Bocafloja: el rap del invisible incómodo

Mabel Machado • La Habana, Cuba

Basta con escuchar dos líneas de un rap de Bocafloja para imaginar que no gastaría ni un minuto de su tiempo ante la televisión viendo desfilar por pasarelas y escenarios de lujo a las muñecas de Belleza Latina, que le provoca dolor de cabeza leer en las revistas las cifras astronómicas de la fortuna de Slim y que siente como una afrenta que los gobiernos mexicanos pro ALCA festejen con bombo y platillo la Revolución de 1910.

Él es un joven de un metro 80, 72 kilos, piel morena y ojos pardos, natural del Distrito Federal y residente en los EE.UU.. Su nombre real es Aldo Villegas. Se ha presentado con todo detalle en los temas de rap que compone y se ha mostrado decenas de veces así al cruzar la frontera, donde los documentos de identidad no son suficientes para los emigrantes y es necesario enseñar además los bolsillos, y no tener cara de pobre o de traficante.

De rapero iniciado en la década del 90, Bocafloja ha devenido en gestor cultural. Lleva con Fabián Villegas un colectivo que produce eventos artísticos y comunitarios en los que utilizan al rap y el spokenword como puentes para acercar conocimientos y experiencias a ciudadanos interesados en el cambio político y social.

Tiene siete discos. Los títulos revelan por sí solos la postura de este artista ante la manipulación mediática, la vigilancia gubernamental sobre los ciudadanos, la cooptación al ejercicio de los derechos civiles, la imposición de realidades ficticias y la tergiversación de la historia a través de losmedios de comunicación y la educación.

De Lifestyle (1996-98) a Patologías del invisible incómodo (2012), el rapero se ha revelado contra quienes archivan sus ideas, planifican sus fracasos y lo observan de reojo, haciéndolo sentir como “un incomprendido, un interplanetario” en el país donde vive.

En Casa Tomada, Bocafloja advirtió sobre la fabricación de un concepto de latinidad que no toma en cuenta las especificidades de las diferentes poblaciones que lo conforman y sobre la glorificación del mestizaje como una experiencia romántica que sirve al poder para la normalización y desplazamiento de la diversidad.

Para él el rap es un agente transgresor, una herramienta para socavar las estructuras tradicionales de poder, una expresión cultural en constante estado de emergencia que moviliza la crítica y la acción ciudadana.

La trasplantación de este género musical estadounidense al escenario mexicano se produjo de manera natural entre comunidades marginalizadas que necesitaban un vehículo de expresión y un arma de resistencia. Pero más que una apropiación cultural, Bocafloja entiende al rap como un recurso de reclamación histórica.

“El vaivén migratorio de trabajadores de México en los EE.UU., la tradcicióndiaspórica de mi país, trajo consigo que en los años 80 del siglo pasado que se produjeran afirmaciones culturales como la del rap. Fue así como a través de cintas o cassettes que traían desde el Norte los obreros migrantes, muchos mexicanos como yo nos involucramos con el rap.

Para mí este género se comporta como una reclamación histórica de tradiciones orales y narrativas de sujetos oprimidos que de alguna manera focalizaron sus problemas utilizando la música”.

¿Qué se produjo primero, el contacto con el rap o el convencimiento de que era necesario denunciar la situación de los grupos periféricos?

Empecé a conocer este mundo desde niño, pero el proceso de politización y la toma de conciencia sobre las realidades que denunciaba el rap vinieron después, cuando me integré más directamente a la comunidad rapera.

En mi caso creo que se dio el efecto inverso. Muchas veces la adopción de una determinada postura política es la que lleva a las personas acercarse al rap.

De alguna manera esto me ha hecho estar muy pendiente y muy interesado en el estudio de las narrativas descoloniales, relaciones raciales, y, sobre todo, de la experiencia diaspórica de África y las Américas.

¿Cómo funciona el mundo rapero en México?

Ha pasado por diferentes etapas desde los años 80. La generación que está vinculada al rap en la actualidad, atraviesa por una situación de mayor conexión con el mundo corporativo, se está empezando a capitalizar más a nivel financiero.

Desde el punto de vista discursivo no creo que esta sea la generación más interesante, sugerente o con mayor proyección a largo plazo, pero constantemente se resignifica, y es bastante activa en términos de producción de eventos, discos, conciertos y otras propuestas culturales.

Se identifica, desde sus orígenes, con las comunidades periféricas y con la marginalidad. Es en esas áreas donde se concentra la población de trabajadores migrantes que regresan a visitar a sus familias. Esta es una experiencia profundamente racializada y con una profunda pauta de clase.

Hoy en día con todo este proceso de resignificación y de revaloración de la experiencia del rap, muchos otros segmentos sociales lo asumen, lo adoptan como suyo.

Está muy presente en nuestro contexto una variante rural que evidencia como el género, de raíz marcadamente urbana, ha dejado de ser propio del entorno de las ciudades. El rap se ha resignificado incluso en lenguas indígenas, lo cual demuestra lo amplio que se ha vuelto su engranaje.

¿Qué niveles de incidencia tienen los raperos en los procesos políticos que tienen como protagonistas a las comunidades o grupos marginados?

Se puede decir que tiene un impacto fuerte si miramos a la cantidad de personas de estos entornos o clases que reconoce y se afilia de distintos modos de organización que busca defender determinadas ideologías y formas de participación política.

Pero no ocurre así con las fuerzas políticas institucionales que están en las posiciones de poder. Todavía ante ellas el rap no ha logrado permear esos espacios, ni sentarse en las mesas de negociaciones del aparataje estatal e institucional en México.

¿No ha logrado tampoco que se le reconozca como fuerza contrahegemónica?

Es una confrontación visible. El estado y las estructuras de poder reconocen que el rap la produce y la estimula. Están al tanto de que existe ese agente antagónico, pero no se ha llegado a instalar una plataforma de negociación en una medida efectiva.

Se ha está dando un diálogo e incluso hasta intentos de cooptación de nuestro proceso. Nos invitan a presentarnos en ciertas instituciones y de cierta forma nos convidan a comprometernos con ellas, pero está muy domesticada la concesión de espacios y libertades para que podamos incidir a nivel macro.

Pero Quilomboarte funciona de manera independiente…

Sí. Es una productora. Hacemos gestión cultural utilizando el rap y la poesía en un sentido ortodoxo, de modo que podamos articular estas manifestaciones del arte como herramienta útil en la creación de modelos de pedagogía crítica.

Hacemos conciertos, debates, foros, muestras de cine, todo autogestionado, con apoyo financiero de la propia comunidad. El proyecto mantiene un sentido de autonomía y de movilidad completamente autocontrolado.

Tratamos de replicar este trabajo en distintos espacios comunitarios de varios países. Somos una organización muy pequeña y a pesar de ello hemos conseguido algunas cosas importantes.

También fundaron la revista Palabreando, que es manejada por gestores culturales, poetas y raperos.

Esta ha sido una experiencia interesante, porque el uso de un formato literario, viniendo de raperos, ha provocado a veces cierto escepticismo, pues la cultura hegemónica no acaba de convencerse de nuestra capacidad de articulación intelectual.

Por otro lado, la propia comunidad marginalizada, tampoco ha tenido acceso frecuentemente a este tipo de publicación, de modo que esta propuesta ha provocado un choque cultural también en ese sentido.

Sin embargo, hemos alcanzado buenos resultados: yo publiqué un libro, hicimos la revista, hemos roto barreras paradigmáticas, pues estamos dispuestos a producir como seres históricamente marginalizados.

Los estudios socioculturales y antropológicos han puesto el ojo en las últimas décadas sobre el fenómeno del rap, ¿cómo valoran sus protagonistas esos acercamientos de corte académico a su cultura?

Nos interesa ocupar el espacio académico, pero también necesitamos hacerlo rompiendo las estructuras hegemónicas, el aprendizaje lineal, la mirada monocultural.

Quisiéramos que estos acercamientos se hicieran de la forma más horizontal posible, que se incluyera en ellos también la idea del desaprendizaje. Que puedan quitarse de encima todo el sistema tradicional dominante y que sean capaces de moldear las prácticas y encontrar fuentes de información relevantes en relación con nuestras condiciones de existencia.

¿Qué implicaciones puede tener la presencia de la cultura rapera latinoamericana dentro de los EE.UU. en la actualidad?

Como vivo en ese país, asumo este tema con responsabilidad, por ser un fenómeno que está yuxtaponiéndose constantemente y porque tiene aún muchos factores por definir dentro de lo que llamamos la latinidad.

Se ha tendido a presentar lo latino como un bloque homogéneo, pero dentro de él hay muchas particularidades, muchas vivencias distintas, mucho debate.

Es importante que nosotros mismos tengamos la capacidad de autodefinirnos y de presentarnos como una entidad con cientos de matices y de texturas a las que bien vale la pena atender.

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