Cine argentino entre La Paz y La Reconstrucción

Joel del Río • La Habana, Cuba

Dentro de una cinematografía cuyos paradigmas más aplaudidos en festivales se caracterizan por la parsimonia, el minimalismo narrativo y la desdramatización, destaca La Paz, de Santiago Loza (La invención de la carne, Los labios) que clasifica de lleno dentro del cine argentino más intimista, y algunos críticos la clasifican dentro de la tendencia más austera del cine contemporáneo, testimonio sobre la soledad y la incomunicación los pequeños gestos adquieren más valor que la palabra.

Con el doble significado en el título que remite a la capital de Bolivia, y a un estado de tranquilidad al que aspira el personaje, el filme cuenta la historia de un joven de clase media-alta que en la primera escena sale de la internación en un siquiátrico. Por supuesto que el equilibrio emocional del joven es muy delicado, sobre todo cuando debe enfrentar una madre dominante y un padre casi ausente. Él parece estar bastante más cómodo con Sonia, la empleada doméstica de origen boliviano que trabaja en su casa; y con su abuela, con quien comparte largos paseos en moto.

También hay un hombre medio solitario y compulsivo, cuyas rutinas y emociones se ponen a prueba con el reencuentro de un viejo amigo y su familia en La reconstrucción, de Juan Esteban Taratuto, uno de los directores más taquilleros del cine argentino gracias a sus anteriores comedias románticas, que tienen en el diálogo ingenioso su principal sustento, como No sos vos, soy yo (2004); ¿Quién dice que es fácil? (2006) y Un novio para mi mujer (2008). Taratuto se arriesga a incursionar en el melodrama profundo y según La Nación, esta nueva película significa “un indudable paso adelante: más áspera y exigente que sus trabajos anteriores, demandó una concepción, un diseño y una puesta en escena que rompen por completo con cierta estética televisiva con la que se minimizó a sus primeros tres films. La primera mitad prescinde prácticamente de la palabra (toda una audacia y una búsqueda rupturista para los antecedentes citados de Taratuto) para describir con imágenes el grado de soledad, desconexión, irritabilidad, desprecio y amargura que acumula Eduardo, un trabajador calificado de la industria petrolera que carga con una pesada mochila" de dolor y frustración cuyo contenido conoceremos promediando el relato”.

Catalogada entre los mejores cineastas de América Latina en las últimas dos décadas, Lucrecia Martel asegura que en Argentina existen tantas realizadoras de excelencia como sus pariguales masculinos. Para comprobar una aseveración tan radical, en la competencia del Festival destacan los filmes de sendas realizadoras australes: Pensé que iba a haber fiesta, de Victoria Galardi, y Wakolda, de Lucía Puenzo. La primera de estas cuenta lo que ocurre cuando Ana tiene que hacerse cargo de la casa y de la hija de su mejor amiga, pero también sostiene una apasionada relación con el ex marido de la amiga ausente.

Lucía Puenzo alcanzó decenas de premios internacionales, con su película XXY. Luego, vino El niño pez, que trataba similares temáticas a su película anterior pero con mucha menor fuerza. Al parecer, el verdadero cambio de registro viene con Wakolda, una aproximación al tiempo en que el criminal de guerra nazi Joseph Mengele estuvo refugiado en Argentina. Ambientada con alto sentido de suspenso en la Patagonia de los años sesenta, Wakolda crea un paralelo entre el ideal nazi y el de la familia argentina tradicional, basada en la perfección y la pureza racial y genética. Alex Brendemuhl interpreta al doctor criminal, acogido con todos los honores, y la consecuente protección por personajes de la elite.  Puenzo se apoyó en su propia novela, la cual redactó a partir de rumores, mitos y de la realidad conocida sobre el doctor nazi Josef Mengele, quien pasó bastante tiempo en la remota región de Bariloche, donde trabajó como veterinario y en secreto continuó sus espantosas investigaciones.

Otras dos cineastas aparecen en el concurso de ópera primas: María Florencia Álvarez con la coproducción argentino-brasileña Habi, la extranjera, y Bárbara Sarasola-Day con la coproducción argentino-colombiana Deshora. Reconocida cortometrajista María Florencia Alvarez, cuenta la historia de una joven provinciana, que va a Buenos Aires a vender artesanías y luego se va integrando a una comunidad musulmana cuando conoce a un joven libanés que la confunde con otra persona. Pero la muchacha debe  habituarse a un mundo cultural nuevo, sobre todo en lo concerniente a las relaciones entre hombres y mujeres. Así, la película termina siendo una historia de descubrimiento y de identidad a la vez que exploración de ciertos contrastes culturales. 

Sarasola-Day describe el arribo de Joaquín, un joven colombiano que trata de combatir su dependencia a las drogas duras, a la casa de su prima Elena (María Ucedo) y el cambio que esto provoca en la vida de ella y de su esposo, quienes luchan contra el desgaste de toda pareja. El desenfado y la libertad sexual del recién llegado conmueven a los dos protagonistas, sobre todo a Helena, quien parece tener  más de un secreto en el pasado compartido con su primo. Por supuesto que hay un cambio en la vida sosegada y apacible del matrimonio, que deberá reacondicionarse a una relación de tres.

El concurso de  primeras obras se completa, en cuanto a la participación argentina, con Los dueños, codirigida por Agustín Toscano y Ezequiel Radusky, quienes proceden del teatro y narran  la historia de unos caseros que toman a su mando la propiedad que cuidan. Muy pronto se hacen visibles las contradicciones, las miserias y las tensiones de los patrones y de los subordinados y un excelente análisis de las diferencias de clase social pues la película marca claramente la ecuación entre “los pobres” y “los ricos”, aunque intenta matizar semejante contraposición. Reconocida en el festival de Cannes, Los dueños se ve influida, según sus directores y guionistas, por las películas Buñuel, Fassbinder y Chabrol en cuanto a la exposición de las diferencias de clase y al erotismo.

Fuera de concurso, destacan otros tres títulos a tener en cuenta: Puerta de hierro, el exilio de Perón, que continúa la carrera como realizador del famoso actor Víctor Laplace; la coproducción con Cuba El camino de Santiago, de Fernando Krichmar y la animación Metegol, del consagrado Juan José Campanella, director de uno de los mayores éxitos del cine argentino reciente: El secreto de sus ojos.

Puerta de hierro, el exilio de Perón habla los años del ex presidente Juan Domingo Perón en el exilio en Madrid, y sobre Puerta de Hierro, una casa en la cual confluyeron los intereses políticos de todo un país. La casa fue el corazón y el cerebro de la resistencia y de la lucha de todo un pueblo, y cobijó el cadáver de Eva Perón, secuestrado por casi dos décadas. La casa fue testigo de la vida cotidiana del líder argentino más importante del siglo XX, de su mundo privado.

 Y de este modo, aunque deba reconocerse que este año es poco probable que el cine argentino barra con los Corales principales, es casi seguro que, de acuerdo con el nivel de calidad promedio, alcance el reconocimiento en más de una categoría.

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