Convergencia

He tenido mucha suerte

Ivette Vian Altarriba • La Habana, Cuba
“¿No es este el verdadero sentimiento romántico, no desear escapar de la vida,
sino impedir que la vida se nos escape?”
Thomas Wolfe
 

Eladio, de Bauta, es la estampa de la sencillez. Silencioso, pequeño, serio, humilde. En sus ojos quietos una tristeza remota me está diciendo que debe haber tenido una infancia sombría. Sin embargo, ahora que estoy delante de sus muñecos de papier maché, brillantes de color, primitivos y alegres; tan grandes que casi tapan la figura encogida de su autor, me da el pálpito de que –muy posiblemente- Eladio haya realizado el milagro de encontrar un camino que lo lleve a rehacer su infancia.

 “Soy un campesino jubilado. Usted pregunta por este caballo, la vaca, el lagarto… pues desde el año 79 pegué, ni sé por qué, a hacer estos trabajos. Eran tan bonitos que a mí me gustaban mucho y a la gente también. Entonces me gané un premio nacional y así me convertí de agricultor en artesano. Esas son las cosas de la vida, ¿usted comprende? Y he tenido mucha suerte porque le he cogido mucho cariño a estar fabricando estos animales de papel y luego pintarlos. Trabajo en una terracita, planto allí mi tallercito y me entretengo en eso. Y así he hecho exposiciones en el extranjero y me invitan a los concursos y a las ferias. Son cosas de la vida, ¿usted ve?”.

No me entran dudas cuando pienso que cada persona viene al mundo con una “gracia”, solo que debe descubrirla y luego saber cómo aprovecharla. Parece fácil, pero no, la mayoría parte sin realizarla.

Efectivamente, no son muchos los jubilados que tienen la “suerte” de Eladio. ¡Tantos están en la onda del recuento (claro, siempre hacia atrás): lo que dejaron de hacer, lo que no querían hacer pero hicieron, lo que pudieran haber sido o hecho si esto o lo otro! Por lo general cuentan con abundantes  justificaciones, poca autocrítica, suposiciones inútiles; algunos se arrepienten, otros al contrario, “volverían a hacer exactamente lo mismo”. Pero casi siempre estos resúmenes son tristones y pesimistas; terminan diciendo que han tenido “mala suerte”.

Casi todos se aburren (y aburren), que es lo peor que a uno le puede pasar. Sin embargo, algunos son capaces de asumir lo que tienen “en plata”, es decir, que se disponen a una valoración objetiva de lo que les puede servir para disfrutar “lo que me queda por vivir”. A veces es un patio de tierra, una máquina de coser; o es el gusto por la repostería, por dar clases o por bailar casino,  da igual —mi mamá decía “todo sirve” y cuando decía todo era Todo—;  si están a tiempo para descubrir y cogerle cariño a una ocupación, arte, negocio, entretenimiento o invento y que, además,  le pueda “gustar mucho”, entonces ¡es un jubilado salvado!

Hasta “cierta edad” uno ha vivido enganchado del exterior —centros laborales, cuidado de la familia, profesiones, etc. —. De pronto  llega “la hora de la jubilación”, la hora de quedarnos con lo interior, es decir, solos, con nosotros mismos —eso suele dar un susto ¡tremendo!—.

En general, esa famosa “hora” se traduce en: hacer mandados, ver la tele, conversar sobre enfermedades, etc. Todo eso está muy bien, pero me parece que hay un detalle: nadie confiesa que se ha quedado con las ganas de hacer “algo”.

¿Y por qué no lo hace? ¿Acaso no es el momento justo de volver a ser romántico?

¿A usted no le encantaría probar a sacarse del corazón lo que siente, lo que se le ocurra? ¿No sería rico dejarse llevar por  sus fantasías, como hizo Eladio, el de Bauta?

Comentarios

Enviar un comentario nuevo

El contenido de este campo se mantiene privado y no se mostrará públicamente.
  • Saltos automáticos de líneas y de párrafos.
  • Las direcciones de las páginas web y las de correo se convierten en enlaces automáticamente.

Más información sobre opciones de formato