Las manos de Estorino

Maité Hernández-Lorenzo • La Habana, Cuba

Lo primero que llamó mi atención fueron sus manos. No parecían de poeta, ni de escritor ni de gente de teatro. Eran manos de labrador. Luego supe que su casa natal, la misma quizá de La casa vieja, estaba en Unión de Reyes, adonde regresará este sábado. Un labrador consuetudinario que no dejó nunca de sembrar y cosechar es lo que ha sido Abelardo Estorino.  Sus dedos eran gruesos, firmes, sabedores de vida y de placeres. Son los mismos que han firmado “creo en lo que está vivo y cambia”, cocinado una deliciosa espaguetada o disparado el obturador varias veces ante mis hijos.

Lo segundo que despertó mi interés y curiosidad fue su apariencia. Pepe parecía un estudiante, un jovencito, un chama risueño con voz atronadora. Uno miraba a Estorino y no veía en él pose alguna  por sus merecidísimos Premios Nacionales de Literatura y de Teatro. Veías a un hombre pequeño, ágil, calzado en tenis, casi a punto de saltar. Tenía un swin que muchos le envidiábamos.

Lo tercero, su enorme hambre de creación, su infinita sapiencia para mirarnos, para escudriñar nuestra alma en las esquinas más recónditas del individuo frente a la sociedad, frente a sí mismo: Esteban, Caín, Tavito, Milanés, Cecilia, Nina, Medea…

La nación entera fue su dolor y su pasión. La expresó hermosa e inteligentemente con su palabra en cada una de sus obras, en cada una de sus acciones.

Fue un labrador mirando el camino. Un hombre de nobleza descomunal, de pequeños e inadvertidos vicios, empecinado en la fidelidad a sus amigos, a su Raúl, a Adria. Un hombre al tanto de noticias, de comentarios de último minuto. Era, sin remilgosAbelardo Estorino, Artes Escénicas, Premio Nacional de Literatura, Premio Nacional de Teatro ni horarios, un espectador que entraba en calma al teatro.

Las manos de Pepe han dejado una obra que nos denuncia y nos alerta.  Una obra inmensa, plena de imágenes potentes que estallan de cubanidad. Una obra peleadora, aguda, un metal arañando el metal. Mucho se ha escrito sobre su visión del teatro, su interés por poner a discutir sobre la escena nuestra identidad.

Ahora me ocupa el hombre, ese que ya no estará en su casona de 25, el mismo que te abría la puerta para un asunto de teatro o te ayudaba a conseguir el cake con Tadeo, su vecino.

Estorino viaja mañana a Unión de Reyes, regresa a su casa vieja, abriendo puertas y ventanas para que entre el viento.

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