Espacios Ibsen 2

Lo que me dejó el fiordo cubano

Zoila Sablón • La Habana, Cuba

Hace un año atrás escribí sobre las semanas de teatro. Por lo general, este tipo de encuentro lo primero que deja ver es una línea de montaje de sentido en su programación y, obviamente, la construcción de un espectador fiel y ávido a este tipo de intercambio. Pero, cuidado, es propensa también a crear una especie de comunidad endogámica y nos complacemos exclusivamente en ello.

El pasado domingo concluyó la segunda edición de Espacios Ibsen 2. Jornada de teatro cubano-noruego, impulsada por la Embajada del Reino de Noruega en Cuba, el Laboratorio Ibsen. Herramientas de la Sociedad y bajo los auspicios del Consejo Nacional de las Artes Escénicas.

En el Bertolt Brecht, la sala Adolfo Llauradó y la Fundación Ludwig se concentró el circuito de presentaciones y, nuevamente, el Laboratorio Ibsen, liderado por Yohayna Hernández, Martha María Borrás y William Ruíz, mostró una franja de su trabajo más reciente. Entre ese fragmento, el de mayor grosor en la programación, se vio el debut como directora de la teatróloga Karina Pino con el espectáculo Los días raros; El constructor y la princesa, primera estación del mega proyecto Solness el constructor, de Ruíz, ocupó la sala Tito Junco del Brecht durante dos noches; la obra Un enemigo del pueblo llegó a través de la mirada de dos directores: Fabián Suárez, un novísimo más inclinado al universo audiovisual, con su multi-espectáculo- talkshow Fiodor en el fiordo, y con la particular intervención de Martha María Borrás; se repitió La mujer de carne y leche, de Leire Fernández; y se estrenó Churrerías, de Alessandra Santisteban, un espectáculo que los cambios de última hora no anunciados me impidieron ver.

El resto de la cartelera propuso un fragmento del work in progress de Solness el constructor, de la mano de Sahily Moreda y Compañía del Cuartel, que se estuvo viendo este fin de semana en el Centro Cultural Bertolt Brecht en sus horarios habituales, así como otras intervenciones y espacios teóricos.

De Espacios Ibsen tomo tres ejemplos (Los días raros, Fiodor en el fiordo y Solness y la princesa) para ilustrar una zona del teatro, la de los llamados “novísimos”. Una franja sobre la cual la crítica ya ha estado tomando el pulso de su creación, diversa, plural y discordante. A veces, bajo sospecha, típico en estos casos. No son todos iguales, ni son todos tan novísimos. En común: un lenguaje, una expresión, un desgarre encarnado en el logos, en el cuerpo y la visceralidad de las imágenes, en una corporeidad sólida y, a la vez, refractada, fracturada, fragmentada. No son todos iguales, tampoco pretenden serlo. Están presentes, trabajando y proponiendo, distinguiendo un discurso, y eso es más que suficiente para hablar de generación. Y en ella veo a un “nosotros” también, los que nos partimos en dos, en tres, en mil pedazos.

Ibsen, universo, palabra, pensamiento, centra estos tres espectáculos. Ellos insisten en llamarlo “monumento” y, en cambio, no hay nada petrificado en él. Con estos montajes la voz del noruego se expande y toma fuerza en la actualidad. No hay nada fuera de lugar ni anacrónico en el escandinavo. Lo más interesante: la puesta en valor de textos menos conocidos y abordados en el imaginario teatral cubano y su conexión, evidente y subrepticia, con nuestro ahora y aquí, más allá de las fronteras de la Isla.

De Un enemigo… ya habíamos visto la versión que hiciera Carlos Celdrán en 2006 (Premio Villanueva de la Crítica) con la inclusión de los medios audiovisuales en el montaje. Entonces, se produjo un traslado, inteligente y acertado, a un contexto tangencialmente cubano, mostrando con claridad los ejes definidos sobre los cuales se movía el espectáculo: contaminación medioambiental, responsabilidad ciudadana y poder.

Ahora Fabián Suárez, uno de los autores que engrosa la antología de Ediciones Alarcos, nos trae un nuevo Stockman, en un soporte que hace explotar la estructura visible de la pieza de Ibsen. Una actriz y un actor vienen/van de/a la playa. Se atrincheran con unas botas de goma amarillas, un short y una camiseta. Esperan pacientemente a que el audiovisual termine. Es solo un refilón de vida íntima: una familia disfuncional, una madre mujerona, unos hermanos medio incestuosos y Stockman, “el negro”, un padre que se sienta a cenar sin quitarse la bata de laboratorio. Un montaje en vídeo que recrea una familia burguesa de la cual más tarde sabremos varios detalles, no mencionados en la pantalla. Al final, un viaje a la nieve, un territorio real, helado y lejano, un escape del malestar ante la inoperancia y la desidia.

La familia es el escenario donde se cruza el tema de la contaminación, de la defensa de la naturaleza. A ella se cose, a veces en costuras gruesas y toscas, la idea utópica de encontrar petróleo en las costas de Cuba y la frustración al confirmar la sequedad de los pozos. Es, mal y pronto, un pretexto forzado e inocuo para develar otros males.

Visiblemente dividido en dos momentos: la proyección del corto y la aparición en escena de los “personajes”, el montaje va acumulando estados de opinión, de ánimo, y se convierte, justamente en un alegato, que en ocasiones coquetea con lo panfletario.

Se satura la imagen y el logos. “Palabras escritas en la arena por un inocente”, el hermoso poema que Gastón Baquero le dictó a Fina García-Marruz por teléfono, es el leitmotiv para citar la genealogía de aparatos electrodomésticos en un contrapunteo con lo supuestamente moderno y el entorno natural. Pero dentro de esos fragmentos, de esas palabras borradas en el acto de su propia escritura, se produce ya la inacción, la elemental invalidación del trazo. De antemano, el fracaso del reclamo. Ya lo sabemos. “Yo quiero mi primavera árabe”, dice Carlos y se queda ahí.

Un correlato nacional que se funde con el imaginario colectivo. Ondas expansivas que van corroyendo la desazón, la angustia inmediata de una familia a punto de estallar, de una generación que demanda ciertas explicaciones y que construye nuevas preguntas.

Los días raros es una especie de estudio escénico, montaje lúdico sobre el suicidio. El pato salvaje es el punto inicial para abocarnos a seres extraños provenientes de familias disfuncionales, gente traumatizada pero que ha resistido el tiempo, ha sobrevivido a la infancia, a la adolescencia, en una extrañeza familiar: son focas en una piscina, bajo el sol tropical, aguantando el calor y una manguera por la boca. Esto es lo que vemos sobre una pantalla al fondo del escenario y que se enfatiza con la presencia de una piscina para niños. Los sueños en el agua, en la voz quebrada de una joven con un micrófono pink.

Karina hizo un estudio del tema en una comunidad y de ahí partieron las historias. Las herramientas del arte en función de la sociedad. El tejido se superpone y crea nuevas interacciones, otros modos de construir imaginarios, de participar de la discusión.

Eduviges, la adolescente auto-sacrificada de El pato salvaje, se encarna aquí en varios rostros, multiplicándose en espejos paralelos que van reflejando también el sacrificio mayor, el de una colectividad, una generación dislocada, con caprichos bizarros.

El patetismo justifica el acto de violencia. Quizá. La ironía de una muchachita de quince años que se tira del puente levadizo del Morro y cae dispuesta a volar sobre la yerba de la gran fortaleza militar. Un gesto expiatorio para la familia. Un fotógrafo, venido a menos, un testigo de lo que en verdad ocurre por la cabecita de esa doncella.

Historias comprimidas de sobrevivientes. Cada uno de los tres jóvenes protagonistas tendría una justificación para halar del gatillo y que la salva que da contra blanco de la SEPMI, les dé a ellos con la misma mirada de apatía con la que cierra la filmación de ese pasaje.

Pero todo conduce, cobra un sentido último en la escena que cierra el espectáculo. Como si me estuviera hablando de la lluvia o de un día aburrido, así viene el tipo este, el mismo que pensaba que era mudo en una escena anterior. Se planta, cigarro en mano, y comienza a contarme su historia. En un susurro, bajito como quien no le importa realmente la vida, ¿le importa? Cinco veces lo ha intentado, dice, sin éxito obvio. Aquí se materializa la investigación, el cruce entre arte y vida, entre arte y muerte. La pesquisa de Pino encuentra en este monólogo auténtico y visceral los materiales para justificar el espacio del otro, el teatro como heterotopía (hicimos nuestras anotaciones).

Es una liberación, seguramente. Es un acto de fe, de determinación. La palabra va quebrándose y uno se queda en un lugar vacío, colgando de desamor, de angustia. Imagino que a todos nos está ocurriendo lo mismo. Me importa él y el asunto en cuestión. Se acaba la obra. No quiero aplaudir, no me nacen las palmadas. Desde arriba Karina mira cómo sale la gente, ella fuma un cigarro detrás de la pizarra de luces y nos deja marcharnos. Qué fuerte esto, ¿no? Pero es teatro, ¿sí?

Son dos únicas funciones. Aún hay algo por cocer, pero de todas formas, es un espectáculo de dolor, con una densidad en sus ideas y propósitos. Un hermoso poema escénico, imperfecto y vigoroso, a la vez. Aún se pierde en el camino, con dos o tres escenas que se confunden entre sí, se repiten y se malgastan. La aparición del niño, por ejemplo. Nada grave, insisto, un toma y daca, un cuento de intimidad que nos hacía falta.

Solness es un hombre viejo y pausado. Hilde, una joven desbordada de entusiasmo. Y recuerdo a Lolita. ¿Nabokov se habrá leído esta obra que el noruego escribió antes que naciera? Nabokov se quedó atrás. Hilde es más fuerte que Lolita y la madre de Lolita juntas. Solness es un viejo que sabe mucho de la vida. Se cansó de construir edificios de fe y se volteó hacia los suburbios, la vida terrenal y práctica, la clase media. Esto le reprocha Hilde, por supuesto. Una niña coqueta que le estiró el pantalón al maduro Solness en un descuido. Un asunto por resolver entre las puertas de cristal, un guiño obvio a lo público y lo privado tan llevado y traído hoy. Unas botas plantadas: las mismas de La señorita Julia quizá; de constructor o poderoso.

Un dueto raro y vehemente el de Carlos Pérez Peña y Arianna Delgado. Un placer inmenso verlo en esa escena límpida, inventándose, arriesgándose, poniendo el tiro en un blanco desconocido. Es lo que hace un artista. Qué disfrute. Para él también, me asegura y sonríe. Claro que sí.

Pero Ruíz nos tiende una trampa. Aclara que solo veremos un compendio, muy bien tejido, de las escenas en las que únicamente están estos dos personajes. Una trampa insisto. Parecería que falta algo, entonces. Sin embargo, es entre esos dos seres donde se tensiona, a mi juicio, lo que no se dice, los secretos del troll. Rivalidades generacionales, frustraciones, la complejidad de instintos humanos, la fina línea moral que nos hace parecer normales, decentes y convencionales, mientras callada y disimuladamente magullamos nuestros deseos más escondidos. Ese juego de doble moral es lo que desenmascara Hilde y tiene éxito. Tanto que Solness, como narra ella misma hojeando la edición cubana reciente de la pieza de Ibsen en un acto que repite el recurso del teatro dentro del teatro cerrando el círculo previsiblemente, sube al campanario y se desparrama contra el piso.

Y William sigue. Abre el montaje con la proyección de un ensayo de la escena que veremos posteriormente. Es el ojo del videasta Lester Álvarez, quien nos domina, nos va conduciendo por los entresijos de una “actuación” asistida, engañosa porque estamos conscientes de que es un ensayo, la materia pura de lo que observaremos luego. ¿En qué se diferencia esa construcción de la otra, de la real, de la que acontece ante nuestros ojos? Para rematar, Ruíz coloca un conjunto de cámara interpretando música original compuesta por Luis Alberto Mariño sobre el escenario. Otro acto de conciencia en el que la representación se nos vuelve extraña y donde compartimos otro espacio de creación, otra secuencia de diálogo entre Solness e Hilde.

Solness y la princesa es una metáfora teatral, mucho más, es una metáfora del arte y de la condición humana, un proceso en construcción y deconstrucción, tan vulnerable como el héroe mismo. El súmmum de ese instante es cuando, cara a cara, ambos actores se retan en un duelo de sonidos desgarradores que provienen de los recovecos más oscuros e íntimos del cuerpo, pero también luce la técnica pura, la animalidad más primaria, la herramienta que los humaniza y los emparenta a la vez. Es un momento hermoso, potente de artisticidad.

Esto es parte de lo que me dejó el fiordo cubano, que a diferencia del oscuro mar escandinavo, araña la roca y revuelve la arena. Nada mal para un otoño que se resiste y resiste a soltar la hoja.

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