Esmeralda Santiago

Entre dos aguas

Rachel D. Rojas • La Habana, Cuba

La biculturalidad no fue una opción para Esmeralda Santiago: fue una situación impuesta; no la escogió, pero tuvo que enfrentarla sin muchos miramientos, sin detenerse a pensar. “Mi madre nos arrastró a mí y a mis diez hermanos de Puerto Rico”, dice; y recuerda lo que para una adolescente de 13 años significó descubrir un nuevo mundo en el que las calles no estaban cubiertas de oro como decían.

Esmeralda, puertorriqueña, es hoy una escritora graduada en Harvard, con un “Master of Arts” en escritura de ficción. Ha escrito muchos libros, entre los que se encuentran las memorias Cuando era puertorriqueña (1994) y Conquistadora (2011), y tiene una voz que se parece al sacrificio. Su historia de adaptación y desarraigo es una certeza para quien la mira directo a los ojos negrísimos.

Imagen: La Jiribilla

Estuvo en Cuba para participar en la segunda edición del segundo Coloquio Internacional Latinos en las Artes y las Letras, encuentro organizado por Casa de las Américas con el fin de analizar los conflictos y las complejidades de la producción artística de los latinos que hoy forman parte de la sociedad norteamericana.

Experta, vino a hablar sobre lo que es vivir en dos mundos, el norteamericano, y el puertorriqueño que seguía existiendo dentro de su casa repleta de hermanos. Esos mundos “enseñaban sus garras entre las sonrisas y las risas, que en inglés son palabras tan específicas y en español necesitan ayuda para expresar el dolor detrás de ellas: ‘sonrisa dolorida’, o ‘risa ahogada’”, escribió.

—Fueron muchos años los que me tomó darme cuenta de ese proceso. No estaba consciente: sabía que tenía que aprender idiomas, que tenía que aprender a desenvolverme en una ciudad distinta porque hasta entonces había sido una niña de campo; sabía que me movía en una cultura que tiene reglas distintas y expectativas distintas a las que había en Puerto Rico para muchachas como yo. No me pude detener a reflexionar sobre eso antes.

Le pregunto qué piensa sobre la idea del “sueño americano”, aunque ya sé que para ella las cosas han cambiado mucho. “Se trata de un sueño global, se puede decir así. Son muchas las personas que, por ejemplo, se están yendo de África del Norte hacia Italia: ellos no quieren exactamente ir a EE.UU.; ellos quieren salir de donde están. El sueño no es llegar a un sitio sino salir de él”.

Si antes el emigrante se lanzaba al camino a buscar fortuna, pensando que en otro lugar todo sería más fácil, ahora casi todos saben que dejar la tierra natal es como escalar una montaña. “Eso nosotros no lo sabíamos, dice. Pensábamos que las calles eran de oro [ríe], pero ahora es diferente. La gente sabe cómo van a ser las cosas: por Internet, la televisión, las películas, la literatura, por los que regresan —porque también regresan—, etc. Hay una idea más realista de lo difícil que es cambiar de un país a otro, de un idioma a otro, de una situación política a otra, etc. El sueño ha cambiado, sin duda. En mi generación, y antes de ella, todos querían ir a EE.UU., pero ahora no es así”.

“Viajo todo el mundo, y no hay nada que me desanime más que el hecho de que todo se parezca. Las grandes marcas están en donde quiera. Yo no quisiera ver eso, pero sucede. En cualquier lugar hay un hotel Meliá o una tienda Benetton. Lo cierto es que estoy cansada de ver lo mismo en todas partes”.

Pero ella es un ser bicultural, y ahora escribe novelas de ficción y no memorias. Y dice sonriente: “Llegué a cierto punto en mis vivencias en que ya no eran interesantes. Eso es algo curioso: a la vez que me casé, tuve hijos y una profesión, las cosas dejaron de ser interesantes”.

—Para mí ser una escritora latina era también presentar a esa persona que no se conocía en EE.UU. Es lo que hicieron Cristina García o Sandra Cisneros. Estábamos diciendo: “Mírennos, esta es nuestra cultura, esto es lo que somos”. Esa literatura está cambiando la manera en que se nos mira, en que se nos trata. Pero eso es un proceso lento, no cambia de un día para otro, y así hemos avanzado. Estoy muy orgullosa de nuestros escritores y escritoras que han tenido el valor de contar nuestras vidas. Porque ahora una niña como la que yo fui, sea de Puerto Rico o de República Dominicana, puede coger uno de estos libros y leer una experiencia que es similar a lo que le está sucediendo a ella. Eso no existía hace 15 o 20 años, pero existe ahora. Y eso es algo maravilloso.

—¿Esa situación de pertenecer a ambas orillas ha tenido alguna ventaja para usted?— le pregunto, aunque segundos después estoy convencida de que esa voz parecida al sufrimiento debe haber sacado muy poco partido de la ambigüedad. Entonces habla de su contexto.

“La gran ventaja es que somos muchas las latinas escritoras que vivimos en EE.UU., si bien mi relación es buena con todos (los escritores), tengo una experiencia distinta con ellas. Hay que tener claro que hay una comunidad, aunque dispersa. Si hay que salir afuera con pancartas para protestar por los indocumentados, aun cuando soy puertorriqueña y no necesito hacer eso, estoy con ellos. Eso también es algo más o menos nuevo. Pensamos más en plural ahora. Para nosotros —los de la orilla de acá— todo gira en torno a la familia y las amistades, es así.

EE.UU. está atravesando por una época —explica— en la que hay un grupo minoritario y vocal que conoce la propaganda. Ellos están controlando las discusiones de hoy. Desafortunadamente son una minoría con voces bien duras y son los dueños de los medios. Creo que el mundo tiene que mirar detrás de eso, como todo, siempre hay que mirar detrás de la propaganda. Hay que mirar a las personas, hablar con las personas”.

Su acceso a la información, distinto al que se debate fuera del país, le permite conocer, por ejemplo, a esta niña, una rubia de 20 años que está teniendo éxito en Nueva York con una música que se apropia de fuertes elementos afroamericanos. Cuenta que nadie imaginaría su aspecto al escucharla. Pero tampoco muchos fuera de ese medio la conocen, no es global.

“Eso está sucediendo mucho en EE.UU. Por ejemplo, hace unos cinco años, el kétchup era el condimento más popular. Ahora no es ese sino la salsa mexicana. Eso está sucediendo en todos los aspectos de la cultura: la manera en que se viste la gente, la música, la literatura, etc.

“Hoy los latinos están por todo EE.UU. Ya no se habla de comunidades superlocalizadas: por aquí los de El Salvador, en aquella zona los guatemaltecos, etc. No. Y son un sector de la sociedad con mayor fuerza cada vez. El propio Obama le debe a los latinos su permanencia en la silla presidencial por cuatro años más”.

—Somos visibles —acota ella—. No estamos tan escondidos como dicen. Trabajo con la comunidad hispana, pero no nos escondemos como la propaganda quiere hacer creer. Lo que pasa es que esas personas que están controlando los medios necesitan difundir ese mensaje para sus propósitos.

Y continúa: “Sí hay muchos problemas, sí hay muchos indocumentados, personas que viven en la calle y a las que están echando del país. Eso sí existe, pero es algo que está sucediendo en todos los países. De hecho siempre ha sucedido, solo que ahora son otras las víctimas. Recuerda lo de ‘No irish aply’.

“Pero hoy veo las cosas mejor para nosotros. Tenemos una literatura increíble. Somos latinos que estamos escribiendo sobre nuestras vidas, contando nuestras experiencias, y no todas son tristes, muchas son acerca de los logros que hemos obtenido. Por eso creo que debemos comenzar a tener una visión más positiva al respecto”.

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