Literatura

Del Caro diario, de Arturo Sotto

Laidi Fernández de Juan • La Habana, Cuba

Para estimular la lectura de un libro, frecuentemente se utiliza la frase: “Se lee con facilidad, de un tirón, con fluidez”, con el propósito de que el público potencial reciba el anuncio, antes de comenzar a sumergirse en las historias, que resultará agradable el viaje simbólico que se le propone. También sucede que, a manera de elogio, el crítico o promocionista haga referencia a la temática única que aborda el libro, otra vez con el objetivo de halagar al autor o a la autora ―que supo y pudo mantener una misma línea argumental― y, además, entusiasmar al lector con la advertencia de que no tendrá que variar ni de escenario ni de asunto. Estas reglas no escritas cumplen sus funciones; pero, como en toda materia sujeta a normas, existen excepciones, casi siempre incomprendidas, dada la complejidad que implica su rareza. Caro diario (Ediciones UNIÓN, 2012), del director y guionista cinematográfico Arturo Sotto, es un ejemplo de esta última singularidad.

Veintitrés admirables narraciones integran el volumen, divididas en cuatro secciones o capítulos que intentan recrear el orden en que eran exhibidos los materiales fílmicos en las salas de cine de los años 70 y 80: Noticiero, Dibujo animado, Documentales y Ficciones, siendo en este último acápite donde el autor muestra sus mejores armas, su fabuloso talento para inventar historias. Cabría esperarse ―y dicha expectativa encuentra espacio en varias de las más de 250 páginas del libro―, la presencia inevitable de personajes o de situaciones pertenecientes al mundo del cine. Sin embargo, el esquema del oficio, el marco limitante de la profesión original de Sotto resultan violentados de forma espléndida. Muchas de las historias, es cierto, se ven ―más que se leen― cual si estuvieran filmadas y no contadas; pero no estamos ante réplicas de guiones truncos, sino ante el giro del lenguaje que exige la narrativa en su sentido más puro. He ahí el que quizá sea el mayor atractivo de Caro diario: un sorprendente ajuste a la técnica narrativa más rigurosa, capaz de sobrevolar la destreza lógica de un guionista y director de cine, quien ya tiene a su favor el poder y el dominio de generar con coherencia la estructura gramatical de un suceso real o imaginario. Bien lo dice una de sus criaturas literarias: el cine es, en sí mismo, la suma de todas las artes. (P. 201)

De tal suerte, y ante la multiplicidad de temáticas que aborda este libro (el amor, la sexualidad en todas sus variantes, la lealtad, la miseria, la decadencia de la aristocracia, las obsesiones humanas) no es posible anunciarlo como de fácil lectura, sino todo lo contrario: es un volumen de historias que para su mayor disfrute, requiere de espacio físico y temporal entre una narración y otra ―así son de impactantes―. A nuestro juicio, varios eslabones permiten identificar en el narrador Sotto un estilo particular que no pretende imitar a nadie ni tampoco ser rotundamente original (recordemos la sentencia “todo autor enteramente original será enteramente malo”):  el elogio y la búsqueda de la belleza corporal, a la cual atribuye gran importancia, el templo y el ambiente religioso en tanto imagen apaciguadora de ímpetus (Domingo de resurrección, Día de Reyes, 1958, La lectora justa), y el afán por tributar respetuosa reverencia a la Historia, no solo de su nación, sino, sobre todo, a través de homenajes que va rindiendo, ya sea a grandes artífices de la gran literatura universal (Lezama, Piñera, Hemigway, Sándor Márai, Bulgakov, Vargas Llosa, Carpentier, García Márquez, Cortázar), de la dramaturgia consagrada (Ibsen, O Neill, Lorca), a figuras de las artes escénicas en su sentido amplio (Isadora Duncan, Bresson, Buster Keaton, Humphrey Bogart )y a artistas en general (Lam, Breton, Picasso)

Aunque delimitar  de forma obvia la ideología o el contexto histórico en que se desarrollan las peripecias de sus cuentos no sea intención explícita del autor, a través de sutiles frases que se desgajan con aparente inocencia, somos capaces de ubicar el momento y la elección ética de quienes protagonizan el drama puntual en cada caso (“Carmelina Garrigó”, “Manigua nacional”, “La zanja”) y el insuperable monólogo “El Guardalennon”, estremecedora confesión de un personaje “umapista”, si se me permite la expresión.

Otro elemento curioso en este libro ya de por sí peculiar, es la alusión, siempre en tono laudatorio, del ambiente provinciano. Aunque en la ficha biográfica de Sotto se señala La Habana como el sitio donde nació, una explícita admiración por lo que se ha dado en llamar “la provincia” aparece en varias de las narraciones. Ya sean ciudades como Santiago, Manzanillo, Camagüey, Matanzas, o  regiones menos conocidas (Majagüey), encuentran espacio en este libro, por otra parte plagado de alusiones geográficas que se ubican mucho más allá de nuestras fronteras. En contraste con la forma escueta que dedica a Nueva York (“El negocio del siglo”), a Jerusalén (“Elogio de la metáfora”), a España (“El beso oscuro de la mar”), por mencionar algunos ejemplos, el autor se detiene en nuestras zonas con especial esmero. En el seguramente “filmable” texto “El mártir imaginado”, aparece la siguiente reflexión, demostrativa de lo dicho antes: “Cuando llegó a Majagüey y dijo que era un filólogo la gente le quiso improvisar un guateque […] Majagüey no tiene calle principal, ni iglesia, ni alcaldía ni santos. […] Lo apodaron ‘el veterinario de las palabras’, una manera de honrar la primera impresión que dejó el arribo de un intelectual al pueblo. Este segundo sobrenombre le pareció más original que el universitario, corroborando, una vez más, la superioridad poética del hombre rural”. (p.108)

Espero haber brindado suficientes estímulos que inciten la lectura de este magnífico libro de cuentos que combina el rigor con la hermosura, la renovación con la tradicionalidad literaria, a resultas de lo cual se cumple un aforismo que deberían  tener en cuenta muchos jóvenes narradores, y que dejo en boca del propio Arturo Sotto: “De nada vale saber cómo se usa la técnica si no tenemos idea de la belleza”. Un libro tan hermoso y bien cuidado como Caro diario no merece la indiferencia que hasta el presente se le está prodigando en nuestro ámbito cultural.  

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