Teresita es un gatico que parece de algodón

Maité Hernández-Lorenzo • La Habana, Cuba

Para mis hijos, Teresita, además de ser la voz de Vinagrito, es la abuelita que vive en el piso 12, la misma que entra con su enorme poncho y olor a tabaco a ocupar las esquinas del elevador. Nicolás, el más pequeño, me ha pedido varias veces que le haga la visita. Por esa razón, hoy cuando la ascensorista comentó que Teresita había fallecido en la madrugada, me miró y sentí, obviamente, un aire de reproche.

Ha visitado la Casa de las Américas un montón de veces, más de las que podría contar. Ha llegado con su guitarra y se ha acomodado para conversar, hacer historias, compartir canciones. Más de una vez, la he visto sentada a la espera de un automóvil camino a Guanajay o a Batabanó. En varias ocasiones, José Julián, mi hijo mayor, le ha detenido el paso solo para que le cante algunas estrofas de “en una palangana vieja sembré…”. Ella, solícita, lo ha complacido como quien ofrece la hora.

Recordé una crónica de hace varios años. Entonces Cubadisco le rendía un homenaje y Liuba María recordaba sus canciones en el escenario del Karl Marx. Por supuesto llevé a los niños, pero el concierto era también para mí. Aquí comparto lo que me dejó.
 

Imagen: La Jiribilla

Santa Teresita*

A los cubanitos que crecimos al lado de Vinagrito,
de Amigo y sus amiguitos y de Trompoloco.

Durante mi infancia no tuvimos televisión a color en casa. Mis “muñes” eran en blanco y negro. En la oscura pantalla del Krim soviético, que a veces había que colocarle un perchero para captar mejor la imagen, Mickey Mouse, Bette Boo o El tío Estiopa aparecían sin pizca de color.

En blanco y negro era también un clip, quizá uno de los primeros en Cuba, de la canción “Mi gatico Vinagrito”. Vinagrito ha sido y sigue siendo el gatico infantil por antonomasia. Su nombre ha pasado de generación en generación, y aquel clip, donde percibíamos las técnicas más elementales y primarias de la animación en la tele, nunca ha sido superado por la más actual tecnología digital.

A la autora de Vinagrito, la maestra Teresita Fernández, le dedicaron el pasado martes un súper concierto en el teatro Karl Marx. Hasta allí arribé con mis dos hijos para escuchar en voz de la excelente intérprete Liuba María Hevia, las canciones de nuestra Santa Teresita.

El concierto resultó ser más para el disfrute de padres. La gran mayoría de los temas fue coreada por todos los adultos. Por supuesto, las cortinas se abrieron con Vinagrito y en las grandes pantallas que escoltaban el escenario, el gatico de cartón miraba desde su ventana a las sardinas saltar en un cielo estrellado.

Liuba, como dijeron allí, es hija espiritual de Teresita y Teresita es, como sabemos todos, una santa, pero una santa viva, activa, peleadora, guerrera y pegada a la tierra. Desde hace algunos años es mi vecina, y, a veces, cada vez con menos frecuencia, nos encontramos en el ascensor del edificio. Siempre he creído que ese no es el mejor lugar para ella. Su casa nunca ha estado en las nubes. Su canto sale de la tierra, donde es amiga de las flores, de los animales y de sus preferidos gatos. Con el tabaco listo para echar humo y un poncho en cualquier estación del año, Teresita les canta a los niños del edificio. No importa cuán afinada esté, o si sufre gripe o catarro, ella se aprieta la garganta y sigue compartiendo. Quizá su persistencia y su paciencia le vengan de su oficio. Porque Tere siempre ha sido la maestra que canta. En la sala de su casa: un busto de Martí, la bandera cubana y unas ristras de ajo por cortinas. Le teme a los rayos porque un día, cuando niña, mientras cazaba mariposas la sorprendió un aguacero con relámpagos que encendieron el cielo y desde ese momento no hay temor mayor. Esto me lo contó en su estrecho apartamento durante una tarde cuando estaba a punto de estallar la lluvia.

Imagen: La Jiribilla

Todos quieren a Teresita, todos van preguntando por ella y ella siempre responde feliz, con la mano dispuesta a brindar. No pudo ir al concierto; sí su espíritu en sus canciones.

Quizá muchos de los que fuimos lo hicimos con la principal tarea de acompañar a nuestros hijos, pero más de una vez me sorprendí cantando junto a Liuba, haciendo voces y recordando viejos tiempos.

Para rematar, no bastó con la evocación a nuestra infancia gracias a las canciones de Teresita. De repente, en el escenario aparecieron el payaso Trompoloco, el títere Amigo y su compañera Estrellita. Cada uno fue mi compañía en las tardes al regreso de la escuela. A todos ellos los vi en blanco y negro.

El concierto no fue, en absoluto, para los niños que colmaban la sala. No. Fue, en puridad, un homenaje al niño que todavía vive en nosotros.

* Tomado del volumen inédito La quinta columna, una selección de crónicas aparecidas desde 2008 hasta el 2009 en www.unalestras.com

Publicado en La Ventana, portal informativo de Casa de las Américas

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