Cultura y política: Las reincidencias
de Arturo Arango

Fernando Martínez Heredia • La Habana, Cuba

Casi tan antigua como ambas actividades humanas es la relación entre la política y la literatura, y sobre sus características y sus efectos se han acumulado todas las posiciones, ideas y polémicas posibles. Sin intentar ir demasiado lejos en este tema, quiero comenzar reconociendo el logro extraordinario que en cuanto a esa relación nos trae Terceras reincidencias.

Imagen: La Jiribilla

No hay una página de este libro en que no esté presente, de algún modo, lo político; pero en todo momento es el libro de un escritor de ficciones. Difícil tarea la de clasificarlo para las almas de naturalista, y duro desafío para los que tienen concepciones sectarias o mezquinas de la política o de la literatura, y para los guardianes de la pureza de una u otra república. Sería ridículo comentar que este libro de Arango “incursiona” en la política, y absurdo suponer que intenta manejar el campo específico de la política con las normas de la literatura.

Lo que tenemos ante nosotros es un hecho promisorio. Un intelectual que cuenta con madurez y una sólida obra literaria, reúne en un todo orgánico un conjunto de textos suyos en los que ejerce sus criterios sobre lo político no solo en sus relaciones con lo que suelen llamar cultura, sino también en algunos aspectos esenciales de lo político mismo, desde una perspectiva al mismo tiempo abarcadora y definida. Pero en todo momento lo hace desde su especificidad de literato cubano e intelectual revolucionario, por lo que sus asuntos no pertenecen a los elencos de la ciencia política ni a las prácticas políticas, sino a un amplio arco que va desde la crítica literaria y las respuestas a sus interlocutores acerca de su obra y las cuestiones más disímiles de su país y los vínculos entre la literatura y la sociedad, entre otras, hasta intervenciones orales y escritos, en los que Arango desarrolla más libremente sus ideas, sobre todo acerca de las relaciones y contradicciones entre la actividad cultural y la política.

Es promisorio porque adelanta por un camino que resulta básico para enfrentar con éxito la contienda cultural que está en curso en nuestro país: el de la alianza entre un poder político que mantenga sus fuerzas y esté dispuesto a someterse a un proyecto socialista participativo que lo vaya convirtiendo en un poder popular, y la cultura, que es una dimensión descollante de la vida nacional y al mismo tiempo constituye un potencial capaz de ponerse en acto –si se trabaja intencionadamente y se eliminan obstáculos-- para que las personas y la sociedad puedan evitar someterse a un modo de vida y organización social de explotación, injusticias sociales y cesiones de soberanía, y se vuelvan capaces de desplegar sus cualidades y sus capacidades para defender y desarrollar la sociedad solidaria y socialista.

Hijo de la mejor tradición intelectual cubana, Arturo Arango nunca es un espectador ante la vida, los problemas, los conflictos y los proyectos de la sociedad.

El primer ensayo del libro, de 2009, “Cuba, los intelectuales ante un futuro que ya es presente”, es un texto que reúne fuertes argumentos, profundidad y valentía política, al ventilar la cuestión del socialismo cubano hoy, en su conflicto crucial con el capitalismo y en sus serias contradicciones internas entre intereses de grupos, ideales y proyectos diferentes. En él, Arturo deja expresa su posición: “quienes buscamos una remodelación democrática del socialismo”, “quienes optan por la continuidad de un socialismo que necesita ser repensado, renovado”. Y polemiza con aquellos que idealizan un fragmento del pasado cubano anterior a 1959, los que más bien realizan una prefiguración idealizada del futuro que reivindican o sueñan para su país.

“Los cubanos participamos en un diálogo de sordos”, dice Arango con toda razón, entre aquellas dos posiciones, pero explora otras que esconden el conflicto en aparente paralelo, o que lo viven desde su naturaleza particular. Entre los primeros, no conozco una definición mejor del papel de Espacio Laical que la de Arturo, que pregunta al final del párrafo en el que aborda la reconciliación abstracta predicada por lo que llama “nacionalismo amable”: “¿bajo las órdenes de quién se construiría ese consenso?” A los segundos les dedica numerosos pasajes, como cuadra a su importancia y a lo que es un objetivo del libro. Por eso lo cito: “Y tengo la impresión de que los jóvenes artistas y escritores cubanos, en esa mirada más existencial, más introspectiva, exploran con dolor y agudeza su presente, y lo viven con igual intensidad, sin definir, al menos de manera explícita, esos futuros ideales o posibles que inquietan a otra parte de la intelectualidad cubana”.

Al final del ensayo anota que, en el campo de la cultura, la mayoría de esos jóvenes mantiene hoy “una tensa, permanente, negociación con los espacios institucionales, y siempre bordeando los límites de la permisibilidad”. Pero, agrega, ahora las nuevas tecnologías permiten un rango mucho mayor de libertad ante la industria o el mecenazgo, y trabajar en formas que, aunque precarias, son independientes, lo que ha modificado la producción, pero también el carácter de las negociaciones. Ya los artistas no ocupan en ellas una posición subalterna, y las instituciones con frecuencia pasan a la defensiva. En el campo de la política se han agotado los espacios oficiales de participación creados hace décadas, sometidos a un enojoso y asfixiante paternalismo estatal. Dice Arturo: “no es extraño que estos jóvenes hayan dejado de ocuparse de ese futuro para el que son convocados siempre como objetos, nunca como sujetos participantes en su definición”. 

Yo agrego: sin dejar de preocuparnos por el horrible ruido que hiere a los oídos, resulta imprescindible acabar con el diálogo de sordos entre nosotros mismos, que puede llegar a ser fatal para el órgano social.

Por otra parte, en varios lugares del libro se aborda o se alude a un rasgo que ya está instalado dentro de la cultura cubana: una despolitización que al inicio contenía elementos de crítica o de desilusión, que después buscó posturas y legitimidad en la condición individual de artista o intelectual y en una tradición nacional aséptica, expurgada de su enorme y tantas veces decisivo componente cívico y político, y que en la actualidad se asume con naturalidad y se cree ajena a las banderías y las contaminaciones políticas. Esa despolitización combina en unos los afanes lícitos de la vida con una tranquila inocencia; en otros, puede ser parte precoz de la formación de una ideología conservadora de clase media culta.

En una entrevista de hace diez años, Arturo afirma que la literatura se ha convertido para muchos intelectuales en un instrumento político, y anota como a fines de los ochenta y primeros noventa surgían narradores que pretendían llenar con sus obras las omisiones de la prensa, incumplidora de su función –como le enseñó el maestro Ambrosio Fornet-- de fijar los códigos primarios de interpretación o reelaboración de la llamada realidad. Sin esta mediación, la literatura se veía forzada a fijar esos códigos, dar cuenta de la real vida cotidiana de los cubanos y ser, en demasiada medida, testimonial.

Las reincidencias que ha ido publicando Arturo Arango portan las huellas en su trayectoria personal de la relación que estoy examinando. En las Primeras, de 1987, el joven escritor pone el énfasis en la literatura misma, lo cual también dice bastante de la política que había imperado en esos años. En las dos siguientes, la de 2001 y esta –nos dice en su nota “Al lector”--, el énfasis se ha puesto en sus contextos. Muchas vivencias y reflexiones habían acompañado la maduración del escritor de ficciones antes de que yo le pidiera hablar de qué era ser un intelectual orgánico en la Cuba de 2002. Contó como en “aquellos años sombríos” tuvo que enfrentar la sospecha o la subestimación política por ser intelectual, a pesar de ser joven comunista, y cómo con ayuda de las peleas de los años ochenta conquistó el orgullo de sentirse y ser intelectual, al mismo tiempo que el de apropiarse de una tradición intelectual revolucionaria que es –dijo-- “la que me permite sentir orgullo por el destino que di a mi vida”. Valoró críticamente las actitudes asumidas por intelectuales durante aquellos años, e ilustró la comprensión de que el intelectual opera tanto sobre lo actual como sobre el futuro, pero a costa de ser leído y valorado por otros desde ese futuro, con las variadas posteridades de Lezama y de Virgilio Piñera.

Pero quiero destacar el final de aquella intervención suya en el Marinello: una ubicación clara de sus desvelos y un duro llamado de alerta. Le preocupaban mucho más las formas de operatividad política posibles que su propia definición como intelectual, dijo, porque entendía agotada la mayoría de los espacios de participación política. Los debates abiertos a fines de los ochenta se habían tornado en monólogo y el discurso político oficial se adelgazaba y se volvía superficial. “Esto ocurre” –agregó—“en momentos en que las contradicciones internas crecen, como también aumenta la hostilidad contra la Revolución cubana”. Eso traerá alejamientos e imposibilidades de los intelectuales de defender bien a Cuba, e impondrá la parcelación de los espacios.  

Quien posee tanta lucidez, llama a las cosas por su nombre y sabe pensar la sociedad en que vive, trabaja y lucha, está apto para brindarnos un repertorio de criterios que nos ayuden frente a la compleja situación actual. Comprensiones de amplio alcance, como la de las diferencias cruciales entre el deber ser del socialismo como poder del pueblo y su ser como poder de un grupo que se va deslizando desde representar al pueblo –“hemos sustituido la lucha viva de las clases por el poder del Estado en nombre del pueblo”, dijo el Che hace cincuenta años-- hasta ejercer el poder en función del grupo mismo. Pero sus proposiciones son ajenas a la simplificación: “la Revolución cubana no ha sido como ha querido, sino como la han dejado ser”; “lo terrible es que aún la humanidad no ha resuelto el problema del poder”, acota Arango. Ellas ayudan a que la crítica y el empeño por lograr cambios, sin ceder nunca, sean más lúcidos, al mantener sus pies en el suelo, y puedan ser más eficaces.

El rigor del análisis y de los balances, unido a las convicciones y la altura de miras, pueden apreciarse a lo largo de todo el libro. Llamo la atención sobre un ejemplo sobresaliente: “Vivo en Cuba y esta es la realidad que me duele más”, un examen del país y del mundo que acababan de experimentar la formidable sacudida y los traumáticos cambios de la fase final del siglo XX. Se trata de una entrevista para un diario alemán, pero cuánto avance tendríamos si un texto como ese fuera el material para un círculo de estudios nuestro.

Es ejemplar esta obra en la que el rigor y el análisis están vacunados contra el objetivismo, en la que el autor ejerce el hermoso canon clásico de los escritores que no escondían sus juicios éticos y opinaban abiertamente acerca del orden social que consideraban necesario alcanzar. Es natural que pueda leerse en ella esta afirmación: “Me gustaría que la humanidad encontrara un modelo de sociedad donde se combinaran la libertad y la justicia social. Hasta ahora, las libertades de unos han conducido a la miseria del resto; o la defensa de la igualdad social ha provocado que solo los que gobiernan gocen de ciertos espacios de libertad”. Al mismo tiempo, el que ha echado su vida en el ruedo no descuida trabajar con los tiempos: “El rostro del futuro inmediato parece cada día más difícil de vaticinar”, escribe al final de su nota al lector.

Solo puedo llamar la atención acerca de algunos problemas fundamentales de la cultura en la actualidad que Arango plantea. Ellos exigen estudio, debate y, sobre todo, tenerlos muy en cuenta en los terrenos prácticos. Por ejemplo, el del escritor que produce y porta la verdad y la profecía desentendido de las formas reales de hegemonía vigentes, “en un mundo –dice Arturo-- donde las instituciones reproductoras de poder son cada vez más fuertes, más totalitarias, a pesar de que se ocultan tras la máscara de las democracias”.

Vuelvo a apelar a sus palabras: “No se me escapa el hecho de que quizás… el propio reconocimiento de la literatura como una entidad que libra un diálogo intenso y conflictivo con la sociedad y sus destinos pertenezca a una comprensión del arte que, progresivamente, está en vías de extinción, incluso dentro de Cuba”. Pérdidas como esta, dice, “representan un empobrecimiento de lo que ha sido el ser humano hasta hoy”.  

Pero, como siempre, Arturo incluye el análisis de la situación concreta, esa dimensión que enlaza el pensamiento teórico con la política: “La cubana es, sin lugar a dudas –dice--, una sociedad donde lo textual conserva un valor aún comparable, sino superior, al de la imagen audiovisual (quizás para felicidad de los escritores), y en la que los actores políticos… confían en el poder movilizador de la palabra, a veces, sí, ya no tanto escrita como dicha”.

¿Qué piensa de sí como escritor, qué es serlo, qué es la literatura para Arturo Arango? Cito los elementos que ofrece en algunos pasajes. “Escribir siempre es creer. Se escribe porque se cree, o porque se necesita creer. En la literatura misma, en primerísimo lugar”, pero la literatura “es un puente infinito en el cual te quedas toda la vida, porque de inmediato te das cuenta de que no hay adónde llegar, que siempre estás en tránsito…”, le responde a una entrevistadora española informada, aunque más bien prejuiciada.

“Lo apasionante de la literatura es la cantidad de ventanas que puede abrir, incesantemente, hacia otros espacios, los descubrimientos que puede incitar hacia el interior del ser. Esa aventura es la que me seduce como escritor y como lector”

“Me interesa mucho más la creación de mundos posibles que la reproducción de los existentes”.

“Un escritor de ficciones es un ser que habla casi siempre desde la duda, que cuando acumula algunas certezas lo que ha logrado es que ellas actúen sobre él para angustiarlo, y que, una vez que escribe, se acerca a su objeto (si es que sabe cuál es su objeto) de manera tangencial, sesgada, incluso ambigua”.

¿Es este el mismo autor que invoca a una Historia descompuesta, vuelta al revés, sin mangas, desfachatada en sus sinrazones, para que dote de sentido “a una literatura que pretende sostener en su diálogo con la sociedad, con las personas, su propia necesidad de existencia”? Sería un grave desacierto pensar que ambos conviven en la misma persona, uno a pesar del otro. Su comunión constituye un adelanto, un paso más en el largo camino de Cuba y otra confirmación de que nos hemos ido dotando de facultades y potencialidades para triunfar en la más difícil de las pruebas que tienen hoy en el mundo las personas y las sociedades. Es también indicio y anuncio de un tiempo que tendrá que venir, en el que la política será una de las formas de la cultura.

Este narrador que no escribe cuentos desde 1994, porque no se le ocurre ninguna idea que pueda contar en menos de cien páginas, ha seleccionado un buen número de entrevistas –que incluyen respuestas referidas a sus novelas El libro de la realidad y Muerte de nadie, y al filme Lista de espera--, junto a presentaciones de revistas y libros, conferencias, ponencias y otros textos suyos, agrupados en nueve secciones. Hacía mucho tiempo que no disfrutaba tanto de una tarea asignada. Además de lo dicho, escogí tomar como campo de comentarios míos los seis textos de la sección “En familia”, una muestra muy rica y diversa de la gama de ideas, problemas, sugerencias, caminos a tomar, calidad literaria, que contiene esta obra de Arturo. Quería, además, agradecer de ese modo los regalos que nos hace de su arsenal de ideas, cuando muchas veces las lanza sin desarrollarlas, dejándolas como pistas para que inquiramos a partir de ellas, un procedimiento que está entre lo mejor que puede aportar el buen ensayista.

Pero no puede ser, debo atenerme al tiempo disponible. Formen entonces parte de la inspiración de algún escrito futuro del comentarista, o queden para los intercambios que tanto necesitamos. Sí quiero añadir una valoración general sobre el autor, que no está influida por el vínculo fraternal que me une a él. Arturo Arango muestra otra vez con este libro lo que desde hace ya mucho tiempo es un hecho: que es uno de los más importantes intelectuales cubanos.   

Solo me queda pedir que Terceras reincidencias no se convierta en una lectura de élites. Que lo puedan disfrutar y utilizar los que lo necesitan en esta hora de Cuba, aquellos que cada día son más, y que pudieran ir condensándose y formando un bloque intergeneracional. Que ayude este libro de cultura política en los tanteos y la puesta en marcha, desde tantos lugares diferentes, de lo que mañana llegará a ser un nuevo bloque histórico.

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