Convergencia

Sepia y verde

Ivette Vian Altarriba • La Habana, Cuba
¨El tiempo funda el espacio¨
Proverbio maya.

 

No sé bien desde cuándo empecé a pensar en escribir mis memorias. Siempre hice apuntes de todo, desde chiquita llevaba diarios o cuadernos de notas, listas de citas. Así, por gusto, sin ningún propósito concreto, era como una compulsión de testimoniar (o de transcender, me cuestionan ahora); y no solo escribía lo que veía, con fecha y a veces hasta con la hora, sino también que lo conservaba, iba guardando todo aquello. Igualmente llenaba cajas y cajas con cartas, fotos, poemas, papelitos de conocidos y amigos.

De modo que ahora me veo cargando (ordenando y clasificando) una papelería aberrante (inútilhistoriapersonal, dice una amiga astróloga, lastrante dice un amigo freudiano, peligrososparalasalud, acota una paranoica).

Acepto que es un lastre porque los papeles pesan bastante y demás. Sin embargo, para mí es lo más útil que poseo, esa tonga de pasado ido y borrado es fuente de historias insospechadas y sobre todo, espejo en espiral. En ellos —asombrada— encuentro a la persona que habitó en mí, que entraba en sus épocas y salía de ellas como si hubiera saltado sin paracaídas; ahora descubro lo que iba sintiendo con la gente que encontraba, con mi familia; descubro lo que fui, lo que dejé atrás, lo que aún queda. Encuentro la música que me gustaba a los diez años, lo que pensaba cuando fui alfabetizadora; las emociones de cuando estaba embarazada, las personas olvidadas ya y que me acompañaron en fiestas, vacaciones, viajes. Esa papelería me sirve para seguir la pista inversa de quien coincidentemente aún me habita. Experiencia de vida que observo como una cuenta regresiva y el cohete soy yo, ja, justamente en el despegue hacia el cielo, es decir, hacia el konec, el the end.

Entonces, ahora sí que estoy comenzando las “famosas” memorias. Y como estaba diciendo, esa manía memoralística que he cultivado es mi mochila de máscaras, es mi rastro de baba (soy un caracol, jaja) y resulta que ahora viene a servirme para comprender (solo un poquito) cómo llegué hasta aquí, lo que hice con mi vida y lo más importante, comprender qué quiero hacer con estos años próximos (no soy más que un libro de Historia Antigua, jaja).

En esta papelería aparece la gente que me ha impresionado, interesado, la que he cultivado, perdido; los hombres que me gustaron, los que amé; etc., etc., etc.

Pero, bueno, ¿a qué viene tanta palabrería sobre mi papelería?, concretando, quiero decir que me vino de perillas cuando empecé a maquinar “mismemorias” (las que ya he anunciado bastante, por cierto).

Las reacciones son variadísimas: unos me dicen, divertidos, ¡pon mi nombre completo y cuéntalo todo, todo! Otros me miran asustados y preguntan: ¿y lo vas a contar todo…?.

Tengo una amiga miliciana que me ha rogado que espere a que ella muera para publicarlas. Un familiar asegura que lo que voy a contar sobre él todo es mentira; otra amiga, literata, me amenaza y dice: ¡deja, que yo también voy a escribir mis memorias y también te voy a poner! Un amigo radicado en el extranjero me asegura que será un bestseller. Hay quien ha dicho seriamente: si tú te atreves a contar eso, te demando por difamación. Una amiga editora, ingenua y siempre en China, preguntó: ¡¿Pero le vas a contar tu verdadera vida a los niños?! Otro se mesa los cabellos y suplica: ¡No, chica, mira que me cuesta el divorcio…! Un amigo holguinero, poeta y cocinero, me dice con lágrimas en los ojos: ¡Ay, mi manina, menos mal que cuando ese mamotreto salga ya nuestros viejos no lo van a ver, mi madre no lo resistiría! Y otra amiga, pinareña y casi monja, me dice anonadada: ¡Ivecita, mira que tú te atreves, tú eres tremenda, yo no quiero leer eso! Hay quien me ha prometido mandarme a matar.

Pero, invariablemente, a todo al que le anuncio que ya empecé las memorias, que ya tengo un montón escrito, lo primero que pregunta es: ¿Y yo estoy ahí…? (y me río por dentro y por fuera, jaja)

Bueno, pero decía que lo que quiero decir es que, cuando al fin decidí empezar de pronto no sabía por dónde, porque no se trata de una biografía ni siquiera de un informe sobre mí misma.

Para escribir las Memorias debía comenzar por lo primero que recordaba mi memoria, ¿no…? Lógico, debía buscar lo primero que se grabó en el lóbulo frontal de mi cerebro; es decir, lo que se grabó y quedó. Porque tiendo a creer que este disco duro que traemos incorporado ya viene con grabaciones de vidas anteriores (¿conocen de algún psiquiatra o médium que haga “regresiones” a precios módicos?); además, también creo que en una memoria escondida (y que sin duda también me condiciona) debo tener los recuerdos de mi vida placentaria, mis desplazamientos amnióticos, mis sensaciones pre-cósmicas (todas cómicas)…

Pero, ya, la cosa era encontrar la imagen más antigua de mi memoria, la más lejana que pudiera recordar. Esa no la había apuntado, esa no está por toda mi amarillenta papelería. Entonces, nada, tuve que hacer un esfuerzo de memoria. Un conteo regresivo. Lo hice y —aunque estoy segura de que todo recuerdo ya es invento, literatura— encontré esta primera imagen:

“La misma habitación de la clínica donde había nacido. Tengo un jabón redondo en forma de flor. En el dintel interior de la puerta hay un crucifijo de madera. Sopa con olor a carne hervida y una monja se aleja por un pasillo muy largo. Es una atmósfera desmesurada. Me gusta estar en ese lugar, me abandono, soy yo. Me tocan la cara, escuchan los sonidos que hay dentro de mí, hablan de mí. Para que me lleven allí debo ponerme enferma y así estoy, en pijama, los pies con medias metidos en chinelitas de lana. Miro por la ventana. Todo en sepia y verde. Veo árboles, se les caen algunas hojas y suenan; el suelo es de hojas. No se ven pero sé que hay lagartijas corriendo por debajo del montón de hojas. Miro tan fijamente que las orejas se me mueven solas; estoy pensando que las lagartijas hacen los ruiditos y no las hojas al caer. En la copa de los árboles hay pajaritos; tampoco los veo pero pían y me siento observada por ellos, hay muchos ojos en los árboles. Una ventana baja y ancha, en cuyo marco apoyo mis manos de niña con bronquitis.”

Ya está apuntado. Ya es parte de la papelería. Será la primera página de las Memorias, digo, si no es que de súbito me llega otra figuración más lejana aún; esta debe remontarse alrededor de los tres años de edad, creo.

 ¿Usted ha intentado dar con su primer recuerdo? ¿Acaso podría reproducir aquella imagen donde se reconoce ya como una persona en este mundo…?

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