Una flor y nada más…

Enrique Pérez Díaz • La Habana, Cuba

Existen personas que no por muy vistas, conocemos realmente; hasta que un buen día, gracias a algún azar mágico y misterioso, se nos revelan en todas sus esencias. Eso me ocurrió hace casi 30 años con Teresita Fernández, a quien descubrí el día en que junto con la colega periodista Nora Sosa, fuimos a su casa de Clavel para hacerle una entrevista que nunca se publicó.

Imagen: La Jiribilla

Entre plantas silvestres, gatos que subidos a nuestras piernas nos arrebataban de las manos unos pasteles que ella nos había comprado, un rico e interminable anecdotario que por su extensión ya nos preocupaba por la inminente llegada del atardecer, perras que vagaban por el amplio patio como una imagen del desahucio absoluto y plantas de aguacate que ella misma había sembrado pensando en quienes los comerían mañana, Teresita nos fue deshilvanando recuerdos y una muy suya ética del vivir que, al momento, nos dejó algo aturdidos.

Era tanto y tan peculiar lo contado, que Nora y yo hicimos muchas versiones de la entrevista. Nunca nos poníamos de acuerdo en qué dejar o quitar. En aquella época algunas cosas sonaban “diferentes” y se escuchaban “peor”. Yo me inclinaba por una introducción poética y sincera que reflejara su vehemencia al hablar, esa prodigalidad de palabras propia de la maestra que siempre fue —y de hecho acabé haciendo una historia jamás publicada sobre una musa solitaria— y Nora prefería algo más periodístico pero vinculado al arte. En realidad, Teresita no nos hablaba de arte, sino del arte de vivir con honestidad y decencia, de ser auténtico y martiano, creer en lo que uno sueña y proyectarse hacia la sociedad como una persona solidaria, abierta y tolerante. Ella era así: amante de los basureros, del coralillo, de las palanganas viejas que pululaban en su jardín y de los gatos capaces de bañarse en un plato de leche.

Casi de noche, al llegar a la casa donde por entonces vivía con mi familia, me sentí mal. Triste. Aturdido. Inseguro e insatisfecho de mí. Aquella mujer cristiana que lo pregonaba a los cuatro vientos, con su gran tabaco en la boca, su ropa holgada y oscura y que decía tener solo tres o cuatro libros consigo: Las plantas medicinales, de Don Tomás Roig; la Biblia, alguno de José Martí y el que estuviera leyendo en ese momento, me desarmó con su altruismo y desapego absolutos, ajenos a cualquier afecto mundano o convencional. Al punto, sentí cuestionados muchos valores y miras que la vida me había hecho aprehender. La autenticidad y ese lirismo natural de Teresita desarmaban a cualquiera. El verla ser feliz en aquella especie de galpón medio abandonado, en medio de tantos animales recogidos de la calle y sin preocuparse más que por cantar y disfrutar de su albedrío, representaron para mí una libertad envidiable y hasta un cuestionamiento de la supuesta vida perfecta que llevaba entonces. La suya era una libertad que nace de la renuncia a lo que otros nos inculcan y el abrazarnos al mismo guijarro que la Loynaz, el guijarro que, no por duro, deja de ser nuestro.

Desde entonces, y luego, al verla actuar en la Peña de los Juglares del Parque Lenin junto al poeta y narrador oral Francisco Garzón Céspedes, fui hechizado por aquella Teresita, cuyas canciones había escuchado siendo niño, pero que también tenía un poderoso repertorio lírico en sus piezas para adultos, según constaté tiempo después.

Imagen: La Jiribilla

Muchas oportunidades tuve luego de verla, no solo desde el periodismo o en actividades de la Sección de Literatura Infantil de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC) que la homenajeó más de una vez. Incansable, original, desinteresada, austera y vertical en sus ideas, Teresita iba lo mismo a hospitales, que a barrios problemáticos o a hogares de niños sin amparo filial. Siempre ella y su guitarra, ella y su sonrisa. Su enorme tabaco. Sus grandes espejuelos de vigorosa armadura. Algún gato arrabalero enredándosele en el vestido o en el corazón y, a flor de labios, una canción nacida de los versos de la Mistral o de Martí.

Debo contar que en otra ocasión volví a visitarla en su ya destartalada casa con la investigadora argentina María Teresa Corral, quien se encargaba de recopilar versiones de las canciones infantiles del repertorio tradicional latinoamericano, y al escucharla aseguró que Tere era una de las más grandes voces del continente.

Ahora recuerdo que hace un par de años desde la Editorial Gente Nueva la homenajeamos con la edición de Amiguitos vamos todos a cantar, el exitoso libro de Alicia Elizundia que la retrata mientras da fe del origen de sus canciones y cuyos derechos luego fueron donados al Ministerio de Educación (MINED) para ser material de lectura en todas las bibliotecas escolares del país. En ese momento, los gestores del Pabellón Infantil de la Feria le entregamos a Teresita la Distinción a la Humildad Dora Alonso, encarnada en un enorme cisne de origami repleto de caramelos… este premio se confiere en franca alusión a la célebre carta de Dora al patico feo… Aunque ya estaba algo enferma, inesperada como siempre, Teresita, que ya acusaba el paso de los años y quizá de cierta tristeza nunca confesada o una franca añoranza de su pasado entre trovadores y poetas, nos hizo volvernos a la Cabaña con el enorme cisne al decirnos algo así como: “Esto debe ser para los niños que me siguen, ¿qué hace una vieja como yo comiendo caramelos?” Al momento, la Sala Nicolás Guillén se hizo una auténtica fiesta cuando, repletos los bolsillos también de amor, mientras el cisne se iba volando para una escuela de Alamar donde aún debe tener su nido, en las voces de muchos niños se elevó un coro enorme donde sobresalía la grabación de la Tere cantando su más conocida ronda de la Mistral, esa misma que siempre viajará en el recuerdo de tantos cubanos:

Dame la mano y danzaremos / dame la mano y me amarás / como una sola flor seremos/ como una flor y nada más…

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