El Museo, semanario habanero

Cira Romero • La Habana, Cuba

Dos nombres bien experimentados en los avatares de la prensa periódica, Juan Ignacio de Armas y Céspedes y Bernardo Costales y Sotolongo, fundaron en 1882 el “Semanario ilustrado de literatura, artes, ciencias y conocimientos generales” titulado El Museo, cuyo primer número apareció el 3 de diciembre.

De Armas, su redactor y después director, había nacido en Camagüey en 1842 y desde muy joven se inició en el periodismo. A fines de 1868 dirigió por breve tiempo La Aurora, de Matanzas, y en Nueva York, a donde se trasladó en 1869, fundó La América (1871) y luego La América Ilustrada (1872-1873) y también el periódico literario El Ateneo (1874-1875). De nuevo en La Habana creó la publicación que comentamos y colaboró en El Trunco, donde publicó dieciocho artículos bajo el título “Bahía de Matanzas” (1884-1885), en El Fígaro y en Revista Cubana. Tomó parte en la expedición del Goicuría. Desarrolló trabajos antropológicos y en ocasiones ejerció la crítica literaria. Costales y Sotolongo era poeta y asiduo colaborador en revistas y periódicos.

El Museo fue una revista de contenido variado —historia, arte, noticias de actualidad— y publicó amplio material literario, sobre todo de poesía y crítica, además de cuentos, tanto de autores cubanos como extranjeros, y fragmentos de novelas completas por capítulos. En sus inicios mantuvo dos secciones fijas: “Libros nuevos” y “Errores gramaticales”. Fueron sus principales colaboradores Rafael María de Mendive, Enrique José Varona, Mercedes Matamoros, Rafael Montoro, Nicolás Azcárate, Domingo Figarola-Caneda, Arturo Carricarte y Diego Vicente Tejera.

Aunque por esos años ya Enrique José Varona había dejado de publicar poesías, más enfrascado ahora en elucidaciones filosóficas, cedió a las páginas de El Museo una composición suya fechada en 1880 titulada “Milanés”, dedicada al poeta José Jacinto, desaparecido en el año 1863. Resulta una de las composiciones de mayor interés de este maestro indiscutible de las letras cubanas, cuya larga, fructífera y ejemplar vida lo distingue. Allí leemos:

Allá va con su triste y dulce calma,

Con su cabeza joven y sombría,

Con sus ojos espléndidos sin alma,

Tu víctima, poesía.

Ruiseñor de las selvas sonorosas

Do bulle el fresco manantial cubierto,

Que fuiste a dar tus notas melodiosas

En cálido desierto.

 

Lira, por cuyas cuerdas se estremece

Con suspiros de amor la blanda brisa,

Y el mundo al soplo de aquilón la ofrece

Con insolente risa.

 

Nardo fragante en místico santuario

Do la casta beldad preces murmura,

Y el mundo al soplo de aquilón la ofrece

A la atmósfera impoluta.

 

Quisiste en tu quimera generosa

Ir del lauro profético ceñido,

Y mostrar una senda luminosa

A un pueblo envilecido.

 

Y al encontrar la torpe indiferencia

Para el lábaro augusto que tremolas,

Un refugio pediste a tu conciencia,

Donde adorarlo a solas.

 

Y allí va, con su triste y dulce calma,

Ese que el vulgo, infortunado nombra,

Viendo una inmensa luz dentro del alma,

Y en derredor, la sombra.

Por su parte Diego Vicente Tejera aportó composiciones poéticas donde el paisaje es abarcador de un todo donde están presentes efectos musicales. Tal es el caso de una de las composiciones incluidas en El Museo, la titulada “El despertar de Cuba”, donde expresa:

¡Mirad! en el horizonte,

sobre el tálamo de gasas

que las sueltas nubecillas

le entretejen, rodeada

de temblorosos luceros,

a su término cercana,

la luna, inmóvil un punto,

con nueva luz se abrillanta.

Ved cuán límpido fulgura

su inmenso globo de nácar!

Su resplandor apacible

por los cielos se dilata,

en mar de pálida lumbre,

sobre el mundo se derrama,

presta misterioso hechizo

a las distantes montañas,

del lago hiere las ondas,

tiembla en las rápidas aguas

del río, besa y enciende

la espuma de las cascadas,

y en los húmedos penachos

se refleja de las palmas.

De entre las publicaciones periódicas cubanas del siglo xix, El Museo se distingue porque reprodujo en sus páginas cuadros famosos, principalmente de pintores españoles, así como grabados y dibujos de muy buena calidad. Al cumplirse el primer año de la publicación, el periódico El Triunfo ofreció una breve reseña donde elogia el semanario en los siguientes términos:

“Hace un año vio la luz por vez primera El Museo. Transcurrido ese lapso hoy podemos manifestar que la revista ha sumado cada vez más méritos, no solo por  el prestigio de los colaboradores, sino también por la calidad de los trabajos que cada número aporta. La experiencia y dedicación de dos bien asentados conocedores de la prensa, los señores Juan Ignacio de Armas y Bernardo Costales y Sotolongo dan suficiente confianza como para seguir esperando mucho y bueno. Nos congratulamos en saludar y festejar este primer año de vida”.

Al parecer, El Museo desapareció en 1884, y el último ejemplar visto es de fecha 27 de abril de ese año.

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