Literatura

Acerca de la Joven narrativa cubana en
Como raíles de punta

Laidi Fernández de Juan • La Habana, Cuba

La investigadora y crítica literaria, actual directora del Fondo Editorial de la Casa de las Américas Caridad Tamayo Fernández, ha realizado uno de los mejores ensayos acerca de la actual narrativa cubana de que tengamos noticia. Al abordar tan espinoso asunto, sometido a discusiones a ratos infelices pero siempre encendidas y constantes, asume el enorme riesgo de adentrarse en consideraciones que pudieran ser tildadas de parcializadas al emitir juicios que en cierta forma contradicen a criterios emitidos por los más jóvenes narradores cubanos. Para evitar dicho desatino, Caridad Tamayo no solo acude respetuosamente a múltiples entrevistas ofrecidas por algunos de los protagonistas de Como raíles de punta, sino también a los serios estudios que anteceden al suyo. Así, voces reconocidas y de indudable prestigio como las de Salvador Redonet  y de Jorge Fornet, verdaderos pioneros en el  análisis de un panorama literario que ya no se vislumbra de lejos sino que está aquí, ahora (y ciertamente insatisfecho) aparecen como apoyaturas esenciales para la interrogante con la cual la autora abre el debate: “¿Siglo nuevo, escritura nueva?”.

Imagen: La Jiribilla

Aunque confiesa que su interés por la joven narrativa es antiguo, el detonante para llevar a cabo la selección que ofrece este libro referencial (desde su misma concepción se convierte en un instrumento de estudio al que habrá que acudir a partir de ahora), fue la propuesta sugerida por la dirección nacional de la Asociación Hermanos Saíz, en ocasión del arribo al cuarto de siglo de dicha organización.

Como ilustración de su análisis, Tamayo ofrece 32 narraciones (escritas por 18 hombres y 14 mujeres, cuyas fechas de nacimiento oscilan entre los años 1977 y 1985) que demuestran el abanico argumental defendido en su tesis. Así, tal como apunta en la introducción a Como raíles de punta, estos(as) autores(as) “han convertido a los desclasados y marginales en sus protagonistas por excelencia: convictos y exconvictos, pedófilos, gente que se prostituye, alcohólica, loca, asesina, ladrona”.

Pero, lógicamente,  no se trata de un muestrario monolítico. También hay ejemplos de cuentos que abordan la clase obrera, el mundo fantasioso, la angustia existencial de la adolescencia, y de personajes que intentan convertirse justamente en escritores. Algunos de los narradores(as) ya eran conocidos a través de los premios nacionales que cada vez con mayor frecuencia va ganando esta suerte de generación literaria (Premio  Julio Cortázar, Premio Alejo Carpentier, Premio de Cuento Luis Felipe Rodríguez, de la UNEAC, y otros muchos), y algunos(as) son dados a conocer entre nosotros por primera vez. Resulta imposible detenerse  en cada una de las propuestas de esta compilación, aunque me gustaría destacar la presencia de la intensísima fuerza en cuentos escritos por mujeres. A las ya conocidas  Marvelys Marrero, Anisley Negrín, Susana Haug, Legna Rodríguez, Dazra Novak, Liany Vento y Agnieska Hernández, se incorporan, entre otras, Zulema de la Rúa, de 34 años y la jovencísima Clara Maylín Castillo, de 28 años de edad, ambas coincidentes en la selección de la violencia de género como tema central de sus narraciones, francamente impactantes.

Tamayo no deja fuera de su análisis ninguna de las álgidas cuestiones que se debaten cuando se intenta un acercamiento a la nueva narrativa cubana: la queja permanente de los autores por la falta de una crítica especializada que los legitime, de una publicidad que los enaltezca, de una mayor opción de ser publicados a la vez de  una política promocional que los satisfaga del todo. Al mismo tiempo que plasma dichas dificultades (y que puntualiza como no exclusivas de nuestro país), demuestra con estadísticas irrefutables la otra cara de esa moneda que tanto incomoda a las nuevas generaciones. Para ello, dedica un acápite solo a libros publicados por autores nacidos a partir de 1977, incluyendo a quienes no aparecen  en esta selección. El resultado de dicha búsqueda arroja cifras que demuestran que tales carencias no son alarmantes, al menos no del modo en que son planteadas por los más jóvenes. Por solo citar recientes ediciones de cuentos y de novelas, dejando fuera las antologías, encontramos que entre los años 2000 y 2010 vieron la luz 81 libros de cuentos y siete novelas, todos escritos por esta nueva generación literaria (p.235). Por otra parte, el desdén de muchos nuevos escritores hacia los sellos editoriales territoriales o provinciales, no ayuda satisfacer la demanda creciente de ellos, quienes tampoco asumen la postura de ejercer la crítica literaria que tanto añoran: “Si se valorara adecuadamente el trabajo de las editoriales territoriales por medio de la prensa, la crítica y los propios escritores, la realidad de la promoción de la literatura cubana actual tuviera otros matices. Curiosamente, muchos jóvenes se rehúsan a confiar su obra a esos sellos editoriales, confiando en una hipotética publicación por parte de una editorial de mayor prestigio” (p.11).

Coincido con Caridad Tamayo (también) en la importancia y la atención que merecen estas nuevas hornadas de narradores y narradoras, cuyos textos dinámicos, explosivos y cuestionadores inevitablemente llegan como raíles de punta, a los cuales debemos respetar, porque no es posible (ni recomendable) evitar sus impactos. Una vez más, será el tiempo el verdadero decantador que decida la permanencia o la fugacidad de esta nueva literatura que ya se encuentra entre nosotros. Por lo pronto, el ensayo que encabeza esta selección cuidadosa, publicada por Sed de Belleza de forma espléndida tanto por el diseño como por la calidad de la impresión, abre el camino para futuros estudios, que, estoy segura, algún día cercano “veremos arder”.


(Ediciones Sed de Belleza, Santa Clara, 2012)

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