Un teatro en el trópico para Anna Karenina

Norge Espinosa • La Habana, Cuba

Se rompió el hechizo que parecía impedir que Anna in the Tropics, la pieza con la cual el cubanoamericano Nilo Cruz ganara el Premio Pulitzer en el 2003 se estrenara en su país natal. Nacido en Matanzas en 1960, Cruz ha desplegado una trayectoria como dramaturgo y director en los Estados Unidos de América que rinde tribute a figuras cruciales del teatro latino en esa nación, como María Irene Fornés y Teresa María Rojas, quienes le guiaron con mano firme hacia las tablas. Entre sus piezas se cuentan, además, Hurricane, The color of desire, Two sister and a piano y Lorca with a green dress, la cual fue publicada en Cuba en el año 2005 por la Editorial Tablas-Alarcos en un volumen preparado por Lillian Manzor y Alberto Sarraín para presentar a varios autores radicados en Norteamérica, y llevada a las tablas por Carlos Díaz como graduación de alumnus de la ENA hace un par de años. Esos pasos previos nos dejan saber de su voluntad poética frente a la palabra teatral, de la fuerza de sus evocaciones y metáforas, en las cuales Cuba viene a ser un centro que irradia, con distintas intensidades, preguntas y provocaciones.

Imagen: La Jiribilla

En Ana en el trópico, Cuba es reimaginada desde Tampa, en 1929, desde los anhelos de un pequeño grupo de tabaqueros a quienes estremecerá la llegada de un personaje que trae consigo otros aromas de la Isla. Si ellos añoran el paisaje que dejaron atrás, el lector de tabaquería que arriba en la primera escena los seduce con el eco de la Rusia que Tolstói  eternizó en las páginas de Anna Karénina, la célebre novela cuya heroína ha sido resucitada una y otra vez en el cine, la ópera, el teatro, etc. Cuba y Rusia, unidas en tantas anécdotas, se funden en el horizonte que Nilo Cruz nos muestra desde las calles de Ybor City, la ciudadela en la que tuvo su auge, hasta 1931, la industria tabaquera, poco antes de que la industrialización diera al traste con ese micromundo. Como en las obras de Chéjov, una de las principales influencias que junto a Lorca, Nilo Cruz tiene consigo, sus personajes estan al borde de la desaparición, asomándose a una crisis que amenaza el modo en que viven, sin estar del todo conscientes de tan grave peligro y ensoñándose con fantasmas e ilusiones como las que trae Juan Julián Ríos, tal vez el mejor lector de La Habana.

Han sido varios los esfuerzos que anteceden al que, finalmente, hizo cristalizar en La Habana este espectáculo. La obra, estrenada y premiada con el Pulitzer en el 2003, ha recorrido numerosos escenarios, y es parte ya de programas de estudio. Montajes profesionales, puestas de estudiantes en diversas universidades, hacen de Ana en el trópico probablemente la pieza de un autor nacido en Cuba más representada de estos momentos. Ya a fines del 2003, en el número 3 de la revista Tablas, Rosa Ileana Boudet nos daba las primeras noticias in extenso sobre este drama, a partir de un montaje que pudo presenciar. Sus apreciaciones aliviaron entre nosotros la tensión que primó alrededor de la noticia del Pulitzer, que resultó controversial en los EUA y en otras latitudes, por la sorpresa que significó el que al fin un autor de origen latino fuera reconocido con tan prestigioso galardón, arrebatándoselo a consagrados como Edward Albee. Me gustaría creer que Ana en el trópico ha sabido esperar por su momento para llegar de vuelta a Cuba. Y lo ha hecho de la mano de Teatro El Público y Carlos Díaz, en complicidad esta vez con el autor, que ha cedido los derechos para la representación, y entidades sin cuyo impulso no se hubiera consumado este milagro.

Imagen: La Jiribilla

FUNDarte, organizacion sin fines de lucro asentada en Miami que ha llevado a cabo un intenso trabajo de cruce entre artistas de la Florida y creadores de la Isla, es una pieza fundamental en este proyecto. La Universidad de Miami, sus Departamentos de Artes Teatrales, y de Literaturas Modernas y Lenguas, así como el Centro de Estudios Latinoamericanos y el Archivo Digital de Teatro Cubano de la propia Universidad, han sido también esenciales en lograr que La Habana tenga este estreno, al cual se unen varios nombres radicados en Miami que regresan a la Isla para compartir tablas con sus colegas de aquí mismo en el elenco. Fernando Hechavarría, Osvaldo Doimeadiós, Yanier Palmero, Clara de la Caridad González y Alexis Díaz de Villegas reciben a Mabel Roch, Lilliam Rentería y Carlos Miguel Caballero para asumir los personajes de esta obra, que cuenta con diseños de luces del maestro Carlos Repilado, vestuario de Vladimir Cuenca y música original de Ulises Hernández, asi como escenografía e imagen promocional de Manuel Romalde. El montaje regala al espectador una vista que se despliega sobre un plani inclinado, en el que, a manera de púlpito, el Lector tendrá un retablo de iconos rusos, y los elementos de la tabaquería son sugeridos por la gestualidad y las vestimentas de los intérpretes, entre un fondo que alterna telones blancos y negros y guirnaldas de faroles chinos que, a una indicación del autor, se encenderán para no apagarse hasta el final de la puesta. Carlos Díaz elude lo descriptivo, si bien respeta las claves fundamentales del hermoso texto de Nilo, para sacar partido de su coqueteo con el melodrama, con el carácter latino, y contraponer las sicologías de sus personajes, hasta encontrar en ellos el principal atractivo espectacular.

Si durante las casi dos horas de representación el auditorio podrá ser testigo de las discusiones entre Ofelia y su esposo Santiago, entre este personaje y su medio hermano Cheché, y corroborar de qué manera el Lector altera las vidas y secretos de Conchita y Palomo, o fascina a la joven Marela, para adentrarnos en temas más complejos, como la tensión entre modernidad y tradición, arte y realidad, cotidianidad y fantasía; el montaje de Díaz tambien arroja luz sobre el diálogo entre Cuba y Estados Unidos de América, recordándonos que se trata de un asunto actual y complejo. Cuando Ofelia recibe a Juan Julián en su primer día de trabajo en la tabaquería, lleva en sus manos dos pequeñas banderas, una cubana y otra norteamericana, que agita con diversas intenciones en varios momentos. Y es una bandera cubana la que cubre los ojos de Juan Julián en los minutos finales, acaso para recordarnos que en Ybor City el fantasma de Jose Martí, y su idea de la Isla, siguen presentes de muchos modos.

Imagen: La Jiribilla

La aparición entre nosotros de Rentería, Roch y Caballero ha sido un elemento que acrecentó la expectativa que cada estreno de Teatro El Público sabe despertar. Los abrazos, las emociones, los reencuentros que se sucedieron desde el primer día de ensayos hasta la ultima función, son ya parte ineludible de la aventura que ha sido traer Ana en el trópico a La Habana. Esos momentos emulan con los aplausos de la sala siempre repleta, y reafirman la posibilidad de otras maneras del diálogo, si, como ha sido esta vez, viene sustentado por un texto de calidad, por un elenco sólido y una compañía que ha conjugado sus mejores elementos a favor de un hecho que es, por encima de todo, un hecho de cultura, y luego sabe dilatarse hacia muchas otras dimensiones, rompiendo barreras y convenciones retrógradas que el arte debe desarticular con ingenio y rotundidad.

Tuvo La Habana sus seis funciones de Ana en el trópico. El proyecto se trasladará a Miami a fines de noviembre, para que su propósito esencial: ese puente sobre las dos orillas que permite a creadores de uno y otro lado coexistir en una imagen integradora de Cuba, tenga sus dos extremos claramente afirmados. Para los que hemos sido parte de este empeño, las emociones han sido muchas, y la alegría de ahora es corroborar cómo aquel maleficio del que hablaba al comienzo, y que retardó por una década la llegada de esta pieza a La Habana ha tenido que ceder ante el impulso de una buena fe teatral que también es poderosa. Me gustaría imaginar una función de este espectáculo en Matanzas, ciudad natal de Nilo Cruz, para que su palabra volviera al lugar donde vio la luz, y otros puentes comenzaran a tenderse sobre un mar que es teatro, palabra y anhelos reencontrados entre muchos.

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