La Serenata, una publicación no precisamente musical

Cira Romero • La Habana, Cuba

“Periódico económico, crítico, satírico, burlesco”, se lee en el primer ejemplar visto de este órgano difusor, que data del 21 de octubre de 1866, cuando se iniciaba su segunda época, pues, en realidad, vio la luz en octubre de 1865. Su periodicidad fue semanal, bajo la dirección de F. Sánchez de Belmonte, quien invitó a redactarlo nombres bien conocidos algunos de ellos, como Antonio Bachiller y Morales, Emilio Blanchet, Felipe Poey y un escritor costumbrista y dramaturgo llamado Juan Francisco Valerio, sobre quien me detendré más adelante.

En las páginas de La Serenata aparecieron cuentos, poemas y artículos de tono costumbrista e histórico y también trabajos sobre modas. Además, publicó crítica literaria y folletines. Otros colaboradores fueron el poeta y escritor teatral Narciso Foxá, Ludovico, seudónimo del escritor costumbrista Luis Victoriano Betancourt, e igualmente bajo incógnita quienes firmaban  Melibeo, Juan Canfurria y Ldo. Chirimías. Al parecer, el periódico desapareció con el número del 12 de mayo de 1867, donde leemos:

Duélenos en el alma tener que confesarlo, pero es fuerza declarar que no servimos para redactar periódicos “literarios” en la Habana; y así lo confesamos humildemente, sin que otra cosa nos quede por dentro.

[...]

Nos retiramos pues, para siempre, de la redacción de este periódico, que suspende por ahora su publicación; pero que más tarde volverá a salir a la luz bajo mejores auspicios y con otros elementos de vida.

Tal promesa no se cumplió y aunque La Serenata no ocupa hoy un lugar destacado en los anales de la prensa cubana, es interesante aludir a quien ya nombramos antes como uno de sus redactores, Juan Francisco Valerio, por lo que representó su obra Perro huevero aunque le quemen el hocico para la escena cubana de finales de la sexta década del siglo xix.

Valerio nació en La Habana hacia 1829 y falleció en 1878. Fue asiduo colaborador de El Rocío, Misifuz, Aguinaldo Habanero y redactaba para El Siglo, La Sombra, El Alacrán, del que fue director, y de la publicación que ahora nos ocupa. Usó los seudónimos Alacrán, Guruyuz, Narciso y Narciso Valor y Fe.

Perro huevero aunque le quemen el hocico es un cuadro de costumbres cubanas en un acto y en prosa que se representó en el habanero teatro Villanueva el 22 de enero de 1869 en beneficio ofrecido por los Caricatos, pero esta puesta ha pasado a nuestra historia, en frase de Rine Leal, “como una acción bélica”, aunque lo cierto es que la primera puesta de la obra ocurrió el 26 de agosto de 1868, o sea, antes del grito insurrecto, sin que las autoridades descubrieran en ella segundas intenciones; pero cuando se repuso el citado día, la situación en Cuba era muy distinta y comenzaron a tejerse propuestas de interpretación. Hagamos historia, según nos la cuenta el propio Leal en su obra La selva oscura. De los bufos a la neocolonia (1982). Días antes del reestreno, el periódico Diario de la Marina anunciaba que la función prevista era para favorecer a una familia carente de recursos, pero días después aclaró que se realizaría para “socorrer a unos insolventes”.

El periódico La Chamarreta, partidario de los mambises que se habían levantado en armas el 10 de octubre de 1868, apuntaba en su edición del 20 de enero, dos días antes de la representación:

Se dice que el viernes se trata de dar una función en el Villanueva por los bufos habaneros [error del cronista, aclara Leal, sabemos que fueron los Caricatos] cuyo fondo se destina para un fin muy laudable; esperamos que todas nuestras simpáticas amigas y nuestros leales compañeros contribuyan con su asistencia. No se permitirá entrar a quien no lleve un garabato o una horquetilla.

En tanto otro diario, La Convención Republicana, del día 21 de enero, expresaba: “¡Pueblo, allí todos! extraño y más que extraño es que no se dispense la protección que merece este espectáculo verdaderamente provincial... ¡Pueblo! Tenéis una obligación patriótica que llenar sosteniendo este espectáculo”.

La noche del 22 de enero, sigue narrando Leal, el teatro se engalanó de banderas norteamericanas y cubanas. Estuvo ausente el emblema español y los trajes y cintas de las mujeres combinaban los colores rojo, blanco y azul —los que distinguen a nuestra bandera, ya enarbolada en la manigua— o llevaban estrellas blancas y solitarias en el pelo suelto. La función se convirtió “en un abierto desafío al poder colonial”. El programa comprendía además un popurrí, la citada Perro huevero...,  Ataques de nervios, firmada por Narciso Valor y Fe, seudónimo utilizado por Valerio y El santo y la lotería, así como la canción “La crisis”, el estreno de la danza “La insurrecta”, la canción bufa “Los caricatos” y una rumba para cerrar el espectáculo.

Realmente, nada era nuevo en el programa que se presentaba, excepto “La insurrecta”, debida a Juan de Dios Alfonso, dedicada a las “lindas cubanas”, pero, como apunta Leal, “los títulos hacen pensar en alusiones más o menos veladas a la situación política del país”. Como ha hecho notar otro historiador de la escena cubana, José Juan Arrom, en Perro huevero... hay referencias directas a la insurrección, sobre todo en los versos de la guaracha que aluden a nuestro campo, entonces insurrecto:

No muy lejos de la antigua
provincia de Maniabón
se alza un esbelto peñón
en medio de la manigua.

.....................................

Hay una estrecha vereda
en el monte floreciente
para que la indiana gente
llegar a sus faldas pueda.

                    (Escena ix)

Para Arrom, la fábula de la obra es revolucionaria y ve en personajes como Mónica la representación de Cuba, enamorada del Indiano, identificado como Carlos Manuel de Céspedes, que lucha contra su madre Nicolasa Cuesta-Arriba y de la Cruz Pesada, en alusión a la corona española, y su padre Matías, portavoz del gobierno colonial. Los novios se escapan y aceptan casarse si sus padres se regeneran.

¿Qué motivó entonces que la reposición de la obra causara la ira de los voluntarios españoles? Rine Leal lo explica así:

La noche del 22 de enero de 1869 es el resultado de un clima de histeria guerrerista que los sectores más reaccionarios aprovecharon para imponer su política de exterminio con los revolucionarios. Cuando el general [Domingo] Dulce asume por segunda vez el mando de Cuba el 4 de enero de 1869, intenta una maniobra apaciguadora y viste su gobierno de casaca liberal. Pero al mismo tiempo, Dulce, viejo, enfermo (casi un cadáver lo describen las crónicas) tendría que batirse con otro enemigo: los voluntarios que mantenían una posición intransigente. Luchar en dos campos al mismo tiempo era una tarea gigantesca aun para el astuto Dulce. El 9 de enero decreta la libertad de prensa y La Habana se llena de periódicos subversivos, y suprime las Comisiones militares que, creadas por Vives cuarenta y cuatro años antes, eran el más fiel instrumento de la opresión colonial. Tres días después dicta una amnistía política y envía comisiones a Céspedes para sofocar la insurrección.

Mientras, en La Habana el espíritu revolucionario era ya muy fuerte. Habían ocurrido asesinatos, se descubren cargamentos bélicos y el 13 de enero los voluntarios españoles se arman bajo el pretexto de que se iba a disparar contra ellos en un supuesto levantamiento armado. En tanto, la vida teatral habanera, en la que el Capitán General era visita casi asidua, se reafirma políticamente aún antes de los sucesos del Villanueva: se gritaba “¡Viva Cuba libre!” durante la representación de espectáculos, y también “¡Viva España libre!”. El choteo político se refuerza con obras como Los negros catedráticos, y se hace aún más fuerte en la música de las danzas que acompañaba las representaciones. Así, la guaracha “Ya cayó”, en recuerdo a la derrocada reina española, era repetida por el pueblo. Había tal grado de excitación entre los defensores de España que cualquier detalle podía provocar un estallido, tal como ocurrió con la reposición de Perro huevero..., la obra de Valerio, antiguo redactor de La Serenata.  Ese día 22 de enero de 1869, proclamado posteriormente como Día del Teatro Cubano, al pronunciar el personaje Matías, interpretado por el actor José Sigarroa, el parlamento: “No tiene vergüenza ni buena ni regular ni mala, el que no diga conmigo ¡Viva la tierra que produce la caña!”, la frase fue coreada por los asistentes y se gritaron vivas a Céspedes y a Cuba libre. Se afirma que una mujer, Antonia Somodevilla, enarboló una bandera cubana. Existen otras versiones del hecho, pero lo cierto es que las fuerzas españolas de los voluntarios se encontraban fuera del teatro y aprovecharon los gritos para disparar sobre el edificio de madera y entraron al inmueble destrozando todo lo que encontraron a su paso. Nunca se supo cuántas víctimas hubo, porque el gobierno español prohibió hablar del hecho, aunque se calcularon cuatro muertos y ocho heridos. Al día siguiente, Domingo Dulce proclamaba:

Habaneros. Anoche se ha cometido un grande escándalo, que será castigado con todo el rigor de las leyes. Algunos de los trastornadores del orden público están en poder de los tribunales. Ciudadanos pacíficos, confianza en vuestras autoridades: defensores todos de la integridad del territorio y de la honra nacional, se hará justicia y pronta justicia.

No se hizo justicia. Las calles habaneras fueron ocupadas por los voluntarios españoles. Se asaltaron el café El Louvre, el Palacio Aldama y se asesinó a mansalva. Hubo más muertos —14 es la cifra registrada—, para de esa manera echar por tierra la política supuestamente pacificadora de Domingo Dulce. Muchos años después, en sus Versos sencillos, José Martí recordaba lo que ha pasado a la historia como “los sucesos de Villanueva”. Reproduzco dos fragmentos:

El enemigo brutal
nos pone fuego a la casa,
el sable la calle arrasa,
a la luna tropical.

Pocos salieron ilesos
del sable del español:
la calle al salir el Sol,
era un reguero de sesos.

En 1875, en la Revista Universal, de México, nuestro Héroe Nacional recordaba así los hechos:

No basta que sobre un teatro indefenso y repleto, sobre mujeres, y hombres, y niños, se haya lanzado a un tiempo una muralla encendida de fusiles [...] ni los horribles días de enero que llenaron de cadáveres asesinados la calzada de Jesús del Monte y las calles de Jesús María, y los que mi madre atravesó para buscarme, y pasando a su lado las balas, y cayendo a su lado los muertos, la misma  horrible noche en que tantos hombres armados cayeron el día 22 sobre tantos hombres indefensos!

Prueba de hasta qué punto  la exacerbación de los ánimos por parte de los españoles estaba en su punto más alto es que el autor de la pieza Perro huevero aunque le quemen el hocico, Juan Francisco Valerio, jamás fue molestado por las autoridades por haberla escrito y murió en su casa de Regla el 2 de febrero de 1878. Pero, sin duda, este colaborador de La Serenata, sin proponérselo, sembró de patriotismo la escena cubana.

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