Nuestra infancia llora

Alexis Díaz Pimienta • La Habana, Cuba

Hoy, Cuba entera llora. Nuestra infancia llora. Se nos fue Teresita Fernández, esa grande a lo Vallejo, una mujer grande, grande y otra vez grande, esa poeta de todos, con la que crecimos y reímos y lloramos y cantamos varias generaciones. Una maestra en la más amplia acepción de la palabra. Tan jovial, tan sincera, tan única. Cuántas canciones, eternas ya, legó a todos nosotros. Yo la admiraba hasta la devoción, y tuve la dicha de que termináramos siendo amigos, vecinos, compañeros de mesa y de escenario alguna vez. Recuerdo cuando la llevé de invitada especial al Primer Seminario de Niños Improvisadores. Recuerdo la cara, absolutamente poética, de los niños cuando vieron entrar a aquella amazona guajira, con una guitarra, un poncho (en La Habana) y, sobre todo, un puro enorme, un tabaco enorme, entre los labios. Y aquella señora del poncho, el puro y la guitarra, les hablaba de Martí como si Martí fuera su compañero de mesa en un juego de dominó eterno. Y fumaba, y reía, y hacía chistes, y cantaba, sobre todo cantaba, canciones con las que habían crecido los padres de ellos, y yo, y muchos otros, canciones que ellos conocían por otras voces, pero que eran obras maestras salidas de la sensibilidad enorme de esta mujer enorme. “A las cosas que son feas / ponles un poco de amor”, cantaba ella, “y verás que la tristeza / va cambiando de color”, remataba; “alita de cucaracha / llevada hasta el hormiguero”, cantaba ella, “así quiero que en mi muerte / me lleven al cementerio”, remataba. Y llegó el día, no por esperado, menos triste.Y hoy miles, millones de alitas de cucarachas, de palanganas viejas, de cosas “feas”, llevan en andas, hasta su último lecho a esta mujer tan linda, tan necesaria, tan eterna.

Imagen: La Jiribilla

La recuerdo ahora en la sala de mi casa, en Infanta y Manglar, tomando café conmigo y con Natalia, y emocionada cuando supo que Natalia era de Almería. “iOh, Almería!”, con los ojos vidriosos: “Cuando yo era niña, en mi casa se comían uvas de Almería”. Y yo asombrado, y Natalia asombrada. “Uvas de mesa”, recalcaba, “que venían de Ohanes, Almería”, y no dábamos crédito. Nuestra amistad, aún sin saberlo, había comenzado en unas uvas que esta mujer eterna comía en su vieja casa de Villa Clara cuando Natalia y yo no habíamos nacido, no pensábamos conocernos, ni casarnos, ni vivir en La Habana, y mucho menos ser vecinos de ella. Y le prometimos, entonces, llevarle otra vez un ramillete de uvas de Almería, de uvas de Ohanes, para que recordara el sabor de su infancia, ella que tanto había contribuido a que no perdiéramos el sabor de la infancia los otros. Pero nunca lo hicimos. Una y otra vez viajamos de La Habana a Almería, de Almería a La Habana, y una y otra vez olvidamos las uvas de Almería, esas “uvas de mesa”, como recalcaba ella. Y ya nunca podremos. Ya no. Se quedaron las uvas de Almería en la memoria de su paladar, en su sonrisa ahumada detrás del gran tabaco, en la tacita de café caliente y fuerte que compartía con nosotros algunas mañanas. Así la recordamos. Simpática, locuaz, inteligente. La maestra convertida en cantante convertida en maestra. La eterna Teresita que hizo que todos los gatos de la Isla tuvieran cascabel, que hablaba con Tintín viendo caer la lluvia, que sembraba flores para todos en palanganas viejas. Adiós desde Almería, Teresita de siempre. Adiós desde La Habana, amiga y maestra. Adiós desde la infancia compartida. Hoy, todos somos hormiguitas llevando al hormiguero nuestra propia nada, nuestros eternos y efímeros víveres: migajitas de tiempo, esa herencia que nos dejó otro grande (Eliseo Diego). Hoy todos, todos, todos, te lloramos con música, y el llanto “es una niña de cristal / para que juegues tú con ella, para que juegues tú...” La Eterna.

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