La esquina de los encuentros

Aquella noche la rana Casilda tuvo una discusión con su marido en la casita de paja donde vivían, porque ella se negaba a cocinar. Casilda quería salir para escuchar los cuentos que cada noche hacían los payasos, los andarines y el Pipisigallo, en la antigua quinta de Cantel.

—Mira, Rufino —porfiaba Casilda, poniéndose sus argollas de oro y bien envuelta en su chal—: ya es hora de que las mujeres se liberen. Soy progresista y reclamo mis derechos. Hoy no cocinaré.

—Pero, Casilda... —trataba de decir el sapo.

—¡Me voy! Caliéntate la raspa que está en el caldero.

Y diciendo y haciendo, Casilda llegó al borde del alero, se orientó, deslizándose como una sombrita hasta el postigo de la sala donde transcurría la tertulia, y se quedó escuchando con mucha atención.

Se hablaba de las aventuras en Pueblo Dormido con la visita a la Torre de los Sueños y la Tienda Distinta, y la rana pudo ver a Perroazul muy dispuesto delante de un montón de sobres vacíos, fanfarroneando que era un supersato, pues ya no temía a nada. Toda esa peripecia hizo que Casilda se olvidara de la hora, y al regresar a la casa bastante tarde, el sapo no quiso abrir la puerta. En vista de esto. Casilda se refugió en el coche, donde quedó profundamente dormida.

¡Quiribín, quiribín. quiribín! ...

—¡Ay, mi madre, creo que me han raptado! —se lamentaba la rana al despertar con el traqueteo.

Era de día. Dos-tres cantaba a toda voz, Tres-cuatro lo acompañaba con una armónica, y el cochero, la niña y el Pipisigallo coreaban. Azulín y Uno-dos los despedían desde el portal con sus delantales y sus gorros de cocinero.

—Menos mal que voy en buena compañía —se animaba Casilda, y trepó calladita hasta situarse debajo del pescante, donde se puso a contemplar el mundo, que le pareció grandísimo.

Llegaban por tercera vez a Pueblo Dormido. En la primera esquina abandonaron el coche y empezaron a caminar. El de las botas vaqueras iba delante metiéndose más y más en el caracol y mirando cada esquina con mucha atención, hasta dar con una que tenía escrito un signo mágico que sólo él conocía. Sonrió satisfecho, pavoneándose y ajustándose el cinto y el pañuelo.

—Hemos llegado, compañeros. Este secreto viene desde el Pipisigallo Primero, y voy a compartirlo con ustedes. La Esquina de los Encuentros es esta misma donde estamos situados, y como todo duerme, no podrán venir a molestar.

—Muy bien —asintieron los del grupo—; estamos de acuerdo, pero díganos lo que va a ocurrir en esta esquina.

El monigote les explicó con lujo de detalles que se trataba de la única esquina por donde cruzan los personajes de los cuentos. Eso sucedía una vez cada veinte años, a las diez de la mañana, y precisamente era el día y el sitio señalados para verlos pasar.

Como iban a dar las diez, se juntaron muy emocionados, esperando.

¡Din, din, din, din, din, din., din, din, din, din!

El reloj de la Torre de los Sueños cantó las diez. Con la última campanada se alzó una ligera brisa que puso a piar las persianas de plumas, y casi enseguida empezó el desfile que nunca iban a poder olvidar, ni siquiera cuando se hicieran viejos, viejos, viejos, porque hay cosas inolvidables.

La primera en aparecer fue Caperucita. Venía apurada, con la cestica al brazo repleta de golosinas. Caperucita silbaba alegremente y les sonrió al pasar. Luego llamó al lobo, que acudió a la carrera y agarró la cestica con los dientes para ayudarla, porque el lobo se había vuelto bueno.

—¡Qué graciosa es! —suspiró el satico—. ¡Y qué lobo más feo: se comerá todos los dulces sin darme uno!

—¡Cállate, tragón! —regañó Azulosa.

—¡Ahí viene Blancanieves!

Era una niña rubia, de ojos negros y largas trenzas. Caminaba muy despacio atendiendo a los enanitos, que no podían con el peso de los años y se detenían cada pocos pasos, apoyándose en sus bastones de caramelo.

Detrás de Blancanieves venía un muchacho trigueño y alegre, de dientes relumbrantes. Su piel tostada resaltaba con el claro faldón y los anchos pantalones. Calzaba babuchas y traía en la mano una lámpara de cobre.

—¡Aladino! —gritó Dos-tres, saliendo a su encuentro y regalándole una flor de maravilla.

Aladino le dio las gracias y enseguida frotó la lámpara. Al aparecer el Genio, le ordenó un saquito de nueces, que en el acto entregó al payaso. Luego echó a correr para ayudar a Blancanieves a levantar un enanito que se había caído.

Pasaba el Gato con Botas con los Tres Osos. El Pato Pascual hacía todo lo posible por darles alcance, y como no lo conseguía protestaba y refunfuñaba.

Sobre un caracol llegaba Almendrita. Una sombrilla china, casi invisible, la protegía del sol.

Pinocho marchaba con Pelusín del Monte; los dos llevaban pañoletas de pionero; y casi enseguida apareció también una antigua conocida

de los niños cubanos, toda empolvada.

—Cucarachona, ¿te quieres casar conmigo? —propuso el perro.

—¿Cómo tú haces?

—¿Yo? ¡Jau, jau, jau!

—¡Ay, no, que me asustas! Prefiero a mi Ratoncito Pérez.

¡Cuántos y cuántos conocidos desfilaron!

Vieron a la Bella Durmiente, a Gulliver, al Mago de Oz.

El Caballito Enano pasó al trote, y se veía lindísimo.

Parecía a punto de terminar el desfile cuando llegó una banda de músicos que soplaban sus instrumentos y llevaban uniformes de mucho brillo. Detrás de los músicos rodaba una carroza tirada por tres parejas de caballos; parecían de espuma y batían las rizadas crines y las largas colas. ¡Tras-tras, tras-tras! Sonaban los cascos en el pavimento de Pueblo Dormido.

Sobre el carruaje venía un príncipe con sombrero emplumado y espadín de oro al cinto. A su lado, ataviada como para un baile, una jovencita saludaba y abría mucho los ojos para verlo todo.

Cenicienta, que tuvo fe en el hada, los ratones y la calabaza; la que soñaba con lo que siempre sueñan las niñas, la más humilde y trabajadora de todas las personas que cruzaron por la Esquina de los Encuentros, les tiró un beso desde su carroza, dejando de recuerdo un zapatico de cristal.
 

Tomado de El cochero azul, Instituto Cubano del Libro, Editorial de Ediciones Especiales, La Habana, 2002.

Dora Alonso: Narradora, dramaturga, poeta y periodista. Una de las más importantes escritoras para niños de la literatura cubana. Nació en Máximo Gómez, pueblo de Matanzas, al occidente de Cuba, en 1910. A los veinte años publicó sus primeros escritos en el periódico Prensa Libre de la ciudad de Cárdenas, en su provincia natal. En 1940 Dora Alonso se trasladó para La Habana, y allí colaboró con diferentes publicaciones y realizó también múltiples labores, entre ellas la de la artesanía. En 1946 fue merecedora del premio periodístico “Enrique José Varona”, y en 1947 obtuvo el premio del concurso de cuentos Alfonso Hernández Catá, y el premio "Luis de Soto", de teatro, con la obra La hora de estar ciegos. En 1947 comenzó a elaborar guiones para la radio, donde desempeñó una labor importante como escritora. Su primera obra para este medio fue Entre monte y cielo. El año 1956 marcó el inicio de la producción literaria de Dora Alonso para el público infantil, cuando escribió la obra teatral Pelusín y los pájaros, a solicitud de los teatristas Carucha y Pepe Camejo y Pepe Carril. En 1959 Dora Alonso obtuvo el Premio Nacional de Teatro del Ministerio de Educación, con la comedia para adultos La casa de los sueños. Su novela Tierra inerme recibió en 1961 el Premio Casa de las Américas. En 1975 aparece El cochero azul, con una primera edición de 200 mil ejemplares. Con su novela El valle de la Pájara Pinta obtuvo en 1980 el Premio Casa de las Américas en la categoría de obras para niños y jóvenes. En 1988 se le confiere el Premio Nacional de Literatura de Cuba.

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