Teresita Fernández entre nosotros...

Con los ojos de la esperanza

Julio M. Llanes • Sancti Spiritus, Cuba

El escándalo de los escándalos. Así calificó el famoso escritor Julio Cortázar a la muerte. En eso pienso cuando escucho la noticia que entristece a Cuba, a los niños de varias generaciones y a la canción latinoamericana; los medios, erróneamente, dicen que ha muerto la reina de la canción infantil cubana, sencillamente, porque ya no tendremos más, en vivo, esa pasión musical y humana llamada Teresita Fernández.

Desde que yo era un niño, allá por los años 60, disfrutaba sus canciones en la televisión, la radio y en los actos públicos. Creo que difícilmente exista un niño cubano de las últimas seis décadas que no haya tarareado una de sus melodías. Bastarían solo dos de ellas para rememorarla como un ciclón emocional de nuestra infancia: “A las cosas que son feas ponles un poco de amor”, eso nos enseñó. “Y verás que la tristeza va cambiando de color”, para que aprendiéramos por siempre a conjurar la congoja, a mirar la vida con los ojos de la esperanza. El gatico Vinagrito, maúlla todavía en nuestros tejados, aunque no pueda subir. Hay otros que prefieren recordarla por la musicalización del Ismaelillo, de José Martí y, sobre todo, porque no se cansó de pedirnos “dame la mano y danzaremos” para que conociéramos las rondas que la poeta Gabriela Mistral nos legó.

Imagen: La Jiribilla

Cuando visité Chile por primera vez, en 1998, tuve como anfitriones del Instituto Chileno de Cultura a Magalys y su hermana, fundadoras ambas de dicha entidad. Resulta que, casualmente, días antes habían recibido a Teresita Fernández, también en su primer viaje a ese país. Gratamente impresionadas, ellas me contaron sus anécdotas y a mí me parecía estarla viendo, con su poncho, su guitarra y el tabaco que gustaba fumar hasta que los dedos casi tocaban la ceniza. En mi recorrido, mientras atravesaba el Norte, luego el inmenso bosque chileno, en un aula de la escuela de Antofagasta en la que Gabriela Mistral impartió clases y hasta en su natal Vicuña, en el valle del Elqui, pregunté a los niños por las rondas; pero la mayoría no conocía los versos que yo me sabía de memoria. Siempre se emocionaban al descubrir que a miles de kilómetros, en la memoria afectiva de generaciones de cubanos, vivían esas rondas convertidas en las canciones inolvidables de Teresita.

“Estaba en un cartucho cuando yo lo recogí”

Vinagrito fue un gato muy querido de Teresita, lo recogió en algún lugar de Santa Clara, lo bañó, lo curó, lo defendió y lo convirtió en canción. Todos los niños cubanos tuvimos nuestro Vinagrito. Para ella, quizá tuviese un significado; pero, como toda poesía, para mí tenía otro: un día lo convertí en una maestra amargada, que en mi novela El día que me quieras, arañaba las paredes y maltrataba a los niños, mientras que ellos secretamente la llamaban Vinagrito.

“Tin tin… la lluvia cayó; ella juega conmigo y con ella yo”

Teresita era la sencillez personificada. Odiaba lo falso y se comportaba irreverente ante lo que no sentía auténtico. Tenía una profunda aversión por el dinero, por las maneras pomposas de vivir. A pesar de sus limitaciones económicas, muchas veces no cobraba sus actuaciones; sin embargo, siempre asistía a los numerosos lugares donde la llamaban. Fue una insistente defensora de la naturaleza: “Hay que detenerse a mirar la naturaleza, porque se ha perdido mucho tiempo en mirar vidrieras. La gente a veces se fija más en los zapatos, las ropas y otras cosas innecesarias, y se pierden los amaneceres, los atardeceres, la lluvia…” [1]

“En una palangana vieja, sembré violetas para ti…”

Vivía modestamente, refugiada en su casa de la calle Clavel, en el Cerro, que amenazaba con derrumbarse. Las autoridades le otorgaron un apartamento en Infanta y Manglar —el pueblo, con su peculiar gracejo, los denominó “Fama y aplausos”, porque en ellos vivían muchos artistas—. A su nueva morada se fue a vivir Teresita con sus objetos queridos: la palangana de violetas, el busto de Martí niño, el Cristo de sus oraciones. La imagen de la vieja palangana florecida me persiguió siempre. Un día la encontré descascarada, real, en el mismo patio de mi casa, donde mi madre también sembraba flores.

“Amiguitos, vamos todos a cantar…”

El gran Silvio Rodríguez, cuando aún era un desconocido, hizo una de sus primeras presentaciones en público, en una actividad en homenaje a Teresita Fernández. Por ello, nada tuvo de extraño que muchos años después, cuando se hizo el disco Vamos todos a cantar, el reconocimiento de trovadores de varias generaciones a Teresita se multiplicara, entre ellos un Silvio Rodríguez  ya famoso que invitaba a la nostalgia evocando obras de la singular compositora e intérprete.

Imagen: La Jiribilla

Fue maestra graduada, compositora, intérprete, esencialmente trovadora, le gustaba autodefinirse como una maestra que canta. Mereció el Premio Nacional de Música 2009, el de Cultura Comunitaria, el Machete de Máximo Gómez, la Distinción por la Cultura Nacional, la Distinción por la Educación Cubana, la Orden Félix Varela, el Premio Maestro de Juventudes, Los zapaticos de rosa y otros numerosos reconocimientos; sin embargo, personalmente, prefiero recordarla en el día en que me sentí feliz y orgulloso, porque como escritor me estaban entregando el Premio Los zapaticos de rosa, el más importante de la organización nacional de los niños cubanos y, realmente, yo no sabía si alegrarme más por ello, o porque también lo recibía Teresita Fernández. Allí, otra vez, de homenajeada se convirtió en intérprete. Tuvo que cantar y su voz cerró aquella velada en una ronda inmensa de alegría.

Un día, ya no recuerdo cuando, coincidimos en una actividad. Le enseñé mi libro del momento Sueños y cuentos de la niña mala. Fue la primera vez que la vi sonreír con una rara melancolía. Me interrogó sobre uno de los personajes. Yo estaba intrigado por su interés. De repente, me confesó que ese personaje real que en mi  libro era un niño, y que luego fue escritor, había sido el amor de su vida. Lo dijo con tanto sentimiento, que yo no pude ni quise preguntar nada más.

“Dame la mano y danzaremos, dame la mano y me amarás…”

Martí fue uno de sus dioses tutelares. Musicalizó magistralmente su poemario Ismaelillo. Gabriela Mistral, que también amaba profundamente a Martí, al punto de decir que “era una mina inacabada” y confesar  que el Apóstol de la independencia cubana era “su maestro más ostensible”, se convirtió también en una de sus guías, pues, además de maestra, como ella, había defendido al indio y a la mujer. Un día, leyó que la Mistral había escrito sobre sus rondas: “Nacieron las pobres con pies inválidos, buscando un músico que las echara a volar”. Y quiso ser ese músico. De un tirón musicalizó las 28 rondas “porque iba pasando las hojas y sintiendo la música” [2].

Para el centenario de Dora Alonso, en el año 2010, escribí La Princesa Doralina, un libro que resultó premiado en el concurso extraordinario para homenajear a la impar escritora. En la última página, cuando se esparcen las cenizas de Dora, como ella quería, sobre los árboles y la tierra del Valle de la Pájara Pinta, es decir, sobre Viñales, describí a varios escritores y artistas de la literatura para niños que ansiosos la esperábamos. Entre ellos, no olvidé a Teresita Fernández, quien en ese momento triste no se cansaba de cantar: “a las cosas que son feas ponles un poco de amor, y verás que la tristeza va a cambiando de color”.

Recuerdo, finalmente, el Encuentro de Crítica e Investigación de la Literatura Infantil de Sancti Spíritus, el número 20, cuando nos reunimos creadores de diferentes manifestaciones artísticas, literarias, y le otorgamos el Premio Especial Romance de la Niña Mala. Ya ella se encontraba enferma en su apartamento de Infanta y Manglar. Hasta allá fui personalmente a entregárselo en nombre de todos y, por última vez, la vi sonreír melancólicamente; la enfermedad le había nublado el horizonte y la angustia consumía su espíritu enérgico, obligado a la prisión de la cama.

Hace muchos años, leí un texto del gran cuentista cubano Onelio Jorge Cardoso, titulado “Francisca y la muerte”. En el mismo, la muerte con su guadaña, nunca pudo encontrar a una viejita llamada Francisca, a pesar de perseguirla afanosamente, porque esta se encontraba siempre trabajando. La muerte, ese escándalo de los escándalos, acaba de tocar en la puerta de Teresita Fernández; pero ella, burlona, la engañó. Tremenda decepción se llevará la parca, cuando descubra que solo tiene en su poder el pelo desgreñado y las arrugas del tiempo. Su desaparición física debe ser un incentivo al mejor conocimiento, al reencuentro de una obra que atesora más de quinientas canciones donde reinan la belleza, la sinceridad, y una ética imprescindible al ser humano.

Imagen: La Jiribilla

Teresita Fernández no es una compositora más, o solo una voz entrañable que nos deleita. Es un icono de nuestra identidad cultural. Además de ser un símbolo para los cubanos y la cantautora mayor de los niños de la Isla, es quien conforma, junto al mexicano Gabilondo Soler y la argentina María Elena Walsh, una especie de trípode sobre el que se asienta lo mejor de la canción para niños de América Latina.

El olvido es la única y verdadera muerte y Teresita está en nuestra memoria. Ella, como sus gatos queridos, tiene muchas vidas. Se quedó entre nosotros, circundando, con el amor y la ternura de sus canciones eternas.

 

[1] Elizundia, Alicia. Amiguitos vamos todos a cantar, Santa Clara, Cuba, Editorial Capiro, 2007
[2] OC.

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