Estorino, promesas incumplidas y un muchacho que pasa por la calle

Rubén Darío Salazar • Matanzas, Cuba

Estorino ha muerto. La mañana del 22 de noviembre perdió sus colores de otoño para ser únicamente de Estorino. Mientras caminaba por Matanzas, hacia el ensayo, no sabía si andar hacia delante o hacia detrás. El mago de Oz no dejaba de posar gorriones, tojosas y zunzunes en mi hombro, y ni aun así podía recuperar mi alegría, ni él la suya. Oz se hizo hoy un terreno infinito y ralo. La Cucarachita Martina y el Ratoncito Pérez lloraban igualmente la partida de su dramaturgo cubano.

Me tocó un montón de veces decir palabras en homenaje a él y siempre al final me encontraba con su sonrisa pícara y su hablar pausado: —Tú eres actor y escribes, algún día serás director. Y así fue. En cada estreno de Teatro de Las Estaciones estaba Estorino, fuera en el Guiñol Nacional, la Sala Hubert de Blanck o el Teatro de La Orden Tercera. Iba acompañado de Adria o algún amigo, pero siempre allí, puntual y alegre. Con las mismas manos que aplaudieron a los Camejo y Carril, de quienes fue amigo y colaborador, lo tuve yo en mis funciones. Qué orgullo y qué compromiso en materia de arte.

En el año 2001, tras la entrega del Premio Rubén Vigón de Diseño Escénico, en el Museo de Artes Decorativas, me enfrentó: —Chico, por qué no te embullas y montas mi Dama de las Camelias, es una obra de títeres para adultos que a ustedes les quedaría muy bien. Casi me caigo para atrás. A partir de ahí cada vez que nos encontrábamos hablábamos de lo mismo. Yo comencé a bocetar el montaje con fruición, La dama de las camelias es un texto lleno de sutilezas, citas intelectuales y gracia cubanísima. Montar una obra de Estorino escrita para títeres o para actores es siempre una tarea de respeto. Sus diálogos tienen un lenguaje compacto, a la vez que diáfano y hermoso. Se me adelantó en el propósito otra agrupación. Con casi 2 actos completamente montados perdí a uno de los actores principales camino de otros lares. Pero Estorino no dejó nunca de preguntarme para cuándo sería mi estreno. Me quedé con ese incumplimiento en mi tarea directriz y relación amistosa.

Margarita Gautier llora junto conmigo, su Armando-Abelardo la ha dejado una vez más henchida de amor. En toda Cuba transitan los personajes de uno de nuestros más grandes creadores, un dador de vida, un hombre bueno que poseía la ilusión de un muchacho y la sabiduría de una biblioteca. Estorino ha muerto, yo reviso sus libros buscando no sé qué ni a quién, mientras lo veo pasar tranquilamente en cualquier joven de la calle.

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