"Yo estuve ahí. Llámenme Ismael": un testigo
en Chiapas

Marianela González • La Habana, Cuba

Podrá existir una única vía de escape, pero ciertamente, no hay una sola vía que conduzca a México. No existe hoy —uno aterriza allí con mapas y coordenadas y libros leídos, y a la lógica aprendida la disuelve de plano el olor de la canela. No hay una sola vía de entrarle al país más inenarrable del continente, y no la había en 1994, cuando Chiapas despertó “con tanta noche encima”.

En su Primera Declaración de la Selva Lacandona, en enero de aquel año, así se dirigía el subcomandante Marcos a sus “muy estimados señores” mexicanos: “Chiapas nos reventó en la conciencia nacional y muy variados autores desempolvan su pequeño Larousse Ilustrado, su México desconocido”. En este libro (Espejo retrovisor), se lo presenta como el “líder más carismático y desconocido” del fin de milenio mexicano: San Marcos, el Tucídides de la jungla, pasamontañas sobre la frente, pulgar en la nariz; sereno ante seis mil pares de ojos que atienden, sin escanear, la representación escénica, el pesebre de barro en que le nació al mundo su primera guerrilla posmoderna.

Juan Villoro pudo haber sido uno de aquellos “autores” desencajados o un “estimado señor” u otro par de ojos en el “safari ideológico” que pondría en jaque los cimientos de la gobernanza neoliberal mexicana desde su esquina sur, la más profunda y alejada, aparentemente, del ojo del huracán. Pero eligió ser un cronista, perdón, “el cronista”: un testigo entre los “convidados de agosto” a la Convención Aguascalientes; una figura lateral. Quizá, lo único que no cabía ser en aquel claro de la selva al que casi todos, dice, llegaban como "ex algo" dispuestos a ser, desde ahí, otra cosa, a perder la piel para ganar la máscara.

De entre muchas vías posibles, Juan Villoro le “entró” al México de 1994 por un costado. Resultado: un ejercicio de periodismo cultural complejo, discutidor con sus propias tesis; pleno de idas y vueltas entre distanciamiento e implicación, entre el autor-narrador y el personaje, entre los límites del “hacer ver” y la “fe”, entre la exposición y la máscara:

“Yo estuve ahí”, marca, pero “Llámenme Ismael”.

I
(La guerrilla quiere una moto; el cronista, una manera de entrar)

El subcomandante Marcos repasaba su nariz con el pulgar. Era la única evidencia de que estaba en el podio, consciente de la atracción magnética que ejercía en los seis mil convencionistas. Su voz controlada expresaba dominio escénico; la mano era otra cosa. (…) El cronista no disponía de otro gesto para calcular las reacciones del líder más carismático y desconocido de nuestro fin de milenio.

La guerrilla zapatista quiso “una moto” para recorrer el país como había hecho el Che Guevara por la América Latina. Marcos, una forma de representación pública que recogiera y sintetizara la tradición, pero que no se le pareciera. Y el cronista, lo mismo: como ante una realidad que ha sido muchas veces contada y a la vez, inédita, expone las costuras de su procedimiento analítico como si necesitase justificarlo en una estructura que avanza y retrocede, todo el tiempo, sobre sus mismos pasos… como una revolución.

Ante el “caso Chiapas”, todo iba a quedar en riesgo, dice Villoro, “empezando por el sentido de lo verosímil”.

El periodista, escritor, sociólogo, iba a ser de los primeros en dar cuenta de un proceso inédito de transformación en el México profundo, un performance político al que habían vetado los muertos, y que, con esas credenciales, abría el diapasón a todo el país con un pastiche de símbolos, códigos, representaciones de lo que había sido Tierra y libertad en la Revolución de 1910. Un ejercicio de reciclaje histórico y cultural que proponía conceptos una y otra vez tomados como bandera y negados, repetidos e incomprendidos, bautizados y atacados. Un fenómeno de contrastes; como todo allí, como la “aduana fría” en la zona franca de la utopía mexicana, como sus rifles inútiles. Una paradoja que se hizo notar en todos los idiomas.

Es necesaria una cierta dosis de ternura para comenzar a andar con tanto en contra, para despertar con tanta noche encima. Es necesaria una cierta dosis de ternura para adivinar, en esta obscuridad, un pedacito de luz, para hacer del deber y la vergüenza una orden. Es necesaria una cierta dosis de ternura para quitar de en medio a tanto hijo de puta que anda por ahí. Pero a veces no basta con una cierta dosis de ternura y es necesario agregar... una cierta dosis de plomo.

Esta había sido la Declaración de Principios del EZLN, y con ella, el subcomandante Marcos trazaba un programa de acercamiento que iba, sin remordimientos, de un extremo a otro de la cuerda: apelaba a la identidad y desmantelaba al "Otro", oponiendo la antisolemnidad al presidencialismo, traduciendo culturalmente (advertía Enrique Dussel ese año en la revista Proceso) dos mundos hasta entonces incomunicados: el de los indígenas pobladores del México profundo y el de los “estimados señores” del México blanco.

Y en sintonía, otra vez, la intención del cronista: conseguir que realidades que comúnmente no se tocaban, se encontrasen al menos en la última frontera. Y el ejercicio le incluyó. Camino a Chiapas, a un foro en medio de la selva que era bautizado como Aguascalientes en homenaje a la ciudad que reunió a los ejércitos populares de la Revolución en 1914, sitio parteaguas en la memoria histórica nacional, Villoro se zambulló en el barro junto al resto de los que parecían habían esperado un alzamiento popular para salir de camping, sintió que esa ironía le hincaba, y aun así, mostró respeto: “El solo hecho de caminar con la mochila a cuestas ya era un acto de fe”.

En el microbús [se sentó] junto a Andrés Aubry, ex sacerdote, historiador, encargado del archivo de la diócesis. Hace veinte años decidió vivir en Chiapas y memorizar todos sus árboles, todos sus ríos, todos sus pájaros. Habló del estado con la pericia de un jardinero que anticipa los brotes de una planta.

Desde el camping, desde el México profundo (parece decir), también se puede mirar, y mirar bien.

Aquel hombre era un “ex sacerdote”, marca Villoro y hace coincidir la singularidad de este común con la del dramaturgo, el economista liberal devenido vegetariano, el propio ejército mexicano que les desea “buen viaje”, y tantos otros “ex algo” que viajaban en pos de convertirse en otra cosa. Y el cronista, ¿qué movía al cronista en aquel safari?, ¿solo una historia que contar; las mil preguntas que hilan el texto y que parecen conducirle de la curiosidad a la confirmación de su propia, posible, militancia? Todos iban al claro de la selva, dice, con más preguntas que respuestas. También él:

¿Le picaba [a Marcos] el pasamontañas de algodón (…) o se trataba de un involuntario signo de suficiencia?

¿Es Marcos sólo una máscara visible que se subordina…?

¿Dispone de un temple excepcional para soportar el peso de su leyenda…?

¿Por qué no se levantaron antes?

 

¿Cómo harían (…) para proseguir la transformación retórica de México?

¿Cómo entender los actos nimios que nos constituyen [a los mexicanos, a los hombres, a los escritores] en la guerra y en la paz?

Y a medida que avanza el relato, es eso que vemos del cronista frente a su espejo retrovisor, consciente, al fin, de que una cabeza le corona el cuello: preguntas-tesis que van pariendo su ornitorrinco de prosa. Preguntas de un periodista, preguntas de ciudadanía. En el México de 1994, solo podían ser una misma cosa.

… la sociedad ha abierto caminos que facilitan su organización,[decía ese mismo año Sara Moirón], y la misión del periodista [es] una piedra que cae en el centro de lo que parece un tranquilo lago.

En su visita anterior a Chiapas, Villoro había conocido a un hombre a quien le decían así, el Periodista.

Durante varios días se unió a nuestro grupo y convirtió la visita en una enciclopédica revisión del estado. Me extrañó que tuviera tanto tiempo libre y le pregunté por su trabajo:

―Nunca voy al periódico: me pagan por no escribir. Soy demasiado crítico ―dijo con resignada ironía.

Este es el silencio que buscan los ganaderos, los caciques, los dueños de las grandes fincas.

Difícil que este hijo de su padre, el cartaginés, pudiera llegar a Chiapas con la misma credencial. Y ya lo había marcado al inicio: “Los periodistas llegaron antes que los militares a la zona de conflicto”: “los periodistas”… ¡ellos!; quien llegaba ahora a Aguascalientes era “el cronista”. Y ser cronista en la América Latina no podía distar demasiado de esa tradición de escritura rigurosa que, decía el Gabo en su discurso del Nobel (1982), parece también una aventura de la imaginación.

Un ejercicio de selección, de exhumación de lo común desconocido. Esa es la ética del periodismo que le llega a Villoro de raíz; pero con ella, desde la esquina, tira su piedra al lago y la quietud se revuelve y ya no es invisible el testigo. Una vez que ha captado y puesto en evidencia el signo de la mezcla entre carnaval y apocalipsis, el cronista no cabe ya en su sleeping bag. Cuando lo intenta, es el texto quien se rebela.

 II
(La crónica quiere una moto; el cronista, una salida)

El cronista le entró al México de 1994 por el lateral y la crónica, traidora, le fue empujando al centro del ruedo. Al estilo de Montalván, el relato zapatista de Villoro se discute a sí mismo y coloca al autor sobre el finísimo hilo que sujeta sus argumentos; dejando entrever un tejido de cuestionamientos, posiciones críticas en torno al proceso que narra y que se escurren entre el fresco y la denuncia.

Entre los “ultras”, los “hooligans del izquierdismo” y las “almas intensas”, afloran sus matices y motivaciones, y a medida que avanza por la selva, son sus percepciones las que marcan puntos de giro dentro de la historia (o al menos, en la forma en que la leemos). A la fuerza, “el cronista” se hizo personaje: quizá, el único.

Ni siquiera Marcos tendrá este tratamiento en las crónicas que Villoro reúne en este libro: “El señor de los espejos”, como le llamó al subcomandante Augusto Monterroso, ya era su propio personaje, y no sucumbiría el autor a la tentación de secuestrarlo, como tal, al terreno de su literatura de no ficción. Para Villoro, habría significado un doble atentado: a los objetivos políticos de Marcos y a la literatura.

Cuando se dobla sobre la letrina en un claro de la selva, el relato ha tomado su nivel y el autor ha entendido el “pasamontañas de vengadores de película de serie B” como ningún otro cronista del zapatismo: ni los de 1994, ni los que han venido después. Tanto es así que la usa él mismo, cronista/personaje, para volver a conjurar, como al inicio, su propia invisibilidad: como los objetos en el espejo retrovisor, “la experiencia de la otredad” aparece entonces más cerca de lo que aparenta y se va pareciendo, dice, “a nuestro barrio”. La relevancia del suceso se ha desplazado ahora de los ojos del autor al suceso mismo, dejando que autor, testigo, personaje, se fundan en un ente que se parece al lector: a un lector que también tiene un pasamontañas de algodón sobre los ojos, y del que no habíamos percibido ni un asomo.

Pero en la encrucijada que supone volver a “estar sin protagonizar”, la crónica todavía será, como los discursos del propio Marcos, “genial”, o no “será”. Un alma intensa había propuesto prohibir las bromas: “Obviamente, este personaje escapado de Kundera, no había leído las mil y una cartas del Subcomandante Marcos”. Villoro sí. Y había visto películas de serie B y leído la crónica latinoamericana sedienta de exotismo. Lo tenía todo para armar su pastiche.

Y así, la conferencia [el ejercicio de escritura] sería aun divertida picaresca hasta que una voz [el lector, esta ponencia] pregunta:

―¿Cuándo [Marcos] se va a quitar la máscara? [¿Cuándo va este testigo a decirme si es Marcos solo una máscara que se subordina, si le vio temple, si iba a durar más que su leyenda, si consiguió explicarse por qué no se levantaron antes los chiapanecos, si tenían con qué seguir, si ha entendido, al fin, de qué estamos hechos entre la guerra y la paz?].

―¿Me quito el pasamontañas?, consulta Marcos a los convencionistas, y un pavor de fin de mundo [desnuda, por fin, al lector de esta crónica]: un lector del México blanco, untado hasta el cuello de barro y de canela.

―¡No!, dicen a coro. Marcos sonríe, y nuestro Ismael disfruta, mientras da cuenta, de la última paradoja de Aguascalientes.

Villoro le entró al México de 1994 por el lateral, y salió por la misma puerta. Después de todo, del país más inenarrable del continente no te despides solo en el Puente de las Américas.
 

Intervención en la Semana de Autor, que se le dedica al escritor mexicano Juan Villoro. La Habana, 26 de noviembre de 2013. Cortesía de la Casa de las Américas.
 
Tomado de La Ventana

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