Selección de poemas

Para Ana Veldford

Nunca el verano en Provincetown

y aún en esta tarde tan límpida

(tan poco usual para Nueva York)

es desde la ventana del autobús que contemplo

la serenidad de la hierba en el parque a lo largo de Riverside

y el desenfado de todos los veraneantes que descansan sobre ajadas frazadas

de los que juguetean con las bicicletas por los trillos.

Permanezco tan extranjera detrás del cristal protector

como en aquel invierno

-fin de semana inesperado-

cuando enfrenté por primera vez la nieve de Vermont

y sin embargo, Nueva York es mi casa.

Soy ferozmente leal a esta adquirida patria chica.

Por Nueva York soy extranjera ya en cualquier otra parte,

fiero orgullo de los perfumes que nos asaltan por cualquier calle del West

Side.

Marihuana y olor a cerveza

y el tufo de orines de perro

y la salvaje vitalidad de Santana

descendiendo sobre nosotros

desde una bocina que truena improbablemente balanceada sobre una escalera

            de incendios,

la gloria ruidosa de Nueva York en verano,

el Parque Central y nosotros,

los pobres,

que hemos heredado el lado del lado norte,

y Harlem rema en la laxitud de esta tarde morosa.

 El autobús se desliza perezosamente

hacia abajo, por la Quinta Avenida;

y frente a mí el joven barbudo

que carga una pila enorme de libros de la Biblioteca Pública

Y parece como si se pudiera tocar el verano en la frente sudorosa del

            ciclista

que viaja agarrado de mi ventanilla.

Pero Nueva York no fue la ciudad de mi infancia,

no fue aquí que adquirí las primeras certidumbres,

no está aquí el rincón de mi primera caída,

ni el silbido lacerante que marcaba las noches.

Por eso siempre permaneceré al margen,

una extraña entre las piedras,

aun bajo el sol amable de este día de verano,

como ya para siempre permaneceré extranjera,

aun cuando regrese a la ciudad de mi infancia,

cargo esta marginalidad inmune a todos los retornos,

demasiado habanera para ser newyorkina,

demasiado newyorkina para ser,

-aun volver a ser-

cualquier otra cosa.
 

(Este poema apareció originalmente en Areíto (Verano de 1976), p. 52, y fue incluido más tarde en el volumen póstumo Palabras juntan Revolución, La Habana, Casa de las Américas, 1981, p. 60-61.)

 

La Habana (1968)

Jirones de ciudad
fragmentos sin contexto, los enlaces perdidos.

¿Cómo llegar a, y qué venía,
desde, por dónde iba aquel ómnibus?
¿Qué se me ha hecho la ciudad de entonces?

Preposiciones,
desarticulación,
preguntas.
Ya hace demasiado que estoy lejos.
Te me olvidas.
Que florezcas.
Hasta siempre.

 

Hudson, Invierno

Este paisaje irreal
la danza de los árboles
la iglesia que se vuelve, en la bruma, castillo,
y el río que renuncia a su fluir
y adopta
la rigidez y el brillo de un joven granadero.
Todo aquí te recuerda
el cielo siempre gris
los árboles, las piedras,
el río y el acero
Mundo que languidece pues no le has sonreído
tristemente te espera.

 

Domingo

Recorro las calles de este New York vestido de verano,
con sus guirnaldas de latas de cerveza
y envoltorios de helados,
con su fauna fantástica
desbordada por la Quinta Avenida,
por Broadway,
por Riverside,
toda la increíble fauna y flora
de esta ciudad increíble,
desde los hare krishnas hasta los escoceses con gaitas,
desde el aprendiz de violinista
hasta el discípulo de Marcel Marceau.
Recorro las calles e la ciudad,
obsedida por la pasión de nombrar,
azotada por la furia de fijarlo
y recrearlo todo en la palabra,
esta batalla irremisiblemente perdida
contra la caducidad de todo,
esta batalla incesante y dolorosa
contra la erosión,
el tiempo,
y el olvido,
que lo devoran todo.

 

Definición

Exilio
es vivir donde no existe casa alguna
en la que hayamos sido niños;
donde no hay ratas en los patios
ni almidonadas solteronas
tejiendo tras las celosías.

Estar
quizás ya sin remedio
en donde no es posible
que al cruzar una calle nos asalte
el recuerdo de cómo, exactamente,
en una tarde de patines y escapadas
aquel auto se abalanzó sobre la tienda
dejando su perfil en la columna,
en que todavía permanece
a pesar de innumerables lechadas
y demasiados años.

 

Columbia. Sorbona. (primavera 1968)

Seamos soberbios,
insolentes
¡ahora!

Seamos impacientes
intransigentes,
intolerantes,
¡ahora!

En estos días
en que aun podemos
lanzarnos hacia el futuro
sin pesados lastres en los tobillos
sin vientres demasiado abombados,
o la pátina de oro sobre las pestañas,
pues sólo el que no respeta la realidad
puede cambiarla.

La realidad es como un vieja prostituta,
a la hay que conocer y pagar su precio
pero tenerla por lo que es,
y desecharla cuando llegue el momento,
o reconstruirla y hacerla princesa con la imaginación
y hasta quizás ¡milagro!, hacerla princesa de veras.

Este es el tiempo de ser osados.
Después de cierta edad,
todo se vuelve pornográfico.

 

Lourdes Casal (La Habana, 1938-1981). Poeta, narradora y ensayista. En 1968 publicó su poemario Cuadernos de agosto; en 1981 obtuvo el Premio Casa de las Américas de poesía con Palabras juntan Revolución. Su breve obra narrativa está recogida en Los fundadores: Alfonso y otros cuentos (1973). Participó en la fundación de la revista Areíto, del Círculo de Cultura Cubana y del Instituto de Estudios Cubanos.

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