Estorino: lo que está vivo y cambia

Jaime Gómez Triana • La Habana, Cuba

Jaime Gómez Triana

Qué noticia triste. Cuba acaba de perder a su más grande dramaturgo vivo, y los hombres y mujeres del teatro en la isla, a un entrañable amigo.

Abelardo Estorino, autor de una obra trascendental, supo alcanzar entre nosotros la más depurada síntesis de la cubanía y lo mejor de la tradición occidental. Experimental y lúdico, su teatro rehuyó  siempre de los estereotipos y se supo confrontación permanente de ideas, plaza pública desde el arte, encrucijada para debatir temas cruciales de nuestro día a día.

Dueño de un lenguaje cuidado en grado sumo, su palabra era acción que se sabía parlamento: tenía el don de la teatralidad. En La dolorosa historia del amor secreto de Don José Jacinto Milanés fijó la atención sobre los conflictos de su propia época, al tiempo que remontó la historia toda de la nación desde la visión del poeta que él también fue. Años después, Vagos rumores le permitió volver sobre su propia obra y dar muestras de una flexibilidad y una capacidad sin precedentes de incorporar las nuevas maneras de hacer del teatro. Tal era su capacidad de renovación que no solo sus obras, sino esa manera de volver sobre ella, han sido y son, desde entonces, ejemplo  permanente para el quehacer de los directores y autores de nuestra escena. 

Maestro extraordinario a la par de gran artista, Estorino fue además un hombre muy generoso. Su puerta, tirada desde lo alto por un cordelito, nunca estuvo cerrada para los jóvenes, para los que querían aprender de él. Nada era más grato que verlo construir una nueva obra, escribir versión tras versión, o compartir un licor en su cocina mientras pasábamos revista a  noticias y novedades, o encontrarlo en el teatro y compartir con él a la salida, cuando en frase breve y suspicaz, dicha con aparente duda, como preguntando, ubicaba la obra que acabábamos de ver siempre en su justo lugar. 

Su humildad lo hacía escapar de la solemnidad. Era muy simpático verlo buscar desesperado los diplomas de los Premios Nacional de Literatura y de Teatro porque  querían firmarlos para un documental y él no tenida idea de donde los había puesto. No le hacían falta los diplomas, sus altos méritos artísticos y humanos lo habían hecho sobradamente merecedor de ambos premios y también el de Maestro de Juventudes con el que lo reconoció la AHS, pero prefería el riesgo de lo que está por venir.

Saborear bajito los nuevos textos, enterarse tras bambalina de lo que se comentaba.  Así, nos enseñó a creer en lo que está vivo y cambia, es decir, en la vida misma que ahora ya no puede perder porque la eternidad lo tiene desde hace tiempo de su lado.

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