Ha muerto el último juglar cubano

Arístides Vega Chapú • Villa Clara, Cuba

Ha muerto Teresita Fernández y con ella una manera particular de testificar ese raro mundo en que se mantuvo viviendo hasta el final en que los pájaros, los perros y gatos, los animales todos, los niños y los ancianos, las personas felices y reencontradas consigo mismas, eran sus únicos habitantes. Supo del dolor y de la alegría, de la felicidad y la infelicidad más extrema. Teresita vivió con una intensidad interior que nada ni nadie se le puede igualar. Rodeada de animales y afectos simples, prefirió una vida lo más cercana al espíritu de San Juan de la Cruz. Muy de espaldas a lo que se suponía de una diva de su altura.

Imagen: La Jiribilla

Nunca supo el valor de lo material porque prescindió de muchas de las cosas a las que se les rinde culto. Le bastó sostenerse solo de la sabiduría que extraía de las cosas más sencillas y del aprendizaje derivado de su juntamenta con todos, sin capacidad para discriminar por ningún motivo ni circunstancia.

Prefiero, de las muchas anécdotas que tuve el privilegio de ser testigo, contar la que demostró que no era pose alguna su estilo de vida. La acompañé a un banco a cobrar un cheque por el importe de su participación en la Feria del Libro en Santa Clara. Preguntó el último en la cola y se dispuso a esperar su turno. Pero los trabajadores del banco, casi todos jóvenes crecidos con su música, la llevaron hasta un estanquillo. A la salida fue repartiendo a cuanto anciano o niño encontró en su camino o persona que se le acercó a saludarla, todo el importe que había recibido por sus actuaciones. Lo hizo sin pose alguna, con la discreción más absoluta y sin más comentario que el que me dijo cuando llegamos al Café Literario a tomarnos un café, que evidentemente yo debía pagar pues ya nada le quedaba: “Hace años no necesito de nada”, me aseguró feliz, con una sonrisa casi infantil, que aún hoy puedo divisar solo de entornar mis ojos.

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