En la casa Estorino

Norge Espinosa • La Habana, Cuba

Hay en el teatro cubano una casa Estorino. No tiene el portal de losas blancas y negras, las columnas que imaginó Virgilio Piñera para su Electra Garrigó, dominando el pórtico de la célebre puerta de no partir. La suya, inevitablemente imaginada en Unión de Reyes, donde él nació, es una casa de maderas simples y nobles que con el paso del tiempo se ha hecho teatro, y guarda un olor a Cuba que su dueño, al dejarnos entrar a ella como lo hacen tantos de sus personajes, supo dilatar hacia tantas otras latitudes. A esa casa nos iremos a buscar, a partir de ahora, el nombre y el recuerdo de Abelardo Estorino, cuya despedida no puede significar un último aplauso.

Debo a su amistad, a su generosidad, a su sentido del humor, a su pasión e interés por la escena, no poco de mi fe hacia el teatro cubano. Hasta que la salud y el estado de ánimo se lo permitieron, subía y bajaba la empinada escalera de su famosa casa del Vedado para irse a ver lo que se representaba. Fue un sobreviviente fiel, incluso, a sus calamidades, y uno de los que no alzó el fantasma del quinquenio gris o decenio negro para justificar manquedades o fracasos posteriores, a pesar de haber sido una de sus víctimas. Dirigió teatro primero por necesidad, a fin de ver en escena sus textos sin alteraciones ni brumas innecesarias. Luego, desde el corazón de ese mismo ejercicio, aprendió a limpiar sus textos de descripciones innecesarias, de literalidades y obviedades que el escenario mismo podía ofrecer al espectador de modo más sutil, y ello llegó también a su dramaturgia. Confió en el actor (y en particular, en una actriz como la imborrable Adria Santana), así como en el teatro musical y el teatro de títeres. Fue amigo de pintores, cineastas, músicos, diseñadores, ensayistas. En aquellas a la presidida por las fotos y óleos de Raúl Martínez, el teatro cubano tenía un punto cardinal.

Su Teatro Completo, hermosamente editado, pasará ahora a ser más que un libro, un talismán a través de cuyas páginas podremos evocarlo. El peine y el espejo, Los mangos de Caín, Morir del cuento, las dos versiones del Milanés, Las penas saben nadar, Parece blanca, Medea sueña Corinto… son solo algunas de las piezas inevitables que vienen a la memoria. Ahora se impone el repaso de todo ese corpus, para encontrar en otras obras menos frecuentadas, como El tiempo de la plaga, señales de un autor que probó diversas técnicas y texturas, que se deslumbró lo mismo con un parlamento shakesperiano que con los experimentos de Tadeuz Kantor. Tuvo la suerte de saberse en escena hasta poco antes de su adiós, con una nueva representación de su mirada al mito de Medea, o en las pantallas de cine mediante la versión de Casa vieja que dirigió Lester Hamlet. Releerlo y representarlo será mantenerlo al alcance de la mano como el ser vivo que solo en apariencia hoy nos deja. El sabía que el teatro es una puerta que se alza entre la vida y la muerte, como un ensueño deslumbrante y pasajero.

No alcanzan estas palabras, escritas desde tierra extraña, a expresar todo mi dolor, en un año que ha sido particularmente cruel en cuanto a despedidas: aún no me repongo de las pérdidas de María Elena Molinet o Teresita Fernández, por mencionar solo dos desapariciones recientes. Representando esta misma noche en la ciudad de Miami Ana en el trópico, los actores y artistas cubanos de las dos orillas que saldrán a escena en la primera representación de este montaje de Teatro El Público, le dedicarán un momento de recuerdo a un hombre que fue más que un dramaturgo, un amigo y un maestro. Él nos conectaba, a través de su presencia y su memoria, con tantas otras siluetas de la cultura de la Isla. Queda ahora en nuestras manos, donde quiera que estemos y se haga teatro cubano, saberlo ahí, en la primera fila, guardando para nosotros un aplauso o un comentario que nos hiciera, siempre, regresar a las tablas. A esa casa de madera en la que ya, para siempre, decir su nombre será saber que seremos bienvenidos.

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