Todas las preguntas

Abel González Melo • La Habana, Cuba

Estorino querido, viejito lindo, que el viaje te sea grato. Gracias por tanta sabiduría y por la voluntad, por no perderte en la llovizna. Por hacerte (y dejarnos) todas las preguntas. Por una obra tan sólida como arriesgada, por no parar de innovar, por la emoción de las fábulas y las lecturas cómplices, por no cansarte de soñar la escena. Gracias por regalarnos esa Cuba dolorosa y profunda, el humor y la tristeza, el campo húmedo y la ciudad en ruinas. Por la libertad que me enseñaste siempre con tu sonrisa, tu humildad y tu buen oficio de historiador inquieto, de filósofo inconforme. Por tu curiosidad hacia lo nuevo y tu apoyo a los jóvenes. Por convencerme de que el teatro es un acto de fe y de resistencia, que se va paso a paso y se vive en presente. Por mostrarme que las batallas no las ganamos con vulgaridad, egocentrismo y panfleto, sino encima del escenario, tocando a cada persona. Gracias porque, aunque te vas, nos dejas todas las voces que solo un gran autor de teatro puede dejar: las desnudas voces de la carne y el tiempo. Aquí copio aquel poema que te escribí cuando entré al ISA en el 97, y una foto que nos hicimos quince años después. Ojalá tu mano siga abrazándome toda la vida. Padre generoso de los dramaturgos cubanos: siempre estarás conmigo.

Imagen: La Jiribilla

VINDICACIÓN DE ESTEBAN

para Abelardo Estorino

Yo soy el que regresa,
el que consiente otra vez ciertos fantasmas:
el rumor de las aguas y el piar del canario.
Yo soy el que vela junto al hombre que nunca conocí,
el hombre que amo ahora en su silencio
como no pude amarlo en sus palabras.
Nunca me fui del todo.
Cargué la casa vieja a mis espaldas
cual caracol absurdo que huye y desespera.
Ese que yace más allá de mi voz
habla con sombras y atisba el otro mundo,
la mujer que se mira las manos y envejece,
el infeliz que engorda en su pecado,
la que nunca me amó y ahora reclama,
la madre remota y los espacios vacíos:
el olor a leche ahumada a través de la cerca.
Ninguno existe aquí.
Solo estoy yo, condenado en mi memoria.
La memoria es el hueco donde se ahoga la inocencia.
Por eso escapo cada vez.
Por eso no soporto los discursos,
el maquillaje rígido en la boca del muerto.
Por eso abjuro de la casa y sus sombras.
Entonces sacudo las estatuas,
su mínimo polvo encadenado.
Una estatua es una cosa firme sobre sus pies:
nunca cojea.

La Habana, 1997 – Madrid, 2013

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