Después de Anna… hasta la mujer de carne y leche

Andrés D. Abreu • La Habana, Cuba

Corriendo cortinas inaugurales con el espectáculo corográfico Anna Karenina, del Teatro Estatal Académico Evgueni Vajtangov, de Rusia, el Festival de Teatro de La Habana se dio el lujo de abrir su edición quinceañera con el esplendor que merecen las grandes fiestas. Pero igual se pautó desde su arrancada una cota de nivel artístico y espectacularidad muy superior a lo que, por generalidad, se permite la selección oficial de este certamen.

Imagen: La Jiribilla

La disertación de rigor en el oficio interpretativo, respeto total a la profesionalidad del qué y el cómo proyectarse sobre la escena y los aciertos creativos en la comunión y traslación entre lenguajes y estéticas disímiles del decir y hacer histórico y contemporáneo del teatro, la danza y la literatura escénica marcaron esta puesta recreada sobre la novela homónima del célebre escritor ruso León Tolstoi, asumida por una decana y emblemática compañía moscovita, ahora conducida por la mirada emprendedora de la coreógrafa y directora lituana Angélica Jólina.      

La Jólina seguramente se marchó de La Habana encantada de halagos y sorprendida de las inquietudes que despertó en espectadores, periodistas, críticos y especialistas todo el proceso creativo de una obra literaria que asume una compañía de actores y que se traduce sobre el escenario desde lo coreográfico, sin parlamentos y por tanto con una fuerte dosis de baile y mímica.

En 40 días aseguró la directora que se realizó el montaje de esta pieza, y claro está que para ello aprovechó la educación danzaria de algunos de los miembros del elenco y rectificó las incorrecciones en la fisicalidad y el movimiento de otros que tuvieron que entrenarse hasta dignamente danzar sobre un montaje ecléctico. Pensemos que actores de una Rusia distinguida por sus escuelas de actuación, ballet, mimo teatro y circo deben llevar de seguro en su camino aprehendido un poco del saber de todas estas técnicas  que  luego debieron resultar no tan difíciles de desarrollar y perfilar.   

La Anna Karenina que se ingenió la Jólina se mueve orgánicamente sobre lo neoclásico con acentos marcados del ballet ―sobre todo en los duetos de la protagonista y su amado conde Vronsky― con notables giros hacia lo evidente performático que la danza teatro consolidó como recurso esencial, e incluye hasta guiños del pastiche y la apropiación postmoderna a un Petipá, que aún mofado parece igual homenajeado, y un solo de canto lírico muy puntual y eficazmente insertado y ejecutado.

Imagen: La Jiribilla

El simbólico rodar del tren, el viaje, y el amor atormentado de Anna tiran constantemente de la armadura de secuencias de acciones que ciñen la narración de esta pieza de ajustadas composiciones grupales. Y más que  la evidencia misma de Anna lanzándose bajo el tren, esa muerte final construida entre metáforas alusivas a lo que implicó su suicidio ―con el cuerpo de Vronsky deslizándose sobre el de ella hasta dejarla tendida e inerte mientras él se reúne con una nueva amante y el coro de actores vuelve a ser como una maquinaria en movimiento, resultó un excelente cierre para un espectáculo que mucho se va a recordar en la historia del teatro visto en Cuba.

Cerca de lo propuesto por esta Anna Karenina no mucho se ha logrado encontrar en el 15 Festival dentro de su denominada “curaduría signada por el delicado homenaje a Stanivslaski”. Reconocidas compañías cubanas como Teatro El Público y Argos Teatro acuden con sus respetables espectáculos Anna en el Trópico y Fíchenla si pueden, pero ambas no clasifican entre los mejores ejemplos de excelencia actoral y singularidad en la puesta en escena que habitualmente consiguen estas agrupaciones nacionales. Correcta al asumir a Brecht en Cabezas redondas y cabezas puntiagudas fue la propuesta de la Asociación Cultural Comteatro de Italia, pero incompresible fue la inclusión en la selección de obras del Festival de piezas como No es tiempo de sirenas, de la Compañía Teatral Apsara, de Suiza; y Fragmento No. 3. Aproximación a la idea de la deconfianza, de Pitoustrash Company y Evelyn B., de Francia-Chile.

Con aires de juventud que busca acercar el desarrollo escénico a los imaginarios y comportamientos estéticos de las actuales generaciones resultan mejor defendibles las presentaciones festivaleras de Trafica, de Sixhingers Theatre, de Finlandia; y La mujer de carne y leche, del Proyecto MLC, de Cuba.

Imagen: La Jiribilla

En Trafica resultó peculiar el hecho de que  los actores se propusieran estructurar un lenguaje dramático basado en la señalética del tránsito. Y ese mero ejercicio de traslación de una simbología gráfica muy funcionalista a las reglas de comunicación de una intimidad para exponer los conflictos de una pareja, evidenció una de las paradojas de la convivencia contemporánea del ser humano: la reducción de sus modos poéticos de vivir por maneras muy prácticas de subsistir.       

Por su parte, La mujer de carne y leche, de Proyecto MLC, es una de esas creaciones que se sustentan en la inquietante duda de que estamos finalmente observando un espectáculo que al jugar con los límites desde una posición inicialmente explícita de compromiso con el discurso social-politológico  acerca de la violencia de género, se entrampa en la ridiculización de los estereotipos comunes de esta problemática. Áspero, caótico, panfletario, sórdido y hasta realista puede ser considerado este ensamblaje de escenas performáticas que incluyen música en vivo, diseño gráfico, baile, registro audiovisual documental, monólogos y hasta cierto transformismo. Todo sostenido por el absurdo y lo manipulado como intención crítica de los clichés y los modelos mediatizados de la heteronorma. Una apuesta inconforme y multidisciplinar que se admira como igual se puede llegar a fustigar.  Pero al cierre y sin telón le llueven los aplausos.

Imagen: La Jiribilla

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