.
Busca un pulgar asidero

Sobre el mural trascendente
Del tubo espeso y caliente
Donde renazco o me muero.

Terco temblor tormentoso
Me expulsa otra vez al campo
De los pinceles. Estampo
Recias figuras de gozo.
¡Ya no soy mujer, soy mozo!
Mas, sumido en lo que añoro,
Descubro entre pelo y poro
Fiera escafandra perdida:

¡Llevo la trenza escondida
Que guardo en mi caja de oro!

Comentarios

Me da la impresion que el videogame resulta sobrevalorado, aun asi
entretiene muchisimo

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