Teresita, entre columnas…

Luis Luque Álvarez • España

No sé por qué, tal vez por cierta tendencia infantil a hacer asociaciones, el niño que fui confundía físicamente a Teresita Fernández con Mercedes Sosa. En mi inmadura memoria, las dos figuras se volvían una, y lo que no entendía era por qué a veces sus voces me hacían pegar brincos como el conejo majadero que se olvidaba del llavero, y otras me ponían triste, porque hablaban de gente que luchaba y caía y moría, con toda su pobre inocencia.

Pero poco a poco la primera se fue perfilando más y mejor. En nuestro primer o segundo libro de lecturas, en el que todavía leíamos a trazos y tartamudeando, estaba aquel poema que nos invitaba a darnos la mano y danzar. Había que hacer una ronda, y como a menudo las hacíamos en el recreo o en la educación física, pues entonces imaginaba la invitación de Teresita. Nunca fue fácil, al mismo tiempo, danzar y permanecer cogido de la mano en una rueda; a lo sumo, lo que se podía hacer era corretear, pero le perdonaba a la autora la licencia poética porque, en todo caso, era la ocasión para, sin que se diera cuenta de mis intenciones, tocar los dedos de la muchachita aquella, la que me tenía enamorado perdido, mientras ella suspiraba por un muchacho de secundaria, "¡un pesado ahí...!".

También, a la hora de las metáforas y los apodos, había un personaje con el que alguno me comparó: Vinagrito. Era feo, flaquito, y le gustaba la leche, y como en cierta medida yo copaba los requisitos, el nombre me vino como traje cortado por sastre. Por fortuna no duró, aunque cedió el turno a otros apodos, pues donde hay tres o cuatro chiquillos jugando a las bolas, el apodo surge espontáneo, de ¡zaz!, aunque este había que debérselo, como un "daño colateral", a la buena de Teresita.

El lunes nos despertamos con la noticia de que ella, la "culpable" del nombrete felino, ya no estaba. Se había ido, como se va volando, inconsistente, una alita de cucaracha. El corazón se detiene, sencillamente, y su ya mortal pereza basta para que todos, los niños de hoy y los que ya somos unos sangandongos, corramos la voz. Los que están en Cuba lo comentan en la calle, encogiéndose de hombros y filosofando sobre la fragilidad de la vida, con aristotélica profundidad caribeña —"no somos nada, mi hermano"—; los que estamos en el exterior, lo mismo en las entrañas del monstruo que cazando canguros en las afueras de Melbourne, colgamos una lágrima en las redes sociales.

Todos, absolutamente todos, al conocer la mala nueva, hemos experimentado un tirón amable hacia nuestra infancia, hacia aquellos muñecos "de palo" que aparecían en la TV acompañando alguna de sus canciones, en esa pantalla en blanco y negro que el único tono que le permitía a Caperucita era el gris. Todos hemos vuelto a escuchar, en la memoria, la voz de la juglar. Algunos, para darle el gusto al oído, han desempolvado un disco; otros han tecleado su nombre en Youtube, para volver a verla rasgando las cuerdas, rodeada de niños, y de padres que también un día, cuando no levantaban una cuarta del suelo, le hicieron la ronda.

¡Pero es que sigue ahí! Es la dulce condena que acompaña a los buenos poetas y a los músicos de valía: que su creación les ancla en este mundo. Que no podrían marcharse, aun si lo quisieran. De los tontos, de los que hacen mediocre melodía y letra al gusto del bolsillo, no suele quedar poso. Pero de los que han cantado a la virtud, de quienes disfrutan, en el sereno ocaso de su existencia, del recuerdo de haber obrado bien, quedan columnas.

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