Teresita, Joaquinito, Yanisbel y yo

Rubén Darío Salazar • La Habana, Cuba

Ha muerto Teresita Fernández y la música cubana está de luto, los niños y los adultos de la Isla también. Seguro que para Vinagrito la luna ya no será un queso metido en un mar de añil, sino una inmensa foto de su amiga villareña; una imagen final donde se ve a la eterna trovadora rodeada de cocuyos, grillos, lagartijas, lombrices de tierra, peces, ballenas, manatíes, jicoteas, zunzunes, lechuzas, jutías, perros y un osito azul. Pocos conocen a este último animalito que dormía en la cajita oscura de su guitarra.

Una tarde de 1998, fuimos a su antigua casa de la Calle Clavel, mi amiga Yanisbel Martínez y yo. Íbamos a convencerla para que nos acompañara en un espectáculo que haríamos con sus canciones en el Teatro Sauto, de Matanzas. Cantar con Teresita Fernández sería el título, un homenaje del Teatro de Las Estaciones a quien tanto nos había hecho soñar. Lo que encontramos fue una mujer tristísima, acompañada de sus perros, plantas, un busto de José Martí, una pintura de Cristo y su instrumento de cuerdas preferido. Pensamos que era un mal día para visitarla. Un ser humano afligido es como un rastro de humedad, que se extingue con solo un golpe de viento. Nos habló de su vida, su soledad, de amigos idos y presentes, de su vecina cual hermana, de la fe en los hombres y las mujeres, de lo sanador que puede ser la sonrisa de un niño. Nos brindó leche porque éramos unos muchachos y a nuestra edad no se debía beber; pero ella se sirvió un trago fuerte, sin hielo ni adorno alguno. Argumentó que iba a beber porque no podía más con tanta melancolía. Entonces, abrió el estuche de su guitarra y cayó de adentro un muñequito de peluche, como dice ella misma en su canción “…un pañuelito de olor, un pañuelito color de cielo, color de mar, color de ocaso en tus ojitos de querer o de soñar”.

Imagen: La Jiribilla

El oso fue directo de sus manos a las de mi amiga Yanisbel, que no quiso de ninguna manera aceptar aquel presente. Teresita le explicó que había sido un regalo de una niña tan linda y dulce como ella, que lo tomara sin reparos, pues era la única forma de que le volvieran a obsequiar otra mascota como Joaquinito “el osito azul, que quizá no está dormido, solo escondido, el muy travieso, esperando a que le cante su canción”. Y comenzó a cantar, exclusivamente para nosotros, la compositora de temas infantiles más amada en nuestra patria.

“Por eso quiero decirte quien es.
Como se llama.
Qué hace por mí…”

Se fue haciendo de noche entre tonadas y anécdotas que sus canes satos, al igual que nosotros, escuchaban atentamente. Las violetas de la vieja palangana del patio comenzaron a perfumar. Teresita nos habló de los hermosos temas para los infantes compuestos por Ada Elba Pérez y Liuba María Hevia, de que la vida valía más que el montón de medallas que acumulaba en una caja. Llegaron más canciones, todas para adultos, letras que jamás habíamos oído. La trovadora cantaba con la voz transida y el pecho palpitante. Comenzó a llover con fuerza, el agua entraba por todas partes, pero la musa traviesa no dejó nunca de cantar. Sobre la única cama de aquella casa mínima, humilde, terminamos todos, como si de una alfombra mágica se tratara.

Llegó la despedida. Hacía un poco de frío. Teresita ya nos estaba tan triste; pero nosotros sí, no queríamos abandonarla. Le prestó a Yanisbel uno de sus ponchos tejidos para que se protegiera del fresco intenso de la noche; esta vez mi amiga no se negó, entendió que era imposible renunciar a un obsequio de ella. El poncho estaba lleno de quemaduras de quien fuma su tabaco con el mismo ardor de quien canta desde lo más hondo de su corazón. Le dio un último beso a Joaquinito y nos dijo que hacíamos una pareja muy bonita, con brillo infinito en los ojos. Le pedimos que cantara otra vez la canción del osito.

“Si estoy tan triste y tengo ganas de llorar, 
le doy un beso, luego lo siento en mi corazón,
y entonces canta Joaquinito por mí su más linda canción,
su más bonita canción”.

Descanse en paz, trovadora de Cuba y el mundo, nómada y libre.

Publicado en el blog Cuatro Gatos

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