Teresita Fernández o cómo cambiar el color de la tristeza

Joel del Río • La Habana, Cuba
Foto: R. A. Hdez

 

Tuve un amigo que se deprimía profundamente, desde niño, con las canciones de Teresita Fernández. Cuando creció, mi amigo, y pudo entender el origen de su congoja, me explicaba que le resultaba imposible sentir alegría con la balada de un gato abandonado, hambriento, vagabundo y además, medio inválido, y tampoco le parecían nada sublime las paticas de cucaracha llevadas al hormiguero, ni lo llenaba de alborozo el chinchín de la llovizna gris, y le incomodaba el entusiasmo casi obligatorio que anunciaba aquel dame la mano y cantaremos…

Sin conocerla, sin haber hablado con ella ni una sola vez, mi amigo aseguraba que Teresita tenía que ser una mujer solitaria y triste, que había encontrado el recurso de sus canciones para tratar de llenar vacíos inconmesurables. Aunque a mí me parecía bendita aquella tristeza capaz de comunicar tanta alegría y bondad y me maravillaba cómo aquella mujer, quizás en el fondo triste, podía lucir siempre un aura reluciente y perfumada, nunca discutí con mi amigo su especulativa opinión sobre la intimidad de la artista y sus impulsos creativos. Creía que mis argumentos iban a carecer de peso, porque yo tampoco la conocía personalmente, y además, para qué discutir de colores con un ciego, o de afinación con un sordo, porque no hay nadie más ahogado que quien se siente a gusto en el fondo del pozo.

Una vez, a finales de los años ochenta, alguien quiso darme la alegría de llevarme a casa de Teresita, que me parece recordar estaba cerca de la calle Ayestarán, en una vecindad extremadamente humilde. Allí nos recibió, tabaco en boca, rodeada de los muchos gatos y perros que los vecinos depositaban en su patio cuando no podían cuidarlos. Estuvimos conversando, qué sé yo cuánto tiempo, como tres horas, del nombre que estaba barajando para la cachorra recién llegada (de acuerdo con el temperamento y la actitud de la satísima perra), de trovadores acomodados que encontraron una silla en el camino, de algún funcionario comemierda, de canciones nuevas que la entusiasmaban ahora y de las viejísimas que le gustaban menos, de las diferencias entre lo que ella y algunos estamentos institucionales consideraban cultura y arte… Porque en aquella época, la cantautora todavía era tratada por alguna gente poderosa como la señora medio rara, de los espejuelones y la ropa negra, que canta canciones de niños y habla sin parar en sus presentaciones. Y no todos la veían con los mismos ojos iluminados de Bola de Nieve cuando le decía a ella que no necesitaba ningún otro adorno que sus canciones.

En aquella larga e informal tertulia, Teresita parecía animada por un entusiasmo perenne, y muy pocos gestos permitían entrever a una persona apesadumbrada por la soledad. Tal vez sonaran melancólicos algunos recodos de aquella voz retumbante, de maestra primaria, pero la artista y buena samaritana que Teresita era, a tiempo completo, conocía a la perfección el modo de envolver a sus interlocutores, o a su público, en un efluvio de franqueza y calidez, mientras comunicaba la impresión de que se estaba entregando toda, sensible y peleonera, optimista e inconforme, siempre que conversaba y cantaba, o conversaba cantando, o cantaba mientras conversaba.

Imagen: La Jiribilla

Teresita parecía convencida —y no solo porque me lo dejara entrever aquel día, sino a partir del testimonio precioso que encierran las muchas canciones suyas que conocí luego— de que toda gran alegría dependía de tres casi inconquistables certezas: la posibilidad de encantarse con la sencillez y la naturalidad, la imperativa satisfacción de comunicarle a todos el privilegio infinito de hacer el bien, y la convicción de que una canción, un gesto de ternura y esperanza pueden hacer un milagro, el milagro de transformar en júbilo y belleza lo mucho de oscuridad que hay en el mundo.

Alguna vez, en una de sus canciones menos conocidas, Teresita hablaba de que el amor podía cubrirnos de espinas, y los ojos empañarse, y lo falso del mundo engañarnos, y uno, cansado y sin luz, perseguir el llanto… pero en sus tertulias, conciertos, discos y canciones Teresita jamás comulgó con el desánimo, porque se las arreglaba para encontrar un resquicio de fe y la confiaza en que todo puede ser mejorado, imantado por la buena voluntad.

Qué importan entonces las supuestas o reales tristezas y soledades que le atribuía mi amigo a Teresita Fernández si ella supo alimentarnos la ilusión de imprescindible contentura, y le permitió a muchos, muchos, muchos cubanos la satisfacción de recordar, y de cantar a coro, la balada genial de un gato desvalido que encuentra el modo de subirse al tejado y mirar la luna salir, metida en su mar de añil. Y además, todos sabemos, menos mi pobre amigo, que no puede haber soledad, mucho menos dondequiera que esté Teresita, con su voz de conversadora insaciable, maestra cariñosa, cantante rara, conocedora de la sencilla infusión para cambiarle el color a la tristeza.

Publicado en Progreso Semanal/ Weekly 

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