Lessing y Poniatowska

Pedro de la Hoz • La Habana, Cuba

Cuarenta y ocho horas antes de que en América Latina recibiéramos la feliz nueva de la adjudicación del Premio Cervantes 2013 a la mexicana Elena Poniatowska, tuvimos la desdicha de conocer el deceso de la británica Doris Lessing, laureada en 2007 con el Premio Nobel de Literatura.

El azar en un caso y la justicia poética en otro entrecruzaron en la memoria de este cronista los caminos de ambas escritoras. Cada una a su modo defendió en la segunda mitad el siglo XX —la Poniatowska aún lo hace y ojalá por mucho tiempo— el valor de la escritura como herramienta de impacto social y la inagotabilidad de las posibilidades de la estética realista, con énfasis en las fuentes testimoniales, para develar aspectos críticos, amén de vindicar la voz femenina como factor singular en la creación literaria, aunque sin convertir esa condición en casus belli. Recuérdense estas palabras de Lessing:

Cuando se es una escritora perteneciente a la tradición inglesa, una debe ser consciente y sentirse agradecida de un patrimonio que significa no tener que luchar como mujer para ser publicada y valorada. En Inglaterra las mujeres se han ganado la vida como escritoras desde hace siglos y, a veces, protestando con energía contra su destino. Mi agradecida conciencia de este patrimonio es la razón por la que suscribo la máxima de Virginia Woolf, según la cual las escritoras serán libres cuando, sentadas a escribir, no piensen si escriben o no como mujeres.

A Lessing tuve la oportunidad de conocerla fugazmente en Berlín, en el otoño de 2002.  Se conmemoraban los cuarenta años de la publicación de El cuaderno dorado y sus editores alemanes la invitaron para homenajear a la escritora. Durante dos horas dialogó con los asistentes al acto en una tertulia celebrada en un célebre café de la avenida Unter den Linden. Recuerdo que alguien preguntó por qué había dicho que “la vejez era la edad del aburrimiento” y respondió: “No lo dije por mí, sino por aquellos que se dejan apagar. La vida, aún con sus tragedias y miserias, es demasiado cautivante como para que me aburra”.

Esa misma chispa vital descubrí cuando la Poniatowska estuvo en Cuba en medio del fragor de una Feria Internacional del Libro durante la década pasada. Asediada por la prensa y atrapada por los compromisos de la agenda oficial, hizo espacio para sí una tarde en la Casa de la Música de Miramar. En su planta alta, el café El Diablo Tun Tun,

Quise hablarle de lo importante que había sido para mí la lectura de Tinísima, su extraordinaria novela sobre Tina Modotti, pero a buena hora me cohibí. Ella, como una parroquiana más, aceptó mi presencia en su mesa —Abel, no el ministro, sino el amigo, me presentó a ella como si yo fuera la llave de los arcanos de la música popular cubana—, y me sometió a un interrogatorio inteligente y tenaz sobre la trova tradicional, las diferencias entre el bolero y la balada, y entre el son y la salsa, y hasta por qué las mujeres eran ángeles o demonios en el vocabulario trovadoresco.

En 2012 viajé a Sudáfrica para participar en la Cumbre sobre la Diáspora Africana. Repasé entonces páginas de la obra de Nadine Gordimer, J.M. Coetzee y, desde luego, de Doris Lessing.

Como se sabe, ella vivió  buena parte de su vida en el sur de Rhodesia, hoy día por suerte Zimbabwe, nación africana, donde conoció la opresión colonial, el racismo y la violencia social sobre los oprimidos. Situación mucho más agravada en la vecina Sudáfrica.

Cuando en 1950 publicó Canta la hierba —existe una edición cubana—, la crítica le dio la  bienvenida, pero hubo sectores reaccionarios en Inglaterra que cuestionaron por qué una mujer ponía en solfa el orden establecido en un lugar perdido de África.

Pero sin lugar a dudas su obra maestra es El cuaderno dorado (1962). La protagonista de la novela, Anna Wulf, se nos presenta como una de las criaturas más intensas y complejas de la literatura occidental contemporánea, por su sentido de independencia, el rechazo a dogmas morales y políticos, y su voluntad para sobreponerse a los reveses de la vida.

Si Anna hubiera estado en la Sudáfrica postapartheid, la tendríamos a la vanguardia de la lucha por darle pleno sentido al proyecto aún incompleto de Madiba.

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