Juan Villoro en Casa de las Américas:

“Hay que saber poner la mosca en la sopa”

Rafael Grillo • La Habana, Cuba

Las últimas palabras de Juan Villoro fueron: “Los objetos están más cerca de lo que aparentan”. Al inicio, sin embargo, había anunciado que su charla versaría sobre “la desaparición de la realidad”. Mas para comprender cabalmente el sentido de tan flagrante paradoja, tendría que haber acudido el lector de estas líneas a la sala Manuel Galich de la Casa de las Américas, el martes 26 a las cuatro de la tarde, y escuchar en la propia voz del escritor y periodista invitado cómo salvaba la antinomia con una lógica discursiva implacable.

El autor de esta crónica se confiesa, de facto, apenas capacitado para ofrecer una versión precaria, fragmentada, de ese momento que dio inicio a la Semana de Autor. El mismo Villoro sirvió en bandeja la coartada: “Es imposible restituir de manera absoluta lo real. La realidad es escurridiza, se disuelve, se repliega, y ante ella actuamos como testigos de cargo atrapados por nuestra subjetividad”.

De entrada, Juan Villoro desafía los estereotipos impregnados sobre el hombre mexicano. Es altísimo, delgado, de tez muy clara y lleva una barba recortada, de mota blanca en la barbilla. Y en sí mismo, él es hombre que acepta incertidumbres:

“¿Hasta qué punto podemos los escritores dar voz a los Otros sin falsearlos? Nunca podemos registrar la experiencia del Otro, y justo por ello debemos escribir: por ese estímulo y como un desafío ante esa imposibilidad de la experiencia ajena de ser restituida del todo.

“La voluntad del creador suplanta la realidad por el hecho literario —agrega—. Pero justo en ese acto, la experiencia sensible se modifica y se amplía. Luego, es un error asociar la invención literaria con el reino de la mentira y contraponerla al periodismo como registro de los hechos.

“Ambos exploran lo real, pero la diferencia está en que el periodismo tiene la obligación de ser comprobado, mientras que lo literario acepta lo inverificable. A cambio, la literatura precisa de verosimilitud” —explica Villoro.

¿Cómo conseguir la verosimilitud? Ah, hay que “saber poner el pelo en la sopa”. En el método de Villoro, los detalles son la solución. Algo que él descubrió desde la infancia, y entonces cuenta del día en que mamá tuvo celos de una señora amiga; y ¿es ella o yo?, lo precisó la madre; y él que no creía fuera en serio que estaba recogiéndole la ropa... Hasta que ella echó en la maleta el frasco de pastillas para el hierro —el detalle que modificaba la situación—; y el niño Villoro se echó a los pies de mamá implorando el perdón.

Como todo cuentero de raza, Villoro acude a menudo al relato para apuntalar sus opiniones: “Un Zinedin Zidane a punto del retiro empuja a Francia hasta el duelo contra Italia en la final de la Copa del Mundo de 2006. Parece tocado por la gracia: anota un penal, casi cuela otro gol de un testarazo. De súbito, embiste a Materazi, el legionario romano. Pitan tarjeta roja y los bleus  se quedan sin líder en el campo. En un segundo, el héroe se ha convertido en villano. Estos son los hechos, simples datos, materia para la información. ¿Por qué perdió la cabeza el descendiente de argelinos como Albert Camus? El sentido de ese acto es lo que daría impulso a una narración y abre camino al territorio de la crónica”.

Juan Villoro es el clásico “tipo ocurrente”: sus raptos de humor están poseídos de gran lucidez:

—La crónica es el ornitorrinco de la prosa —dice.

Y aclara: “Tiene contacto con todos los géneros literarios pero sin ceñirse a ninguno de ellos. Admite cualquier estímulo literario, pero a condición de salvaguardar el contacto con los hechos reales. La crónica implica un contrato con la verdad”.

“Pero la realidad se modifica en la interpretación que hacemos de ella”, asegura Villoro y entonces su charla va de vuelta a la literatura; y habla de El arrecife, su última novela, donde el protagonista tiene mala memoria; y habla de Onetti y la escritura como indagación en las pistas de la realidad; y de sus propios libros entendidos en la tradición del policial nomás por ese énfasis en la investigación, porque:

—Uno no escribe porque sepa algo sino escribe para saberlo —dice.

—El gran desafío del escritor es el misterio de lo cotidiano, el enigma de lo cotidiano —dice.

A seguidas ―o al menos así quedó fijado en la memoria desarticulada de este cronista―, Villoro hace la anécdota de agosto de 1994, en la selva de Chiapas, rodeado de Marcos y zapatistas, embarrado en lodo y él en busca de un espejo. Un espejo donde recuperar su identidad en fuga. Y aparece el espejo retrovisor de un pick up…Y Espejo retrovisor es el título del libro suyo, recopilación de crónicas y relatos, que va a presentarse en esta Semana de Autor, publicado por el Fondo Editorial de Casa de las Américas.

—Siento gran emoción por estar aquí. Casa de las Américas fue hasta hoy un espacio de la imaginación y del deseo. Recuerdo a mi abuela mirando al mar desde Progreso, en la costa de Yucatán, buscando en el horizonte la luz que Cuba representaba… —dice Juan Villoro.

Pero esto lo ha dicho el autor mexicano en el mero comienzo de su conferencia, aunque, volublemente, esta pincelada de realidad se haya quedado para el final.

Tomado de La Ventana

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