Evocando a Lourdes Casal Valdés:
el homenaje pendiente

Milagros Martínez • La Habana, Cuba

Mucho agradezco la invitación para hablar en este panel, junto con personalidades de la cultura y el país quienes me honran, hace varios años ya, con su amistad. Cuando Aja me llamó y me habló de la idea no dudé en aceptar ni un instante. Hoy, les confieso mi osadía pues solo conocí a Lourdes Casal menos de 48 horas. Era otoño del 77. Yo participaba con otros colegas cubanos en una reunión  organizada por Franklin Knight y Al Stepan en la Universidad de Yale, encuentro este considerado la primera reunión de académicos cubanos, estadounidenses y cubanoamericanos después del triunfo de la Revolución.

Imagen: La Jiribilla

Intervención de Milagros Martínez en el panel "Lourdes Casal: más allá de la distancia"
 

Si bien yo antes había oído hablar de Lourdes Casal, no era lo mismo la referencia de terceros que el verla actuar en aquel taller. Recuerdo haberme impresionado vivamente por su inteligencia y su locuacidad en aquellos debates donde se abordaron diversos temas —discusiones cuasi interminables al ser aquel el primer encuentro, de qué no se habrá hablado allí… Hasta donde recuerdo la mayoría de los presentes estábamos algo nerviosos y muy emocionados. Lourdes, más segura, con su agudeza, visión de futuro y certeros análisis,  cada vez que intervenía  nos ayudaba a encontrar las ideas centrales e identificar las acciones a emprender para colocar los primeros cimientos de ese largo y sinuoso puente a construir entre las dos orillas.

Con tan solo dos días de conocerla me siento en franca desventaja con el resto de los colegas en la mesa, pues ellos sí fueron amigos de Lourdes. No obstante, acepté. Y, una vez más, acudí a la memoria de compañeros que me ayudaron en este propósito que me parecía una oportunidad excepcional de evocarla y para expresarles mi triste apreciación de lo poco que se conoce sobre Lourdes Casal en Cuba. Me gustaría hoy aquí, reiterar públicamente, que considero que en el país tenemos una asignatura pendiente con Lourdes, con su vida y su obra. 

Con relación a lo anterior, les cuento que allá por 1995 o 1996, cuando yo fungía como Directora del Centro de Estudios de Alternativas Políticas (CEAP) —centro de la Universidad de La Habana que se dedica a los estudios sobre la migración cubana, hoy llamado CEMI— propuse crear la Cátedra Lourdes Casal. La idea, aunque avanzó no prosperó. Desde entonces, yo estaba convencida de que necesitábamos un espacio para conocer sobre Lourdes.

Quienes la conocieron la definen como una mujer llena de actividad, muy entusiasta. Campechana, mulata alegre de sonrisa permanente, a veces irreverente, era una líder natural que fue motor impulsor de su generación. Recuerdo que en una ocasión Jorge Domínguez me dijo que Lourdes era una todóloga. No había tema que no se atraviese a abordar y, cuando lo hacía,  lo hacía de manera magistral.

Con la ayuda de Maura Juampere, Tomás Fernández Robaina y de Eloísa, quienes me facilitaron revisar los números de Areito de sus colecciones privadas o los que existen en la Biblioteca Nacional José Martí y en la Biblioteca de Casa de las Américas, descubrí a la todóloga Lourdes Casal. Escribió de lo humano y lo divino, con un rigor que asombraba. Sus trabajos abarcaron casi todos los géneros: ensayo, entrevista, cuento, poesía, incluso la crítica cinematográfica y teatral.

Lourdes Casal nació en el barrio de Los Sitios en La Habana, en 1938. En 2013 cumpliría 75 años. Vivió en Cuba hasta los 23 años. Procedente de una clase media mulata, católica y graduada de la Universidad de Villanueva (la única privada que había en el país), no comprendió los primeros años de la Revolución cubana, por lo que en 1961 se radicó en EE.UU. Sin embargo, en 1962, luego de una gira por África y a partir de su interés sobre las luchas de los negros en EE.UU., se replanteó su actitud frente a la Revolución y comenzó a estudiar la realidad cubana. A principios de la década de los 60 se integró al Grupo Propulsor de Nueva Generación. Entre 1962 y 1971, Lourdes atraviesa por un proceso de radicalización que alcanza un punto de maduración con su viaje a Cuba en 1973. 

Doce años después de su salida de Cuba regresó a su Isla, dicen que fue la primera emigrada que oficialmente visitó nuestro país. Según ella misma cuenta en Areito, el viaje fue del 24 de agosto hasta el 10 de septiembre de 1973. Viajó a La Habana, Santa Clara y Matanzas, en una visita organizada por el ICAP. Lourdes dijo: “… regresé a mi querida Habana, a las calles de La Habana, y lo que más me sorprendió fue la naturalidad del regreso, ha sido como si estuviera de vuelta de un breve viaje, siempre he estado enamorada de esta ciudad, caminé por La Habana Vieja, por Miramar, por la Víbora, fui a Alamar, a la fábrica de tabacos de La Corona, asistí a varias funciones de teatro y hasta me enfermé y me ingresaron en el Hospital Fajardo…”. También visitó el Instituto de Literatura y Lingüística donde se reunió con José Antonio Portuondo. Fue a Varadero y a la Universidad Central de Las Villas, allí estuvo en la Escuela de Sicología y en el Centro de Computación. Visitó el Escambray y se reunió con Sergio Corrieri y otros miembros del Grupo de Teatro allí asentado.

A su regreso a EE.UU., todos le preguntaban qué estaba pasando en Cuba. A pesar que decía: “siempre he odiado a los expertos de dos semanas” lo cierto es que, cuando uno lee lo que ella escribió después de esos 15 días, pudiera concluirse que este viaje la cambió. Lourdes empezó a hablar constantemente sobre la realidad cubana y se involucró activamente en dar a conocer qué estaba pasando en la Isla. Meses después, fundó Areito con un grupo de jóvenes entre los que estaban Albor Ruiz y Marifeli Pérez Stable. La revista fue un parteaguas en el contexto político de la emigración cubana. El primer número salió en abril de 1974. Lourdes se mantuvo en el Consejo de Dirección de Areito hasta que enfermó. Ella es considerada como “el alma fundadora” de esta publicación.

Para Lourdes, La Habana es visión y memoria. Decía amar tanto La Habana que volver a la ciudad se convierte en una obsesión. Confiesa que es como una fantasía obsesiva caminar por las calles angostas, reproducir los diferentes paseos de los habaneros de diferentes épocas. Quería tanto escribir sobre La Habana que junto con su amiga Margarita Lejarza proyectó escribir una guía turística sobre Cuba.

En el número de Areito del verano de 1976 escribió junto con Marifeli Pérez Stable sus valoraciones de por qué los cubanos fueron a Angola. Este  ensayo se titula “Angola y los negros de Cuba”, lectura interesante para estos días en que tanto debatimos sobre el tema de las relaciones raciales. También en ese número aparece “Para Ana Veldford”, poema antológico que ha hecho llorar a los cubanos que han vivido de alguna manera el desarraigo de la emigración. El poema de Lourdes es una excelente síntesis de la nostalgia del emigrado, la experiencia de vivir entre dos culturas, cómo se concibe la patria y cómo expresa en su lengua nativa lo que se siente al vivir en un país que nunca sería completamente el suyo.

Se graduó como Doctora en Sociología en la New School of Social Research en 1975 y, posteriormente, se desempeñó como profesora en el Departamento de Sicología de la Universidad de Rutgers en New Jersey. A partir de entonces, ella se involucró mucho en la actividad académica alrededor del tema Cuba. Quedó registrada en Areito su participación en una  conferencia que sesionó en la Universidad de Pittsburgh sobre el rol de Cuba en los asuntos internacionales y que sesionó del 15 al 17 de noviembre de 1976. Allí apareció como ponente en el panel “La Revolución cubana y su política exterior”, junto con Ivan Shulman, Andrés Hernández y José Moreno. A partir de entonces, participó en muchas conferencias, talleres y congresos en los que se abordaba el tema cubano. Sus certeros análisis de la realidad cubana le confirieron un notable prestigio intelectual y político en los medios académicos de EE.UU.

Incansable, hizo crítica cinematográfica. Escribió sobre un documental de 103 minutos de la cineasta Barbara Kopple llamado Harlem County USA.  En el 1979, apareció en Areito un cuento que se llamaba “Chuck Mangione en  Bruselas”, si bien como cuentista ya había publicado en 1973 Los fundadores: Alfonso y otros cuentos.

En uno de sus viajes a Cuba, buscó el tiempo para indagar qué se leía en nuestro país y, con la información recopilada, escribió dos años después una aproximación sobre las tendencias de la narrativa cubana, en particular de la novela. Daba así continuidad a su disertación doctoral sobre “Imágenes de la sociedad cubana en las novelas pre y postrevolucionarias” que había defendido en octubre de 1975.

En noviembre de 1978 y bajo el título Invitación al diálogo publicó un recuento de la conferencia de prensa en la que Fidel Castro extiende la invitación a conversar con la comunidad cubana en el exterior. Su fibra de poeta emergió de nuevo cuando muere Carlos Muñiz, hecho que le impactó notablemente a juzgar por el poema que le escribió y que bajo el título “A Carlos” es publicado en Areito.

En el verano de 1979, publicó un artículo que tituló “Teatro de Pantomima: Cuba en sus gestos”. Al año siguiente, los acontecimientos del Mariel la hacían escribir el ensayo “Cuba, abril-mayo 1980: la historia y la histeria”. Sí, Lourdes Casal fue toda una todóloga.

Su relación con Casa de las Américas fue muy profunda. Como miembro del grupo Areito escribió el prólogo de Contra viento y marea y recibió, junto con los otros autores en 1978, un Premio Extraordinario de Casa para los jóvenes en ocasión de celebrarse en La Habana el XI Festival Mundial de la Juventud y los Estudiantes. En 1981, unos pocos días después de su muerte, en La Habana, le fue otorgado un segundo Premio de Casa por su poemario Palabras juntan Revolución, calificado por Miguel Barnet como poesía de urgencia.

Lourdes murió el 1 de febrero de 1981 en La Habana. Tenía 42 años. La despedida de su duelo fue hecha por Roberto Fernández Retamar quien decía que el caso de Lourdes fue un proceso desgarrador y deslumbrante de toma de conciencia, que la condujo al reencuentro de sus orígenes y a una seria reflexión sobre la realidad cubana.

Desearía ahora compartir con ustedes algunos textos que me enviaron colegas que viven en EE.UU. Jorge Domínguez, actualmente Vicerrector de la Universidad de Harvard, me comenta:

Lourdes fue una gorda feliz de ser gorda, entre otras muchas cosas, con una sonrisa permanente a pesar de los atentados de asesinatos que se realizaron con ella en más de una ocasión. Recuerdo más de una vez ir con ella en un estacionamiento, hacia su auto, y observarla con los procedimientos de precaución que le había indicado la policía, y con un equipo modesto, intentar detectar si algún terrorista había instalado una bomba.

Su tesis doctoral fue no solamente interesante sino, además, innovadora. Se propuso analizar el equivalente de una antropología social de la sociedad cubana en los 60, cuando todavía no le era posible realizar su investigación en Cuba. Partió, por tanto, a examinar minuciosamente las novelas, de antes y después de 1959, para detectar —vale el uso de este verbo— cómo múltiples autores caracterizaban las relaciones raciales, las relaciones entre mujeres y hombres y el rol de género, cómo visualizaban las clases y las relaciones sociales. Combinaba su pasión por la literatura y su mente hábil, curiosa, y eficaz para estudiar lo que parecía ser imposible de estudiar.

Al comentar Jorge Domínguez la evolución ideológica y política de Lourdes, la califica como extraordinaria.

Fue verdaderamente una exiliada política, por su lucha contra el gobierno revolucionario al arrancar los 60, y más durante los años siguientes que incluyeron viajes por países africanos para intentar impedir el desarrollo de relaciones entre esos gobiernos y el gobierno de Cuba. Cuando yo la conocí, a comienzos de los 70, ya había cambiado de exiliada a “comunidad cubana en el exterior”, y durante el transcurso de los 70 completó su giro hacia el socialismo.

La amiga Iraida López, me escribía:

De entre mis compañeros de la Brigada Antonio Maceo, Areito y el Círculo de Cultura Cubana, no fui yo la que más conoció a Lourdes Casal (esos fueron, a mi entender, Yolanda Prieto, Vivian Otero, Albor Ruiz y Marifeli Pérez Stable), pero tengo algunos recuerdos suyos que con mucho  gusto comparto.

La persona que me puso en contacto con Lourdes fue Leonel de la Cuesta, que en aquel momento enseñaba en City College (CUNY) donde yo era aún una estudiante de Licenciatura. Resulta que Lourdes estaba enfrascada en un estudio sobre la novela cubana de la Revolución y buscaba estudiantes que pudieran ayudarla a recopilar alguna información. Yo acepté la propuesta y, un buen día, me aparecí en su casa. Lourdes vivía entonces en un apartamento en Washington Heights, un apartamento que parecía una biblioteca antes que un hogar de familia. Había anaqueles por todas partes, con libros que llegaban hasta el techo. Aquello era impresionante. Lourdes me pidió que hiciera investigación en el Centro de Estudios Cubanos que en aquellos años tenía una excelente biblioteca de obras publicadas en Cuba. Cumplí con el trabajo y después dejé de verla por un tiempo.  Me fui a España después de graduarme —esto sería en el año 74 más o menos—. No volvería a verla hasta fines de los 70 cuando ya ella estaba enferma, pero la semilla que dejó sembrada florecería, de distintas maneras, en esos años. 

Iraida nos revela que Lourdes fue una persona excepcional, con un talento enorme.

Fue la primera de entre nosotros que puso el dedo en la llaga de nuestra cultura híbrida a través de su poesía y sus relatos. Su “Para Ana Velfort” resume como pocas obras cubano-americanas el sentimiento de vivir entre dos culturas. Su espíritu ha sobrevivido todos estos años. Fíjate (Milagros) que el famoso final del poema se cita tanto en la película de Jesús Díaz Lejanía de mediados de los 80 (el 85, me parece), como en la película de Jorge Perugorría Amor crónico, estrenada el año pasado, en 2012. Me refiero a “demasiado habanera para ser neoyorquina, demasiado neoyorquina para ser, aun volver a ser, cualquier otra cosa”. Ello prueba su valor duradero. Algunos de sus relatos son joyitas en este sentido, por la manera en que reflejan esa identidad.

Iraida nos cuenta que, cuando hacía investigación para un artículo sobre las revistas cubanas del exilio que salió publicado:

…me di cuenta de la distancia que mediaba entre otros llamados intelectuales del exilio y Lourdes Casal. Para no ir más lejos, mientras muchos se referían a “la cultura cubana” como si fuera un monolito inalterable, Lourdes advertía que la cultura cubana estaba siempre en evolución. Creo que esto la proveyó con la flexibilidad necesaria para apreciar los cambios inevitables.

El  historiador Alejandro de la Fuente, director del Programa de Estudios de Afroamericanos de la Universidad de Harvard evoca a Lourdes Casal de la siguiente manera:

No sabía quién era. A pesar de que a fines de los 80 yo había empezado ya a escribir sobre cuestiones de esclavitud, y a pesar de que había comenzado a asomarme a la entonces llamada “cubanología”, el nombre de Lourdes Casal no había pasado por mi mesa. Otros nombres me eran ya conocidos (Marifeli, Carmelo, Jorge, Alejandro Portes), pero el de Lourdes no.

Encontré su trabajo tan pronto inicié mis estudios doctorales en la Universidad de Pittsburgh. Comencé a hacer lecturas para un artículo que intentaba medir cómo había evolucionado la desigualdad racial en Cuba y me topé con un campo minado, altamente ideologizado, en el que las discusiones acerca de las relaciones raciales en Cuba eran, en verdad, discusiones acerca de los posibles logros o fracasos del proceso revolucionario cubano. Por una parte, algunos comentaristas y estudiosos —especialmente de la Isla, como Pedro Serviat— alegaban que bajo la Revolución se había resuelto el llamado problema racial. Por otra parte, algunos comentaristas y estudiosos (todos del exilio, Carlos Moore sería el mejor ejemplo de este grupo) aseguraban que la Revolución era un proceso profundamente racista, que el liderazgo era todo blanco y que las oportunidades de ascenso de los cubanos negros no eran mayores después de 1959 que antes.

Entre estos dos extremos polares existía un grupo, reducido pero valioso, de académicos que intentaba al menos aproximarse al tema de las desigualdades sociales cubanas desde una perspectiva más equilibrada y seria, es decir, fundada empíricamente. Varios de los académicos cubanos más importantes de los EE.UU. (Carmelo Mesa-Lago, Jorge Domínguez) habían lidiado con el tema del racismo; pero sus trabajos tenían una base empírica muy limitada y deficiente, hasta el punto que Jorge se refirió al tema como un “no tema” en un artículo de 1978.

Este es el contexto en el que es necesario entender el trabajo fundamental —y desdichadamente truncado— de Lourdes Casal en el tema de las relaciones raciales cubanas. Tan pronto leí sus trabajos, especialmente “Race Relations in Contemporary Cuba” (en Anani Dzidzienyo and Lourdes Casal, The Position of Blacks in Brazil and Cuban Society (London 1979), 11-27) y Revolution and Race: Blacks in Contemporary Cuba. (Washington, DC: Woodrow Wilson International Center for Scholars, 1979), comprendí que estaba frente a las contribuciones más serias que se habían producido sobre el tema en los EE.UU. Por una parte, Casal hizo lo que nadie hasta ese momento había hecho: recopiló información empírica de primera mano para intentar discutir el tema siempre espinoso del impacto de la Revolución en la cuestión racial sobre bases serias. Durante uno de sus viajes a La Habana, por ejemplo, ella recogió información sobre los miembros de la recién estrenada Asamblea Nacional del Poder Popular y mostró que la proporción de negros y mulatos en la misma no era demasiado lejana de su proporción en la población total. Esto no agotaba la discusión sobre la representación de los negros en el liderazgo del Gobierno, pero al menos ponía la discusión en un plano diferente. Para un académico joven, como era yo en esa época, era el camino claro a emular y a seguir.

Para Alejandro de la Fuente, la otra contribución importante de Lourdes Casal se refería a una cuestión metodológica.

Ella explicaba que, al menos en parte, la discusión sobre el impacto de la Revolución cubana en la cuestión racial no era sobre la Revolución per se, sino sobre cuán racialmente injusta y desigual era la sociedad republicana cubana. Los que argumentaban que la sociedad republicana no era una sociedad de desigualdades raciales extremas (esta afirmación se hacía frecuentemente en comparación con los EE.UU.) tendían a minimizar el impacto del proceso revolucionario. Por el contrario, aquellos que argumentaban que la Revolución había solucionado —o estaba en vías de solucionar— este problema, destacaban cuan racialmente injusta era la sociedad cubana pre-revolucionaria. Las polarizaciones del periodo revolucionario, dicho de otra forma, se proyectaban hacia el pasado republicano.

La propuesta de Lourdes Casal ante esta situación era muy clara: era imprescindible investigar el tema seriamente, y hacerlo tanto antes como después de 1959. La única manera de poder analizar los cambios sociales ocurridos a partir de la década del 60 era incluyéndolos en una perspectiva histórica de larga duración que sometiera las narrativas tradicionales a un análisis científico serio.

Fue después de leer esos trabajos que yo me convencí de que era necesario escribir un libro sobre el tema. Ese es uno de los nacimientos —hay otros— de mi Una nación para todos: raza, desigualdad y política en Cuba, 1900-2000 (Madrid, 2001). Escribir ese libro era, de cierta forma, una deuda personal con Lourdes Casal, a quien nunca tuve el privilegio de conocer.

Es muy interesante la remembranza que nos brinda Carolina Caballero, una joven profesora cubanoamericana de la Universidad de Tulane. Ella dice

 …para mí, hija de cubanos exiliados criada en el suroeste de Georgia, Lourdes Casal ha sido una especie de figura mítica, grande, valiente. Cuando empecé a estudiar la literatura cubana del exilio, me encontré con la historia singular de Lourdes. Primero, me impresionó que haya muerto tan joven. Luego, me pareció insólito que hubiera muerto en Cuba. Mucho antes de haber conocido su literatura o su papel tan importante en Areito, los primeros encuentros/diálogos en Cuba con la Brigada Antonio Maceo y los viajes a finales de los años 70, el hecho de que tuviera el coraje de no solo vivir, sino también morir en la Isla me provocó una fascinación inexplicable. Repito: No solo había regresado a la Isla —algo que casi nadie en mi familia se atrevía a hacer—, sino también decidió morirse allí. Diría además de fascinación, también sentí una admiración por ella solo por esa decisión tan radical.

En realidad, no conozco la obra literaria de Lourdes muy bien; pero cuando empecé a dar la clase Introduction to Latino Studies en la Universidad de Tulane, puse su poema “Para Ana Veldford” en el programa cuando hablaba sobre los cubanos en EE.UU. Siempre me gustó el poema por su sencillez y su franqueza, sin exceso; el tono reservado con el cual expresa su exilio —y es el suyo, es muy particular— siempre me pareció bello. Al principio, lo incluí por razones prácticas: para estudiantes del idioma español es un poema bastante fácil de entender. Resulta que curso tras curso es uno de los textos que más le gusta a los estudiantes, y no por ser fácil de leer. Es un poema con muchas dimensiones. Es una expresión no solo del exilio, sino de un problema existencial con el cual todo el mundo puede identificarse. La imagen de ella en una guagua, viendo el paisaje tras la ventana, es poderosa en su cotidianidad. Además, el título, que parece que no tiene nada que ver, en realidad es otra historia/otro texto, tan importante como el poema. Otro detalle interesante es que son las muchachas en la clase las que normalmente seleccionan este poema como su preferido, así que en cierto sentido creo que Lourdes logra expresar un discurso femenino que cautiva a las lectoras de mi clase.

Lourdes sigue siendo una figura fascinante para mí. El otro día hice una búsqueda en Google para ver una foto suya y no encontré nada. Pienso en ella y no logro una imagen clara. Además de misteriosa, últimamente me parece que hay algo trágico en su trayectoria, su vida y su muerte.

Finalmente, le pregunté sobre Lourdes a Ana Cairo. Ana me dijo:  

Yo no conocí  a Lourdes Casal, tampoco he leído mucho su obra; por otra parte, no es fácil leerla porque casi no hay libros. Parece que ha ido quedando en el necesario olvido, porque su memoria ha ido restringiéndose al ámbito de los que la conocieron. La película Lejanía de Jesús Díaz hace más de 20 años que no se exhibe. Un momento especial de Lejanía era cuando se recitaba el famoso poema de Lourdes.

Afirma Ana que hoy en Cuba casi nadie sabe de la existencia de Lourdes Casal.

Los estudiantes universitarios de hoy fueron los niños del periodo especial; ellos no tienen referentes, ni existe la culpabilidad para nadie. Hay muchos autores de los 60 y 70 que ya han sido olvidados. Esa es una constante de los procesos culturales.

Lourdes fue una pionera de muchos de los temas que hoy nos ocupan. En su condición de migrante, su vida y su obra contribuyeron al estudio de las identidades múltiples, compuestas o mezcladas, identidades que cambian, que se transmutan, híbridas. Comprendió mejor el conflicto que vivían muchos de los jóvenes cubanoamericanos de su generación, y tuvo la grandeza de ver los tiempos por venir. Inauguró caminos, abrió puertas y derribó obstáculos.  

Si, tal y como se plantea en la convocatoria de este programa de Texturas Caribeñas 2013, es pertinente evaluar los orígenes y reconocer el modo en que estas masas de migrantes contribuyen a reescribir, expandir y subvertir las nociones de la identidad y de la ciudadanía dentro y fuera del espacio receptor, es entonces mandatorio dar los primeros pasos para acercarnos a la vida y la obra de Lourdes Casal. Me atrevo, entonces, a sugerir algunas ideas en este sentido:

¿Por qué no celebrar un homenaje a Areito en el 2014, fecha en que se  cumplen 40 años de la fundación de esta revista y rendir un homenaje especial a Lourdes Casal? ¿Por qué no involucrar a los jóvenes de la AHS, del ISA y de la FAyL?

¿Por qué no incluir en nuestras revistas culturales artículos sobre Lourdes y por qué no promovemos la materialización del proyecto que me contó Ana Cairo tiene pensado Alfredo Prieto y se le dedica a Lourdes una Órbita en la editorial Unión?

¿Por qué no hacemos un documental sobre su vida y su obra?

¿Por qué no incluimos  el estudio de su obra en los planes de estudios preuniversitarios y universitarios?

Y, finalmente, ¿por qué no organizamos un taller sobre Lourdes Casal: su vida y su obra en la Sección Cuba de Latin American Studies Association (LASA por sus siglas en inglés), para el 2016, fecha en la que LASA celebrará su congreso en New York, ciudad que tanto amó Lourdes?

Gracias Lourdes por todo lo que nos has dejado. Vamos a recuperarte para no olvidarte. Lo mereces.

 

Ponencia presentada en el panel "Lourdes Casal: más allá de la distancia". Coloquio Internacional Latinos en las Artes y las Letras, que tuvo lugar en la Casa de las Américas, entre el 15-17 de octubre, 2013.

Comentarios

Lourdes fue mi profesora para mas de 5 cursos, incluyendo la sicologia de la gente cubana. Tengo años buscando su tumba. Ya se que está en Havana. Ella fue mi mentor, y sé que ella quiere darme algún mensaje. Ella me empujó a estudiar sicologia y ser médico. Ojalá pudiera ir con un alumno de sicologia a conocer su lugar de descanso para darle mis respetos.

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