El Mondrian de Abelardo Estorino

Corina Matamoros (curadora) • La Habana, Cuba

Siento decirlo, pero querer a Abelardo Estorino tiene para mí poco que ver con el teatro. Vergüenza me da confesarlo… pero se trata de la verdad. Claro, he leído algunas de sus piezas, aunque no todas. Sin embargo, a menudo en los últimos años me iba contando las ideas que se le ocurrían para una próxima obra. Por ejemplo, la conversación telefónica entre un sordo y un ciego que no lograban entenderse, mientras hablaban de escaseces domésticas. Nos reíamos muchísimo inventándole cada vez más parlamentos y circunstancias adversas, sobre todo cuando no conseguíamos papas o algún que otro alimento desaparecido de los mercados.

Cuando se estrenó Comala en el Hubert de Blank, fui a ver la representación de ese espíritu de Juan Rulfo que tanto lo obsesionara, curiosa por admirar cómo resolvería los interesantes retos artísticos que lo rondaban incesantemente  mientras la elaboraba. Sufrió considerablemente durante  sus ensayos, de los cuales hablaba casi a diario, refiriéndome detalles de los inconvenientes técnicos, actorales y personales de los participantes. Y debió reunir tremenda fuerza y voluntad para asistir puntualmente al teatro y llevar a término su ansiado proyecto.

Hablábamos mucho de libros; todo tipo de cosas: si tenían lindas portadas, si eran buenos sus lenguajes, o si se necesitaba separarlos por la mitad y encuadernarlos delicadamente, como si fueran dos volúmenes, cuando se le hacía difícil sostenerlos entre las manos por su exuberante peso. No sé si deba contar que El hombre que amaba los perros corrió esa suerte. Y no solo eso, sino que me sugirió que hiciera lo mismo con el ejemplar mío, que tan generosamente me obsequió. Cuando me daba la impresión de que era muy crítico con alguna literatura, yo le decía que él no pertenecía a la Academia Cubana de la Lengua, sino de la lengüita.

Lo que nos unió mayormente fue la pintura. La pintura de su querido Raúl - mi admirado artista- y todo tipo de expresión plástica: el cine, los carteles, las imágenes digitales, las fotos… Era curioso ver lo bien que se las arreglaba para hacer composiciones digitales simpáticas y enviárselas a los amigos por correo electrónico. Ateniéndonos a su biografía, Estorino trabajó también en publicidad, como Raúl, en la Agencia OTPLA, por los años 50 y siempre gustó de dibujar, hacer letras, carteles.

Durante años analizamos juntos pinturas de Raúl Martínez, distinguiendo originales de imitaciones y copias baratas que se deslizan en el mercado. Una misma fiebre detectivesca nos envolvió en esa peculiar tarea investigativa, que nos proporcionara no pocos momentos de alegrías y descubrimientos, así como ciertas cóleras y arrebatos antológicos. Le debo, sobre todo, su gran ayuda para escribir un libro sobre Raúl.

Lo que siempre tengo presente es su simpatía y su buen humor.  Un día me dijo que iba a arreglar un poco la casa. Los cuartos superiores del caserón de la calle 25 son accesibles por una escalera imponente hasta para un jovencito, así que decidió bajar su dormitorio. Eso implicaba transformar la planta principal donde Raúl tuviera su estudio. Con la ayuda de su chofer y amigo Richard, y ante los ojillos escépticos de su hermana Zenaida, dividió el espacio del estudio a la mitad y creó allí un dormitorio. La pared medianera de esa división la hizo con cartulinas de vivos colores que tenía en la casa, organizadas en una amplia yuxtaposición de rectángulos. Un día recibo uno de sus casi diarios mensajes electrónicos donde me dice: tengo un Mondrian.  Había hecho, ilusionado, esa divisoria mondrianesca y se retrató delante de ella, feliz y sonriente, con el candor y el optimismo de quien empieza a vivir.

Querer a Abelardo Estorino tiene que ver con el amor a la vida.

La Habana, 26 de noviembre de 2013.

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