Crónica a Teresita...

A la maestra que canta y que nunca dejará de cantar

Alicia Elizundia • Ecuador

Esta mañana, desde la distancia casualmente —o quizá no tan casual—, vinieron a mi mente unas palabras de Teresita Fernández: “Después de recorrer parte del mundo, de conocer mucha gente, de ver tantos paisajes y ciudades, el lugar donde más feliz soy es cuando me siento en mi sillón, y cuando estoy en mi corazón”. Momentos más tarde sonó el teléfono. La noticia de su muerte me dejó sin aliento en la fría mañana de Quito.

Hace justamente 20 años comencé a entrar en la vida de Teresita Fernández. Fue en 1993 cuando, gracias al mejunjero mayor Ramón Silverio, la trovadora decidió retornar a Santa Clara, su tierra natal —lugar donde no se presentaba desde hacía más de dos décadas porque cuando se marchó de la ciudad, lo hizo con la idea de nunca más volver.

Entonces, me concedió una larga entrevista. Poco después le pedí permiso para escribir un libro sobre su vida. Con la irreverencia que le caracterizaba, me dijo: “¿A quién crees que le pueda interesar un libro sobre mi vida?” Traté de persuadirla y así comenzó un largo ciclo de conversaciones allá en su precaria casa de la Calle Clavel, donde la trovadora vivía rodeada de perros y gatos detrás del coralillo al que tanto le cantó. En aquel lugar mágico y con su espíritu, coleccionaba los objetos que tenían un significado sentimental para ella. Mientras dialogábamos largas horas, la autora de “Vinagrito”, sentada en su sillón, fumaba un tabaco y cargaba a Teresita, su perra preferida. Después, pude acompañarla a varios recorridos como el que hiciera durante una semana por el Escambray.  De esa manera, nació Yo soy una maestra que canta.

Imagen: La Jiribilla

Muchas veces, durante estos últimos años, fui a su encuentro —ahora a su casa de Infanta y Manglar—. Siempre iba con la idea de encontrarla en su sillón, pero al Tati o Mama abrirme la puerta, quienes cuidaron de ella como una niña hasta el día de hoy, me encontraba el sillón vacío, rodeado de sus viejos objetos, de su guitarra, de los gajos secos de su coralillo, y de los muchos títulos que mereció por haberle cantado a más de cuatro generaciones de cubanos.

Al pie de su cama conversábamos durante horas. Con la misma sencillez que vivió su vida pasó sus últimos años. En la pared del frente, sobre una pequeña repisa: la imagen de Jesús y la de Teresa de Ávila. Solo eso. Desde su cama contemplaba el pedazo de cielo que veía a través de la ventana. “¿Viste quién vino a visitarme?”, me dijo apuntando hacia mi espalda. “Panchi”. Se refería a un pajarito que solía ir allí, hasta el piso 12 del edificio donde vivía, y para el cual mandaba a ponerle arroz. Siempre la naturaleza. Siempre. La misma naturaleza a la que tanto le cantó.

Han pasado unas horas desde que supe la noticia. Pienso en las últimas palabras de su testimonio. En la sencillez con que deseaba fuera su despedida…

Pienso, y no quiero dejar de pensar, en la maestra que canta y seguirá cantando, mientras haya atardeceres que contemplar, hojas secas, un cocuyo…, y un niño que recoja un gatico, aunque no le ponga Vinagrito.

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