Carpe diem bajo la poética de Arturo Carrera

Jorge Ángel Hernández • La Habana, Cuba

La colección La Honda, del Fondo editorial de la Casa de las Américas, ha publicado una amplia y necesaria selección de la poesía de Arturo Carrera: Bajo la plumilla de la lengua.[1]

Esta selección, incluye textos de Escrito con un nictógrafo (1972), Arturo y yo (1983), La construcción del espejo (2001), El coco (2003), Carpe diem (2003), Potlatch (2004), Children’s corner (1989), El vespertillo de las parcas (1997), Las cuatro estaciones (2008), Fotos imaginarias con nieve de verdad (2007), Tratado de las sensaciones (2001) y Noche y Día (2005). A lo largo de sus 322 páginas, prologadas por Reina María Rodríguez, es posible adentrarse en una poética de pulido oficio, capaz de convertir al adjetivo en un enigma conceptual o, en tantas ocasiones, en un profundo camino de reinterpretaciones filosóficas. Lo recorre además una ironía sutil, siempre erudita que, como la reflexión, no busca la interpretación de aquello que existe en el mundo de la sabiduría y la conceptualización epistemológica, sino en las reacciones humanas, inmediatas y eternas. De ahí que la paradoja esencial de la poética de Arturo Carrera se exprese en la dicotomía ―constantemente subvertida― entre el reflejo de la realidad por las acciones y frases cotidianas, y el sentido profundo que ese accionar camufla. Y el acto de exclusividad comprensiva, el privilegio del entendimiento, corresponde al poeta y, si bien se lee, a sus lectores. Tan consecuente es con ello, que la propia sintaxis se quiebra a cada vez para buscar, con la obstrucción perceptiva, el retroceso a la interpretación.

La poesía de Arturo Carrera es, por tanto, básicamente reflexiva, de una reflexividad que no se desplaza necesariamente  hacia la conceptualización, o hacia la típica sentencia del filosofar poético, sino a un sinfín de enigmas que buscan descifrar lo que él mismo llama “el arte de la realidad”. Es decir, comprender esa realidad que tan enigmáticamente se le representa en el curso de sus infinitas paradojas. De la percepción de la cotidianeidad, y de la observación de los detalles más nimios de esa realidad, la poesía de Carrera se desplaza hacia la búsqueda del entendimiento, hacia el efímero sentido de la imagen y el símbolo. En La construcción del espejo, usa de portadilla una cita de Wittgenstein para aclarar, sin embargo, que un espejo negro no se proyecta como “sucio”, sino como profundo:

Se habla de un espejo “negro”. Pero, desde luego, cuando este refleja, si bien es cierto que oscurece, no se ve “negro” y su negro no “ensucia”.

Se habla de un espejo negro. Pero en donde refleja, desde luego, oscurece, pero no se ve negro y lo que en él se ve no aparece “sucio”, sino “profundo”.

El espejo no es ni espacio oscuro ni imagen invertida, sino puerta exclusiva al infinito del entendimiento humano. Esa profundidad del reflejo, donde la esencia de la realidad y su precepción se enfrentan insidiosamente, es, más que estilo, esencia recurrente de su modo poético. Lo que el filósofo vislumbra desde su entrenada abstracción, se hace discurso palpable en el verso de Arturo Carrera.

En Carpe diem, por ejemplo, hallamos este curso constantemente alternativo del discurso poético:

La forma un día de pescar con mi hijo,

allí en el agua donde se unen el ojo

y el pez soluble de una mirada donde

no somos nada: solo la gran erudición

de lo inmóvil,
 

la atención con su caña

oculta. Y una nube sobre la laguna

que alza un carruaje torpe y disímil

en el vértigo horizontal.
 

El ímpetu de pescar

como despliegue de tanzas, cañas,

rotores, hilillos coloreados,

camuflarios,

señuelos, moscas, mosquitas, hélices de arce,

y las oscuras plomadas,

el grave olvido instantáneo como anzuelo.
 

La alternancia entre el detalle que denota realidad y el ejercicio de conceptualización que subvierte esa tranquila percepción de lo real, hacen profundamente irónico el propio significado de la alocución imperativa Carpe diem (disfruta, o aprovecha el día) y, al mismo tiempo, lo remiten a su propia reminiscencia literaria, perteneciente a Horacio, antes que al hecho que en sí misma designa. No es un día cualquiera el que el poema “Carpe diem de la pesca” nos presenta, sino uno en que acompaña a su hijo y, sin embargo, la conciencia de ser tanto la gran erudición de lo inmóvil como el grave olvido instantáneo en calidad de anzuelo escamotean el disfrute del instante y lo hacen zozobrar en la realidad otra del filosofar. La funcionalidad de los objetos a los que conocemos como bienes materiales, o culturales, es también doble: una signada por el uso, otra por el significado. La primera de corta utilidad, la segunda de inutilidad eterna.

Así, de la imagen instantánea, inmediata, se pasa a la imagen perenne e inasible del ser. Ser y persona como dos polos de un cuerpo único cuya tragedia consiste en descubrir a cada paso esa su condición de hallarse dividido entre la bifurcación intelectual que revela e ilumina ―en oscuras reflexiones, es cierto― y la estática de la persona que ejecuta cotidianas acciones cuyo sentido las sobredimensiona y, sobre todo, las convierte en pueriles e insensatas.

La trascendencia poética de esta dicotomía obsesiva radica, a mi entender, en el perenne movimiento de las cosas, los hechos y los seres. Así lo indica el estilo cortado de las descripciones, de acciones y paisajes, que son siempre el dato sobre el que va a descansar la conclusión lógica. De ahí que no hallemos evento sin sentido y que, tampoco, haya sentido sin angustia, sin inconformidad interior. Si es disfrutable el día, cómo no, su comprensión es angustiosa. Y comprender es, para Carrera, poetizar, girar sobre esas construcciones giratorias ―circulares las llama en el prólogo de esta selección de Casa de las Américas Reina María Rodríguez―, ahítas de advertencias cifradas, de pistas que en el camino del ser deberán ser descifradas. Si en esa trayectoria del entendimiento, y de la percepción, la solución del enigma es otro enigma, se ha llegado al porqué sobre el cual el poeta se estremece y acarrea nuevos textos sobre el paso del tiempo.



[1] Arturo Carrera: Bajo la plumilla de la lengua, Casa de las Américas, 2012. Colección La Honda. 322 pp. ISBN. 978-959-260-330-1

 

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