Selección de poemas

Remolino

entre paredes sin puertas
escondo mi cuerpo mudo
manchado

el día huele a orfandad
la medianoche es una hendidura en el muro

sé que no soy una sombra
sé que afuera hay guerrilleros
y hombres mutilados
que hay pájaros desnudos y hambrientos
hay guantes y gatos y gente

pero yo no soy la sombra:

soy el remolino
el huracán
la polvareda

o tal vez no

tal vez soy la huidiza tempestad de mis palabras
o solo una sonámbula que sueña

o no

 

La voz en ruinas

I

Juntos mordíamos la carne de las uvas. La canicular mañana nos mostraba los espejos y el dolor multiplicaba los escombros. Debajo del amurallado corazón crecían larvas y palomas. Con el cuerpo lívido de tanto opio atravesábamos la puerta del amor y poco a poco nuestras manos se incendiaban como hulla. Nadie nunca supo descifrar la líquida caligrafía de nuestras sienes. Solos y desnudos abrazábamos la muerte. Yo, bañada por el fuego de tus aguas, con la carne amoratada y fresca, asistía al nacimiento de pequeñas flores en mi boca, flores que serían escama, cicatriz, libélula. Tú, herido por el láudano y la sal, hablabas de cruzar el puente, de sanar al fin todas sus grietas.

IV

La noche te pronuncia con un gesto de nieve sobre árboles enfermos. Hembras animales hacen del silencio un río, un gemido oscuro que inaugura la pavana de los muertos. Debajo de los párpados construyo un puente hacia el sudario de tu rostro y dejo entre tus labios un pétalo de carne, un rastro de niebla. No vuelvas la mirada ahora que la lluvia me resulta indescifrable. Déjame apagar tu luz sobre los astros, ser isla al centro de tus aguas. Cuida que el silencio de las aves no delate nuestra música, que la arena de tus ojos no revele la agonía en el corazón de los amantes. Canta con tu fracturada voz de arcángel y sea la negra luna de tu lengua una espada que me hiera en los jardines del ensueño.

 

Morir de paraíso

Lavarás tu cuerpo poseída por la sombra. Al primer golpe de agua, la piel arrancará de tajo un nombre a la memoria. Querrás decir Leteo, canción del tenebroso, diamela, pero estarás muda de espanto. En la espera del que tañe mirlos en el aire, te descubrirás distinta a las demás hijas de Eva y hablarás por los desnudos.

Soy la que flota en el río, la despojada. Polvo de la madre extraída a su niña en trance.

La desnuda
dicen ellos
la bestia descarriada.

¿A qué tanto ropaje si en la piel se me calcina un nombre?
¿Para qué vestir de nube, aturquesada, si de arder me estoy muriendo?

Busco acordes en la niebla que apacigüen mi silencio. Me abandono en el lenguaje de las barcas. Del ciprés soñado por amantes solos nace una canción de cuna para las muchachas tristes.

En las ramas del almendro, madura el corazón del oboísta.

 

Tomado del blog Sol negro
 
Daniela Camacho: Poeta mexicana. Nació en Culiacán, en 1980.  Graduada de ingeniería industrial y de sistemas por el ITESM y de lengua y literaturas hispánicas por la UNAM. Publicó los poemarios En la punta de la lengua (Tintanueva, 2007) y Plegarias para insomnes (Editorial Praxis, 2008); y el libro de palíndromos Aire sería (Editorial Praxis, 2008). Forma parte de la antología bilingüe, español-portugués, Tránsito de fuego (Casa Nacional de las Letras Andrés Bello, 2009), La mujer rota (Literalia editores, 2008), Los siete pecados capitales. La lujuria (Alforja, 2008) y Del silencio hacia la luz: Mapa poético de México (2008). Es fundadora y miembro del consejo editorial y de redacción de la revista “El Puro Cuento”. Sus poemas y ensayos han sido publicados en revistas y periódicos de distintos países de América latina. Actualmente, vive en Tokio, Japón.

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