Juan y Pedro en la Gaceta de Cuba

Zuleica Romay Guerra • La Habana, Cuba

Este número, que me siento muy honrada al presentar, nos propone una exploración de sucesos y procesos que han marcado nuestra historia como nación. Y lo hace con miradas agudas, diversas,  a veces contrapuestas. El dossier inicia con un artículo de Pedro Pablo Rodríguez, “Juan y Pedro, Pedro y Juan”. En él se nos presenta a dos investigadores de acendrada autenticidad; maestro y discípulo en la primera época; a la larga, amigos y hermanos en la actividad creadora de cada día. Comprometidos con un quehacer científico ajeno al mimetismo o el tutelaje intelectual, sus obras alcanzaron cierta armonía metodológica y apreciable complementariedad.

Imagen: La Jiribilla

El juicio de Pedro Pablo, intelectual maduro que ha sido testigo de la caducidad de modas académicas, la decadencia de teorizaciones estereotipadas y el olvido de currículos más largos que las obras mismas, aún encuentra inspiración y método en la obra insuficientemente divulgada de ambos maestros. Es una muy buena razón para emprender viaje por las páginas de este número de La gaceta, en el que se rinde homenaje al centenario de los natalicios de Pedro Deschamps Chapeaux y Juan Pérez de la Riva.

María del Carmen Barcia en “Pedro Deschamps Chapeaux: la sencillez académica”, pone de relieve la particularidad de este investigador en el universo historiográfico cubano de la segunda mitad del siglo XX.

Historiador autodidacta, con una metódica cuestionadora de visiones inmutables de nuestro devenir, supo trascender el cepo gnoseológico del barracón y la plantación para mirar más lejos. Su persistente indagación en documentos, periódicos y correspondencia de la época, le posibilitó arrojar luz sobre los negros y mestizos libres que lograron ascender socialmente, aunque férreamente limitados por los mecanismos de sujeción económica y cultural de la sociedad colonial. Los primeros trabajos de Deschamps Chapeaux, publicados entre 1963 y 1970, se detienen precisamente en estos sectores, e inician la sistematización de untipo de conocimiento especializado que hoy denominamos historia sociocultural.

De forma particular, su libro El negro en la economía habanera del siglo XIX, ganador en 1970 del Premio de Ensayo “Enrique José Varona”, sería el antecedente inmediato de su obra más conocida: Contribución a la historia de la gente sin historia, pues ya en el prólogo, escrito por el propio autor, Deschamps afirma:

“Gente que formaban pate de la historia, eran ignoradas por quienes escribían la historia. De ahí que, adentrándonos en la marcha del tiempo, intentemos presentar al negro en la economía habanera, no ya en el papel de motor productor de riquezas ajenas, sino cuando libre, venciendo la resistencia del régimen que coartaba su libertad, se inserta en el seno de la sociedad, para disputar su sitio en el mundo de los hombres libres”.[1]

El artículo de María del Carmen resalta aportaciones metodológicas plenamente incorporadas al quehacer historiográfico de nuestros días. A las razones por ella enunciadas para considerar relevante la obra de Deschamps Chapeaux, solo quiero agregar su decidido avance a contracorriente del historicismo positivista que labró amplias parcelas académicas durante buena parte del siglo XX.

El breve ensayo de Oscar Zanetti, “Juan Pérez de la Riva, el adelantado”, enhebra de forma amena y sustanciosa la trayectoria intelectual y política de Juan. En él se resaltan las principales cualidades de Pérez de la Riva, entre ellas un conocimiento enciclopédico, alimentado por su curiosidad insaciable y su heterodoxia intelectual, las cuales le permitieron cultivar un saber transversal, que difumina las fronteras disciplinarias y nos enseña a leer los mapas del mundo de una manera nueva, lo mismo se trate de mapas geográficos, históricos, culturales, o demográficos.

En la ficha autobiográfica que preparó para los dos primeros volúmenes del Anuario de Estudios Cubanos, Juan escribió sobre sí mismo:

“En Cuba se me considera más bien como demógrafo, aunque mi obra en este campo sea bastante transparente. En Francia, como geógrafo —pero en este ámbito tampoco he publicado nada muy digno de mención—. En los países socialistas creen que soy historiador. En otras partes tal vez me tengan por economista o sociólogo”.[2]

Con poco más de un centenar de títulos publicados, entre ellos más de 70 artículos y 25 libros y folletos, Juan hizo una destacada aportación al estudio de procesos diaspóricos de África y deAsia, descubrió en los desplazamientos e intercambios antillanos huellas culturales superpuestas, e insertó la esclavitud y la trata en el análisis de los procesos económicos que ofrecieron soporte cultural y científico al periodo histórico que inauguró la modernidad.

Un grupo de ex alumnos prepara actualmente un volumen que recogerá la ficha autobiográfica –aún inédita– de Pérez de la Riva, estudios sobre su vida y  una pequeña selección de la correspondencia de “el hombre de la pipa”. Es un proyecto importante y oportuno, sobre todo si tenemos en cuenta que han pasado casi 10 años desde que la Fundación Fernando Ortiz publicó el volumen de ensayos La conquista del espacio cubano.

Dos breves y poco conocidos textos complementan este pequeño homenaje: el de Juanes la transcripción de la conferencia que, sobre los circuitos construidos por el comercio trasatlántico entre los siglos XVI y XVIII, impartió cuando apenas contaba 30 años de edad. El de Pedro, publicado hace más de 35 años en esta misma revista, aborda una de las tantas manifestaciones de rebeldía de los esclavos urbanos habaneros, en el periodo de escalada de la trata esclavista y explotación despiadada de cientos de miles de africanos esclavizados en la mayor de las Antillas.

Con “Ingenios azucareros e integrismo: un problema pendiente”, José Abreu Cardet da continuidad a las búsquedasy polémicas sobre procesos y sucesos de  nuestra historia sometidos a relecturas y reinterpretaciones de diverso cariz. Resulta notable su análisis sobre las reales afectaciones que la beligerancia antiplantacionista produjo en la economía esclavista durante la Guerra Grande; sus razonables dudas sobre el carácter  generalizado que se ha atribuido al barracón como hábitat y espacio de convivencia de los africanos y criollos esclavizados a mediados del siglo XIX; y sus fundadas objeciones a  la afirmación de ausencia de vida social en la plantación esclavista, más allá de lo que sucedía en la casona de los amos.

Resulta meritorio que un texto relativamente breve logre articular resultados y argumentos de varios historiadores, de modo que los textos dialoguen entre sí. Una de sus partes se resiente, sin embargo, con el empleo de una categoría en desuso: aculturación, la cual sabemos trascendida  por la obra de Fernando Ortiz y abandonada por el propio Malinowsky, quien reconoció la superioridad del modelo de análisis de Don Fernando. Referenciar que el africano  “[…] fue arrancado de su tierra natal, sometido a un proceso de aculturación y convertido en una pieza de ébano […]”,[3] produce un efecto de minimizaciónde las variadas formas de resistencia de los africanos esclavizados a la opresión colonial, y del aporte de la cultura africana a la construcción de nuestro ser nacional.

Uno de los textos más sugerentes de este número inicia su título con una frase convertida en invocación popular: “Padrino, quítame esa sal de encima”. En él, Danilo Orozco utiliza el tema del trío Kolaloka, como conjuro mágico para condensar la picaresca textual de la música popular cubana en un tapiz entretejido de continuidades y rupturas.  Él nos cuenta cómo expresiones musicales subalternas lograron erosionar las barreras defensivas de las elites letradas, y desarticular su resistencia, incorporando, desde el espacio del baile popular, los ritmos y vocablos proscritos al acervo nacional.

La mirada desprejuiciada de Danilo halla en un pasado relativamente reciente las claves para comprender los fenómenos de hoy. Comparto su sosegado e incisivo análisis sobre el reguetón, y sumo mi modesto esfuerzo a la deconstrucción de algunos mitos:

1ro. El reguetón no tiene edad. Sus “variables independientes”,  como diría un sociólogo empírico, se asocian a referentes culturales, patrimonios lexicales,  grados de civilidad y patrones de comportamiento social. Es a la conclusión que he llegado tras observar los gozosos movimientos corporales y descifrar los cantares onomatopéyicos de asistentes a bodas, fiestas de 15 y reuniones playeras, con casa para alquilar o sin ella. En mi opinión, no se trata únicamente de un fenómeno generacional, sino de la expresión de formas culturales nuevas.

2do. Es erróneo asociar el reguetón a la marginalidad, o asumirlo solo como emblema musical de los nuevos ricos. He visto animadísimos “perreos” en que la mayoría de los bailadores son jóvenes profesionales. El reguetón se pasea por las universidades, los hoteles 5 estrellas y las salas de baile donde se mezclan cubanos de diferente origen social y nivel escolar. Está tan socialmente diseminado como la “cultura del rebusque”, como denomina el antropólogo Pablo Rodríguez Ruiz a esa propensión a “resolver” que forma parte de la psicología social delos cubanos de hoy.

3ro. El reguetón no propone el chato divertimento y nada más. Como complejo ideal  que integra referencias y preferencias culturales, patrones de gusto y estilos de vida, el reguetón cuestiona convenciones sociales; quiebra normas; subvierte patrones y códigos legitimados por la práctica social anterior; genera sus propios espacios de intercambio y disfrute; y promueve una imagen de éxito que desvaloriza la meritocracia como vía de ascenso social.

Impactos en varias dimensiones de la actividad social tuvieron antes el rock y el hip hop, géneros musicales que expresaron y a la vez construyeron una subcultura, retadora de formas culturales dominantes. Que estamos ante un proceso similar, en términos culturales e históricos, no losexplica Danilo con paciencia, mesura y buen humor.

Waldo Pérez Cino y Ricardo Alberto Pérez nos llevan de la mano por La Habana, muchas veces familiar y otras, siempre nueva; una Habana recordada, sufrida, añorada e imaginada en la distancia, ya sea a través delnovelar autobiográfico de Guillermo Cabrera Infante, o de las series pictóricas del joven Douglas Pérez. Ambos, el del Waldo y el de Richard, son textos sugerentes, de disímiles lecturas, como ha de proponer la buena crítica.

Entreverada entre contextos ensayísticos, la poesía de Roberto Méndeznos permite el tránsito a una dimensiónde gran belleza y altura filosófica. Descenso de Alcestes, un libro que según su autor aún no ha terminado de crecer, nos ofrece una primicia poética de impecable factura.

“Ellas escriben pos-reseñas” prolonga la contribución de Jesús Barquet al análisis de las obras y autores nucleados en torno a Ediciones El Puente, al estimular detenidas lecturas detres de sus estudiantes de posgrado. Con justeza, Barquet señala el ejercicio crítico de Virgilio López Lemus, a finales de los ochenta y el dossier publicado en 2005 por La gaceta de Cuba –en el que participaron Arturo Arango, Gerardo Fulleda León, Roberto Zurbano y Norge Espinosa, entre otros–, como quiebre del silencio en torno a este proyecto cultural y su trascendencia, en los años iniciales de la Revolución, para la generación de escritores más jóvenes.

Barquet no resalta, sin embargo, que junto a los poetas y narradores estuvieron también  los dramaturgos, lo que sí hizo Inés María Martiatu, “Lalita” en Re-pasar el puente, antología publicada por la editorial Letras Cubanas hace tres años. Ella tomó prestado el título del trabajo de Zurbano en La gaceta para antologar obras de “puenteros” que integrarían, andando el tiempo,la vanguardia teatral cubana, como José Ramón Brene, Eugenio Hernández Espinosa y Gerardo Fulleda León, enlazándolas –como a través de un puente– con creaciones de algunos de los participantes  en el Seminario de Dramaturgia del Teatro Nacional.

Lo cierto es que tres discípulas de Barquet escudriñan con mirada audaz igual número de poemarios, publicados por dos jóvenes mujeres y un adolescente en el irrepetible año de 1962: Georgina Herrera, Ana Justina Cabrera y Reynaldo Felipe. Con un trasfondo social convulso, plagado de incertidumbres que alcanzan su clímax durante la Crisis de Octubre, las angustias, miedos, tristezasy también la discreta esperanza que late en los versos de estos frágiles seres, viene a demostrarnos cuán lejos de lo humano está la ausencia de matices, rupturas y contrastes.

En apenas cuatro páginas, Carlos E. León nos entrega una caudalosa entrevista a ese trovador sui géneris que es Augusto Blanca, artista con quien nunca he conversado, aunque recién comprendo por qué nunca pude represarlo en una tendencia estética o un estilo trovadoresco, en esos años en que los fans de la Nueva Trova nos sentíamos compulsados a explicar y confrontar nuestras preferencias. Debatiéndose entre dos amores –la música y el teatro–, tutorado por viejos trovadores santiagueros y con la tierra de las lomas y caminos orientales pegada a sus zapatos, donde quiera que esté, Augusto Blanca seguirá deleitándonos con la eufonía de sus múltiples raíces e influencias.

Luis Álvarez rinde honores a los glamurosos 70 años de Luisa Campuzano con una síntesis valorativa de los estudios carpenterianos realizados por ella, un empeño de tan largo aliento y renovador enfoque que bien merece compilarse en las páginas de un libro. La prosa de Luis Álvarez nos persuade de que los métodos del conocimiento no son patrimonio de ninguna disciplina cuando las “lecturas al revés” de Carpentier,descifradas por Luisa y proyectadas en el tiempo, reconstruyen historias que resultan totalmente diferentes si el sujeto de la acción nace, respira y crea en el Caribe.

Historia y literatura confluyen en la ensayística de Luisa con naturalidad y discreto desenfado. Particularmente sus estudios carpenterianos nos ayudan a percibir cómo y por qué nuestra americanidad desdibuja las fronteras del mundo, mecida por las azules aguas del Caribe. Perspectiva que nos lleva de vuelta a las primeras páginas de esta revista, y al cimarronaje historiográfico que tanto alentaron Pérez de la Riva y Deschamps Chapeaux.

Manuel García Verdecia se conmueve y nos conmueve al develar a José Kozer como alquimista y a la vez gladiador de la palabra. Un hombre que se inventó un país –país que de algún modo nunca ha dejado de ser Cuba– con puñados de tierra y rayos de sol de todos los parajes que sus pies han transitado. Como mi parca introducción no logrará explicitarlos increíbles registros de la poesía que leerán en estas páginas, prefiero anunciarles que dentro de unos meses podremos escuchar, quizás estos mismos poemas, en la voz de José Kozer.

A continuación, aparece la sección de los adioses. Yo solo la leo si tengo el ánimo dispuesto porque los Obituarios unas veces me parecen demasiado formales; otras, edulcorados en demasía; y siempre irremediablemente tristes. Pero lo que este Obituario nos dice de aquellos que se fueron en meses recientes, merece una lectura, un silencio, una canción, o un trago, según haya sido nuestra relación con personas que, de ahora en adelante, nos acompañarán desde otra dimensión. Les invito a leerlo, y a no olvidarlos nunca.

La sección de crítica me agarra agotada, y a Fernando Martínez Heredia –quien presentará a continuación el libro de Arturo Arango–, quizás algo impaciente. Artes plásticas, literatura y cine centran los principales abordajes de estos textos; los juicios valorativos, las concordancias y discrepancias, se los dejo a ustedes.

La revista cierra con 12 disparos de María Antonia Borroto. Son balas de alto calibre contra la simplicidad, la intolerancia, el conformismo, la insensibilidad social, el egoísmo y el olvido del prójimo. Interrogantes, provocación o manifiesto, no sé lo que serán. Pero esta última página garantiza algo que una buena revista debe lograr siempre: inquietar a los lectores y generarles un poquito de ansiedad ante la próxima entrega.

 

Octubre de 2013
 


[1] Pedro DeschampsChapeaux: El negro en la economía habanera del siglo XIX. La Habana, Unión de Escritores y Artistas de Cuba, 1971, p.11.
[2] Juan Pérez de la Riva: La conquista del espacio cubano. La Habana, Fundación Fernando Ortiz, 2004, p.8.
[3] Elda Cento: “Esclavos, guerras y abolición: las estrategias de los contendientes (Inédito). Citado por José Abreu Cardet. La gaceta de Cuba no 5, 2013, p.18

 

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