Cuba y el patio de las yagrumas se confunden en mi espíritu

Silvia Mancini • Suiza

Quiero enviar mis saludos más calurosos al Centro Pablo, a María, Víctor, Jaime, Jesús, y a todos los compañeros y amigos de allá que hacen posible ese proyecto visionario y hermoso que el Centro persigue de tantas maneras distintas, entre ellas A guitarra limpia.

Hace tres años, mi descubrimiento de Cuba empezó por el descubrimiento de ese patio, dos días después de haber llegado a La Habana —el mismo patio donde, en enero de 2011, asistí a mi primer concierto de A guitarra limpia—.  Por eso, Cuba y el patio de las yagrumas se confunden en mi espíritu, como si fueran una cosa sola. Tuve la suerte de conocer ese país a través del proyecto del Centro Pablo, de los músicos que animaron y siguen animando A guitarra limpia, de la trova, que desde entonces ha devenido una obsesión para mí. De verdad, el solo antídoto a la melancolía que me agarra a la hora de atravesar la ciudad para ir a mi trabajo, mirando sus calles tristes, a sus gentes tristes, bajo un cielo triste y la nieve que ya empieza a caer, es la trova. Escucho en mi carro las grabaciones de los conciertos de A guitarra limpia que Víctor me ofreció, y con ellas enfrento el mundo, otro mundo, con más ganas y determinación de ganar el combate de cambiarlo.

Reitero, yo la trova la descubrí en Cuba, hace tres años, conjuntamente con el proyecto de su rescate impulsado por el Centro Pablo. Lo que sí supe —platicando con los trovadores, entrevistándolos en el marco de la realización del documental Cuba también (que se hizo a finales de 2011)— fue que los músicos miran el espacio de A guitarra limpia como una invención generosa y bellísima que los motiva, tanto por la perspectiva de grabar el concierto en vivo como por la idea de interactuar con un público que aprecia la canción de autor.

Imagen: La Jiribilla

Muchísimos trovadores, muy diferentes entre sí, me hablaron del patio como de un “nicho ecológico”, en el sentido que lo ven como un lugar donde las condiciones culturales, humanas, estéticas e incluso materiales —a pesar de las dificultades— se juntan para impulsar creatividad, sana emulación, sinergias creativas, y confianza en sí. Un “biotopo” adecuado, en suma, para que gente con ideas, sensibilidad artística distinta, con  backgrounds existenciales distintos, también dialoguen y hagan cosas juntos. Esto de “hacer cosas juntos” me llamó la atención; me pareció grande, sobre todo me impresionó que, en ese patio, generaciones distintas se hablaran y cooperaran. Esto es algo bastante insólito en Europa entre los artistas, y entre los músicos en particular.  

Mantener abierto hoy día un espacio al discurso poético musicalizado significa defender el papel central de la poética como tal, entendida tanto como dimensión  fundamental de la expresividad humana como elección política.  

La poética, de hecho, atesta por un lado esa actitud del espíritu de saber trasformar el existente por medio de la imaginación activa; a transfigurar el mundo que nos rodea  para descubrir en ello un “más allá”, abrirlo hacia lo posible, la utopía, la esperanza, anticipando así tratos futuros; por otro lado la actitud de descubrir en el mundo mismo lo no dicho, lo no explicitado. La poética ilustra esta vocación del espíritu a trascender el mismo para elevarse a una postura de la mirada que sobresale con respecto a la inmediatez de lo dado acabado. La poética actúa así, no a través del discurso crítico y conceptual, de la filosofía y de las ciencias, sino utilizando metáforas, imágenes sensibles, concretas, y que por eso se pueden compartir a nivel universal. Abrir espacio al ejercicio de esta actividad poética-creativa significa entonces reivindicar y defender una concepción del hombre como sujeto activo, que sabe sin cesar extraerse del mundo para mirarlo y hacer de ello otra cosa, metamorfoseándolo mientras el sí mismo se metamorfosea también con todos los medios: las acciones, el pensamiento, la práctica social y la creatividad  poética. Es una concepción antropológica global que se expresa en la valoración de la función poética.

En segundo lugar, además de la concepción antropológica que acabo de evocar, la poética es por definición un lugar político, donde se hace, se actúa, se fabrica algo —como lo indica su etimología griega—. La creatividad poética tiene que ser entendida como “arte de hacer”, competencia, destreza, habilidad transformadora. Es una visión que además de ser humanista y antideterminista, es en sí misma revolucionaria, en un sentido amplio. En ella se celebra el principio de que el mundo es una construcción permanente a la cual cualquiera puede contribuir democráticamente, con sus competencias, habilidades, creatividad y destreza.

En ese sentido, mantener abierto hoy día —en Cuba como en otros lugares del mundo— espacios como el de A guitarra limpia, además de defender una antropología humanística precisa, significa defender una política precisa. Fue lo que me llamó la atención justamente cuando descubrí al Centro Pablo y las actividades del patio: una manera implícita de expresar todo esto y mucho más.

¡Gracias hermanos músicos por esto regalo a Europa! ¡Un gran beso y un abrazo¡

¡Felicidades por este aniversario 15!

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