Danzón, patrimonio y actualidad

Pedro de la Hoz • La Habana, Cuba

No por natural y esperada, aunque tardía, la proclamación del Danzón como Patrimonio Cultural de la Nación, suceso que tuvo lugar en Matanzas el domingo 24 de noviembre de 2013, deja de mostrar aristas de interés, en tanto no se trata de consagrar una instancia folclórica ni una tradición congelada, sino de un fenómeno vivo y en pleno desarrollo.

El alcance nacional del género está fuera de toda discusión, aun cuando a un músico matancero y a la ciudad se le atribuya el punto de partida: Miguel Faílde y Las alturas de Simpson. Creo, con Leonardo Acosta, que más que inventar el danzón, Faílde cristalizó con su obra una corriente que estaba en el ambiente sonoro de su época, a partir de la evolución insular de la contradanza y la danza, que se avenía con la sensibilidad de los músicos populares y el público concurrente a los salones de baile, primero de Matanzas y luego de la capital y las principales urbes.

Se dice, y alguna vez se decretó, que era  nuestro baile nacional, con lo que ganó una categoría perdida con la más intensa y duradera nacionalización del son a lo largo del siglo XX. Pero sin lugar a dudas, durante las primeras cuatro décadas de la pasada centuria no había orquesta ni pareja de baile que se respetara que no incluyera danzones en su repertorio ni los pasos de rigor en las coreografías.

Hoy día los círculos danzoneros mantienen firme su legado bailable y se empeñan en trasmitirlo a las nuevas generaciones. Sin embargo, la realidad es que ninguna, o muy pocas parejas de cubanos de menos de cincuenta años va a una fiesta, como lo fue en otros tiempos, a bailar danzones.

¿Dónde está entonces la vitalidad del danzón a estas alturas del siglo XXI, como para fundamentar la articulación entre valores patrimoniales y actualidad?

En mi opinión, las respuestas (más de una) deben hallarse en la cualidad maleable de su célula rítmica, en la capacidad para asimilar temas de muy diversa índole, en su carácter generador de nuevas especies, y en su asociación con el jazz latino.

Vayamos por partes. El patrón rítmico sirvió para integrar las más inusitadas invenciones melódicas y con el tiempo se avecindó con el son en la sección final. La inclusión de citas de diversa procedencia a su sección central haría hoy las delicias de los teóricos postmodernos. Alejo Carpentier observó: “A partir de 1910, puede decirse que todo elemento musical aprovechable pasaba al danzón. Boleros de moda, arias de ópera, ragtimes americanos, pregones callejeros y hasta melodías chinas”.

A nadie debe escapar, por demás, cómo el danzón tuvo muchísimo que ver con el surgimiento del mambo y el cha cha cha, desde los tiempos de Arcaño, los Urfé y los López.

Y hay que oír el ingenio y la gracia con que han reciclado el danzón los principales exponentes del jazz cubano en el último medio siglo, desde Chucho Valdés y Emiliano Salvador hasta Maraca, Rolando Luna, Harold López Nussa y Alejandro Falcón.

De manera que es que, más que probable, con toda seguridad el danzón siga nutriendo el caudal sonoro de la isla.

Comentarios

Enviar un comentario nuevo

El contenido de este campo se mantiene privado y no se mostrará públicamente.
  • Saltos automáticos de líneas y de párrafos.
  • Las direcciones de las páginas web y las de correo se convierten en enlaces automáticamente.

Más información sobre opciones de formato