Wagner, viento al sur

Omar Valiño • La Habana, Cuba

Discutido en vida, polémico en su legado teórico y en sus afirmaciones políticas; felizmente errante su música –su genial y por siempre trascendente creación–, Richard Wagner ancló, en el bicentenario de su natalicio, con El holandés errante en la sala Avellaneda del Teatro Nacional de Cuba por un fin de semana; lástima de tan corto tiempo para cuantos debieron acudir a verlo.

No soy músico ni musicólogo y por eso suelo abstenerme de comentar sobre la ópera, que necesita conocimientos y herramientas particulares para su valoración, pero creo justo alzar la voz para destacar el hecho y el buen resultado global de este proyecto que aunó los esfuerzos de personas e instituciones alemanas, austríacas y, por supuesto, cubanas, con el Teatro Lírico Nacional como núcleo decisivo; evidentemente resuelto, bajo la dirección musical y general de Eduardo Díaz, a abrir nuevos horizontes para la compañía.

El riesgo fue grande por las propias demandas de la música y las concepciones wagnerianas, pero la Orquesta del Gran Teatro de La Habana y los coros del TLN y del ICRT –con dirección de Claudia Rodríguez y Liagne Reina–, hicieron un papel digno, al igual que los cantantes protagonistas, Marcos Lima (Daland), Yuri Hernández (Eric), Lily Hernández y Dayamí Pérez (Mary), con destaques para Johana Simón (Senta) y Bryan López (Timonel), así como el notable desempeño del barítono ucraniano Andrey Maslakov (El Holandés). Todos más atemperados con respecto a las tradiciones líricas predominantes entre nosotros, de un lado la italiana, del otro la zarzuela española o propiamente cubana. Todos al servicio de las características de sus personajes, más delineados psicológica y físicamente. Y, al igual que la masa orquestal y las masas corales, atentos a la particular progresión sonora y expresiva de la dramaturgia musical de Wagner. Recordados serán esos duetos compuestos de monólogos simultáneos que tensan, y simbolizan, los enormes retos de la bellísima partitura.

La puesta en escena del alemán Andreas Baesler planteó un espacio amplio, limpio y sugerente para esta historia de un personaje condenado a vagar por los mares hasta hallar en tierra un espíritu capaz de sacrificarse por él. Aprovechópara la circunstancia de El holandés y Sentala potencia poética de la iconografía del artista plástico cubano Alexis Leyva Machado (Kcho) en la escenografía de Harald Thor, y creó un seguro diseño de movimientos individuales para los actores-cantantes y grupales para el coro que contribuyeron al ritmo de un montaje de casi tres horas; de un espectáculo que nos condujo no solo por una fábula romántica, sino por las rutas de la  evolución wagneriana entre el romanticismo y el expresionismo, planteadas en fértil contemporaneidad.

Poderosas imágenes desfilaron ante el espectador: las velas ensangrentadas del barco errante, las fantasmagóricas apariciones de los marineros muertos, las hilanderas que también parecen remar y nos traen las reminiscencias de los antiquísimos cantos de trabajo o los hermosos contrastes cromáticos de la iluminación de Stefan Bollinger. Menos efectivos me resultaron algunos vestuarios de Tanja Hofman porque no visualizó algunas necesarias diferencias entre los personajes o no consideró las peculiaridades físicas de los cantantes.

Contradictoria resultó la pretendida actualización de la situación de enunciación de la ópera. Tal vez el problema de fondo fue quedarse a medio camino en esa dirección, y no tanto el intento en sí mismo, aunque también es cierto que bastaban la música y la historia para sentirnos en Cuba o en cualquier parte de este mundo. Más cuando Baesler, conocedor de la isla a lo largo de su cadena de colaboraciones escénicas aquí, logró expresar el profundo, complejo, unitario y desgarrado a la vez, sentido humano de El holandés errante; para mí, el mérito cenital del espectáculo en su totalidad.

Esa suerte de muro o malecón que atraviesa el espacio escénico como límite del pueblo ante el mar o la humilde caseta pescadores de Kcholevantada del suelo sobre viejos remos para auscultar el horizonte,nos colocan en Cojímar, en Caibarién, en Antilla o en Baracoa. Así como Wagner defendió y fundó desde lo germánico y en esta ópera apuesta por el derecho de un lugar en la tierra para ser humanos, Andreas Baesler acentúa la idea de la necesidad de la patria como lugar para saberse de un pedazo de tierra al que siempre volver, y con Martí, ve la propia humanidad, en tanto conjunto y en cuanto condición, como patria. Ese grandioso sentido es alemán, cubano y universal. El holandés errante afina una respuesta emocionante: la única gran patria del espíritu humano es el arte. Y este Wagner, viento al sur, lo hizo sentir en La Habana. Aquí también llegó para encontrar un lugar en el mundo.

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