La Colmenita: hacedores y apreciadores
del arte escénico

Estrella Díaz • La Habana, Cuba

Fotos: Cortesía de Daniel Pérez
 

A quienes seguimos la labor de La Colmenita, no nos sorprende que esa conocida compañía —integrada por niños que hacen, fundamentalmente, teatro para niños—, participe, una vez más, en el Festival Internacional de Teatro de La Habana; ya lo dijo Berta Martínez, Premio Nacional de Teatro, y “madrina” de la agrupación, “los que conocemos de cerca el trabajo de formación creadora que se produce internamente en La Colmenita y el resultado artístico consecuente con esa formación, compartiremos seguramente, esta esperanza: un teatrista mejor es posible”.

Imagen: La Jiribilla

Fueron significativas sus puestas en escena de la obra Alicia en el país de las maravillas (a fines de los 90) y Ajiaco de sueños, que en el 2003 inauguró la cita de los teatristas (en la sala Avellaneda del Teatro Nacional) y, un poco antes, la memorable y sugerente versión de Sueño de una noche de verano, de William Shakespeare, en el emblemático Bertolt Brech. La puesta La Cenicienta, según Los Beatles, también vista en los festivales habaneros hizo que “una importante funcionaria del Teatro en Ecuador, nos invitara a presentarnos en ese hermano país con presentaciones abarrotadas en el más importante Teatro de Quito”, comentó a La Jiribilla el director de La Colmenita, Carlos Alberto (Tin) Cremata.

Concluida la obra Y sin embargo…, que fue la propuesta de La Colmenita en la presente edición del Festival, Cremata reiteró que la agrupación que dirige está integrada por niños, por lo tanto es amateur, de aficionados: “nos insertamos en estos festivales con mucha felicidad, pero también con mucho asombro y compromiso” y nos emociona —dice— “que el Ministerio de Cultura y el Consejo Nacional de las Artes Escénicas, estimen que podemos compartir el Festival con actores y actrices profesionales, que son, sin duda, nuestros maestros”.

Imagen: La Jiribilla

En sus primeras ediciones, los festivales eran competitivos, carácter que, posteriormente, varió; pero Tin no puede “olvidar Los Enamorados, aquella tremenda puesta del maestro cubano Roberto Blanco o Bolívar a cargo del grupo Rajatabla, de Venezuela. Aquellos festivales competitivos los guardo en mi memoria como un tesoro; quizá, la competitividad le daba una sazón especial, que extraño”.

Calificó como “extraordinarios y necesarios” los festivales de teatro porque, argumentó, “nos conectan con grupos desconocidos e importantísimos de todo el mundo y nos permiten ver, en La Habana, lo mejor del panorama nacional. Este Festival, por ejemplo, nos puso en contacto con la magia única e irrepetible del Teatro Estatal Académico Euguéni Vajtángov, de Rusia, y su electrizante e inspiradora Anna Karennina, espectáculo coreográfico basado en la novela homónima de León Tolstoi y nos posibilitó, además, disfrutar con la obra Narices, de una clase magistral de buen gusto, técnica de clowns, música de excelencia y lenguaje extraverbal, de Teatro Tuyo, procedente de la oriental provincia cubana Las Tunas”.

Finalmente, dijo sentirse “muy contento” con la acogida de Y sin embargo…, pieza basada en la obra del dramaturgo ruso Alexander Jmélik y que constituye un canto a la capacidad de soñar del ser humano y un llamado a la necesidad de hacerse, constantemente, preguntas. Y sin embargo… —sólido texto que incluye una selección de la obra del trovador Silvio Rodríguez—  ha recibido el Premio Villanueva de la Crítica, los Premios Especiales de Actuación Masculina y Femenina Adolfo Llauradó que concede la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC), entre  otros reconocimientos.

Imagen: La Jiribilla

                            
Un teatrista mejor es posible

Berta Martínez

La acertada elección, de un espectáculo de teatro infantil para dejar inaugurado el 11 Festival Internacional de Teatro de La Habana 2003, obliga al reconocimiento de la voluntad existente en nuestro país, de contar, en un futuro próximo, con hacedores y apreciadores del Arte Escénico más humanamente cultos, sensibles y solidarios: artistas y espectadores orgullosos de su realidad, de su nación.

En esta rica historia del teatro para niños en Cuba, en la que tantas y tantos creadores han aportado, y aportan, su caudal de talento y sacrificio, la fructífera labor de La Colmenita, tal como su nombre sugiere, representa una particular expresión de un producto que endulza, nutre, y vivifica la vida del presente, y sobre todo, del futuro Teatro cubano. No solo del Teatro que siempre se ha de crear, muy especialmente para los niños, sino que ha de incidir también, y para bien, en aquel que necesitarán siempre los adultos.

Imagen: La Jiribilla

Los que conocemos de cerca el trabajo de formación creadora que se produce internamente en La Colmenita y el resultado artístico consecuente con esa formación, compartiremos seguramente, esta esperanza: Un teatrista mejor es posible. La Colmenita, bajo la guía de, a veces Cremata, a veces Tin, y su equipo de trabajo, va creando su propia escuela de hacedores y apreciadores del Teatro.

En su intensa y sostenida práctica, se establece la imbricación orgánica y necesaria entre el crecimiento físico del niño (que ha de convertirse en adulto) y el desarrollo de su creatividad, es decir, de su universo estético: crecimiento físico y crecimiento espiritual, que al conjuro de su maestro, va desbrozando, con su imaginación, con su esfuerzo, con el ensanche de su sensibilidad, el espacio donde sus alas, finalmente, pueden batir libremente: El espacio donde ética y estética se volverán ya entrañables.

No hay en Tin, o Cremata, la necesidad de imponer reglas, gustos particulares, modos de hacer al uso, ideas preconcebidamente innovadoras, sino que su proceso creador, el cual va más allá de la puesta en escena, está signado por la capacidad del verdadero artista, en este caso del artista educador, de despertar, de encender, de enriquecer la fantasía más pura, más sincera y espontánea que late potencialmente en el ser humano, y con su talento “artealizarla” hasta conseguir un hecho teatral que suele alcanzar la dimensión de un espacio de confluencia poética entre el Teatro y la Vida.

Cuando La Colmenita expone sus resultados artísticos en otras latitudes, impacta, impresiona, conmueve y establece los más altos niveles de comunicación espiritual porque se aprecia la nítida autenticidad de su lenguaje, porque su trabajo está realizado por creadores cubanos y para el público cubano desde la más sincera y profunda cubanidad, desde los más hermosos sentimientos de su tiempo.

Imagen: La Jiribilla

La estructura dramatúrgica del espectáculo, como propuesta estética, será en sí misma expresión de los valores humanos más sustanciales de nuestra sociedad: La masividad, la coincidencia de diferentes edades en sus hacedores, la solidaridad artística de los intérpretes en escena, el cuidado manifiesto de la soluciones escénicas por parte de todos los participantes, la versatilidad actoral, la capacidad creativa con que se apropian, desde los más pequeños hasta los más grandes, de los recursos expresivos, y sobre todo  la conciencia y defensa del espectáculo como un todo y no solo como una posibilidad de lucimiento individual, entre otros muchos aspectos a los que pudiéramos aludir, permiten avizorar un comportamiento ético y estético superior.

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