Hallan cangrejo volador en la yagruma de un patio

Marta Valdés • La Habana, Cuba

“Hazte una casa en el aire, muchacho”…le dijo la paloma al cangrejito en la fábula de Onelio. “Quiero decir, en la rama de un –árbol…” –continuaba-. Tantas cosas concentraba aquella historia en un parrafito sin rima pero con esa manera sabrosa de entrelazar el lenguaje que caracterizó al cuentero mayor de todos nosotros, que no pude contener las ganas de meterlo en música. Yo había escogido la modesta mata de zapote del patio donde ensayábamos las obras en Teatro Estudio, para ponerme debajo de ella con una silla de mi casa y la guitarra, y convocar a la gente los sábados para escuchar mis canciones, a ver si venían o no, a ver si era verdad que –según los gustólogos de turno en aquellos años finales de los 80— no gustaban por lo difíciles.

Imagen: La Jiribilla
Gema Corredera (con la guitarra) sorprendió a Marta en el concierto celebrado en el Centro Pablo
con un texto de Onelio Jorge Cardoso musicalizado por la compositora.
Foto: Lynet Pujol ( Centro Pablo.)
 

Busqué en el diccionario la palabra “peña” y me encantó que se dijera que una peña se caracterizaba por tener asiduos. Me ilusioné, parada en seco debajo de la mata, con la idea de conseguir aunque sólo fueran ocho o diez personas que enfilaran cada sábado por la calle de hierro que servía de entrada al inmenso patio –viniendo por 11– en la “casa de Línea”. Llamé a mi querido Pável, el nieto de Raquel, cuyas canciones los susodichos también decían que nadie era capaz de entender. “Aquí, los sábados, mis canciones y las de Pável” –me dije. Anunciaba: “sábado a las 4 –si no llueve–; solamente cincuenta espectadores” y la gente venía.  A mí misma me pareció que a aquel empecinamiento le venía como anillo al dedo la canción de la paloma y el cangrejo y la armamos como tema para el principio de la peña. Un día por poco me muero de alegría cuando Pável trajo a Gema, la muchachita alumna de Leopoldina que –según decía nuestra maestra (y yo había comprobado) era “un fenómeno” cantando y tocando mis canciones. Y Pável y Gema nos estremecieron a todos: mayores, menores, gente de medio tiempo, encabezados por Leonila, la princesa negra de 82 años que venía, sábado por sábado, desde Lawton. Aquellos sábados tan felices terminaban a coro con Domingo a.m. de Pável o coreando su canción al carrito perdido de los helados con aquel estribillo de mil sabores: ”¿por dónde andará?”

Han pasado más de 20 años. Cada cual tomó su rumbo; pasa algo así como con el carrito del helado. Este último sábado de octubre fuimos convocados para cantar canciones mías debajo de la yagruma del patio en el Centro Pablo. Yo que pensaba en éste y en aquella, en el otro y la de más allá retomando con frecuencia el estribillo de la canción de Pável: “¿por dónde andará?”  comienzo a ver entrelazados todos los puntos cardinales. El saxo de Lucía Huergo hace las veces de un toque de Diana y junto a las muchachas del Dúo Jade o la voz de Marta Campos, gira la guitarra de Rey Ugarte con el tres de Yusa, les doy el “cuartelazo” a Ivette Cepeda y José Luis Beltrán para que no se me quede rezagada una canción  y aterriza Gema Corredera, luego de compartir conmigo un par de canciones, poniendo sobre el tapete, para mi sorpresa, aquella lección que nos uniera bajo el zapote y que yo había decidido dejar arropada en el fondo de la memoria:

“Si puedes vivir en la rama de un árbol ¿cómo vas a habitar en el fondo de un pozo oscuro? ¿cómo vas a pasarte la vida bajo tierra? Hazte una casa en el aire, muchacho –quiero decir—en la rama de un árbol: de un purio, de un júcaro, de un dagame, en el palo del monte que más te guste”

A mí me parece que el cangrejito de este sábado escogió, para siempre, la yagruma del patio del Centro Pablo. Quizás, rememorando a aquella “peña de los juglares” donde Teresita, junto al poeta Garzón Céspedes y el crítico Carlos Espinosa escribieron páginas insuperables en la historia de nuestra espiritualidad hace tantas décadas, bajo un bosque también de yagrumas en el Parque Lenin (no por gusto Víctor Casaus dejó constancia de aquellos momentos en su libro Que levante la mano la guitarra).

Volamos todos a reunirnos esa tarde, yo la primera, la mas vieja de cuantos estuvieran allí pero con tanto pavor como ganas; la gente desafiando la llovizna, esquivando los baches, pisando fino sobre los adoquines. Volví a pensar en la calle de hierro y me pregunté si el cangrejito no se habría quedado a vivir –sin que yo me diera cuenta-en alguna rama del zapote, cuando nos dijeron que no podríamos seguir haciendo la peña pero, después de lo ocurrido este 26 de octubre, no me cabe duda de que debe haber volado y volado hasta la yagruma de Muralla y quién sabe desde cuándo ha estado esperando lleno de fervor, a que alguien le cantara de nuevo su canción. Quién sabe si fue él quien contuvo la lluvia durante tanto rato para que no se aguara el concierto. Quién sabe si el “cernidito” fino del final no fue otra cosa que un lloriqueo de emoción por habernos visto juntarnos al son de las canciones que fueron esta vez,  por un instante, un himno a la memoria del impúdicamente cortado zapote de otros sábados.

Reine el cangrejo volador en la rama de esta yagruma convertida en árbol de alivios, esperanzas, alegría inmensa de los encuentros.

Almendares, 3 de noviembre de 2013

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