Del teatro latino

Escenarios cubanos en los EE.UU.

Maité Hernández-Lorenzo • La Habana, Cuba

Hace apenas unas semanas atrás, Ana en el trópico, la obra que hizo del escritor cubanoamericano Nilo Cruz, el primer dramaturgo en obtener esta notable distinción en 2003, cruzó el ¿Estrecho? de la Florida e hizo viaje directo al Teatro Trianón, en pleno Línea y Paseo, en La Habana. Fue, sin duda, uno de los montajes más esperados de la recién concluida edición 15 del Festival de Teatro de La Habana. ¿Las razones? Por un lado, la confrontación entre el público cubano y actores residentes en EE.UU. quienes no se habían presentado en la Isla desde hace varios años; y por otro, se trataba de la puesta en nuestra escena de un texto que dialoga, desde otros imaginarios no menos compartidos, con un relato transnacional.

Dirigida por Carlos Díaz, con una selectiva plantilla de actores de Teatro El Público, gracias a Ana en el trópico la audiencia cubana pudo apreciar la experiencia de trabajo conjunto entre Lili Rentería, Mabel Roch, Carlos Miguel Caballero, desde una orilla, y desde la otra, Alexis Díaz de Villegas, Osvaldo Doimeadiós, Fernando Hechevarría, Clara de la Caridad González y Yanier Palmero. Como he mencionado en otro texto, la concepción del montaje entre ambas costas, suceso del cual el texto tampoco está ajeno, construyó una suerte de aleph que incluyó, en su núcleo, procedencias y lenguajes diversos que también dibujaron, en paralelo, una línea de vida del teatro cubano en sus últimas décadas.

Durante el Coloquio Latinos en las Artes y las Letras, organizado por la Casa de las Américas, fue este el centro de atención en torno a la producción hecha por latinos en el campo de las artes escénicas en EE.UU.

Norge Espinosa, dramaturgo y asesor de Teatro El Público e implicado en el proceso de Ana en el trópico, dejó claro en su intervención el toma y daca por el que había transcurrido el montaje hasta su realización final. Con traducción de James López, académico cubano radicado en EE.UU., Ana en el trópico revela, desde un tejido conciso de sub-tramas y sutiles conexiones con la novela Anna Karenina, de Tolstoi, una vuelta de tuerca a la cubanidad, aquella construida también en un imaginario en tránsito, en flujo permanente entre Norte y Sur.

Imagen: La Jiribilla

Norge Espinosa y Vivian Martínez Tabares durante el Coloquio en Casa
 

En el empujón al proyecto: el Consejo Nacional de las Artes Escénicas; el Archivo Digital de Teatro Cubano, liderado por la Dra. Manzor, catedrática de la Universidad de Miami; Fundarte, centro de gestión cultural creado por Caballero y Ever Chávez en la ciudad de Miami y uno de los pilares en la renovación del intercambio cultural entre cubanos de ambos países. Fue clave, además, la cesión del autor de representar la obra en Cuba.

El montaje de Carlos Díaz vino a enfatizar una condición que la pieza de Cruz propone: la metáfora de la migración, la resistencia cultural, la tensión entre ambos universos que conviven, dialogan y se interponen.

La tabaquería en Ybor City, Tampa, con todas las connotaciones históricas que conlleva, es el escenario simbólico para redimir la condición de “cubanidad”, para confirmar una tradición que viene desde los “aborígenes” según apunta Santiago, el cubano dueño del lugar. El arribo de Juan Julián, procedente de La Habana, con olor a colonia y vestido en un blanco impecable, detona pasiones, angustias, resistencias entre el “progreso” y la “tradición”, ante el “aquí” y el “allá”.

Pero Nilo Cruz bebe de una fuente que no es ajena a una larga y fecunda genealogía del teatro cubano en EE.UU. Su maestra, o una de ellas, María Irene Fornés, es quizá la más importante dramaturga latina en los EE.UU. Nacida en La Habana en 1930 y radicada en Nueva York desde los 15 años, tiene una larga carrera no solo como escritora, sino también como formadora de generaciones. Su obra Fango fue estrenada en Cuba por Argos Teatro, bajo la dirección de Carlos Celdrán y también Alberto Sarraín, director cubano residente en Miami, la ha llevado a escena. Su pieza La conducta de la vida (1985) abre la antología Teatro Cubano Actual. Dramaturgia escrita en los Estados Unidos (Colección Aire Frío, de Ediciones Alarcos), concebida y preparada por Lilian Manzor y Alberto Sarraín.

En ese volumen, uno de los pocos que pone en circulación esa producción en la Isla, se incluye también Casa propia, de Dolores Prida; Cualquier otro lugar menos este, de Caridad Svich; Lorca con un vestido verde, de Nilo Cruz; y Abrázame fuerte, de Jorge Ignacio Cortiñas.

El libro, gracias a la gestión de la Editorial Alarcos, es un avance notable en la promoción de una dramaturgia cubana nacida fuera de las fronteras físicas de la Isla pero que no deja de dialogar con referencias, directas o indirectas, de una tradición común. En algunos casos más que en otros, se rezuma un interés por conflictos propios de la migración, la traumática inserción en otra sociedad, la tensión provocada por diferencias culturales e intrageneracionales. Se observa la escritura de un correlato del teatro cubano, ese que se verifica en el espacio tangible de la Isla, que dialoga, se completa y habita un terreno compartido en permanente re-construcción.

Otra zona de ese cuerpo dramatúrgico también se ha divulgado a través de lecturas dramatizadas. Así conoció la obra Sanguivin en Union City, de Martín Junior (Artemisa, 1934- Nueva York, 2000), semimontada por Sahily Moreda.

La labor de Alberto Sarraín sigue siendo paradigmática. En su hoja de trabajo se cruzan escenarios, elencos, autores de ambos espacios, creando un locus imaginario y vivo en el cual convive el teatro nacional. Sus montajes en Cuba de varias obras de Abelardo Estorino (Parece Blanca, Morir del cuento), así como piezas del repertorio más reciente (Chamaco, de Abel González Melo) o el estreno absoluto de Los siete contra Tebas, en el Teatro Mella, y muchos proyectos más, son ejemplos contundentes de una relación que traspasa las fronteras de lo político y lo estricta y puramente “nacional”.

Igualmente, la gestión y producción teatrales de muchos cubanos en diferentes puntos de la gran cartografía física y social de EE.UU., dan fe de un intenso trabajo por promover el teatro cubano y latino en ese país. Tales son los casos de Jorge Folgueira al frente del Festival Internacional de Teatro Latino de Los Ángeles o la sede de  Teatro en Miami, a cargo de Ernesto García y Sandra García. En esa ciudad, uno de los centros de gestación más intensos, la actriz de origen cubano Teresa María Rojas también ha sido clave en la formación de los teatristas provenientes de la Isla.

Nueva York es otro de los puntos históricos en esa producción. Además de ser la urbe de residencia de muchos artistas cubanos que han parido un interesante cuerpo cruzado de información y referencias; en ella se encuentra la sede de Repertorio Español desde 1968, uno de los colectivos más antiguos y constantes en la creación teatral donde los latinos han sido los protagonistas. A ello contribuyó de manera decisiva su co-fundador Gilberto Zaldívar, fallecido en 2009. Zaldívar junto con René Buch, también fundador del grupo, hizo de Repertorio no solo un espacio de colaboración y alianza, en especial con la Compañía Hubert de Blanck, en La Habana, sino una casa de acogida para los cubanos que llegaban a la gran ciudad. Allí todos los teatristas de la Isla han encontrado un lugar de trabajo y de cálido abrigo.

Los proyectos de participación y creación de los latinos en el campo de las artes escénicas se diversifican y renuevan. Son otras las formas de intercambio, de gestión y de inclusión desde ambos lados del Estrecho. El Archivo Digital de Teatro Cubano, concebido y coordinado por Lilian Manzor con la participación del Centro de Estudios del Diseño Escénico y del Centro de Documentación e Investigación Israel Moliner Rendón, con sede en Matanzas, es un hiperproyecto que intenta conservar una memoria compartida que va reconfigurándose desde una comunidad multicultural y bilingüe.

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