Convergencia

Caperucita en el bosque

Ivette Vian Altarriba • La Habana, Cuba

“Que Dios no tenga que ausentarse de la casita de mi corazón.
Que en él viva y se quede dormido.
Que entre y salga sin cumplidos como en casa suya”.

Sra. de C.E. Cowman

Hace alrededor de 15 días vivo en una nueva “dirección” (casualmente calle 13, Nro. 513), zona de antigua alcurnia; he comprado a una anciana dulce y triste (con familia disfuncionalmente extendida), de “la piel sufrida”, al parecer antigua “doméstica” de los originales dueños.

Todavía siento temor a los espacios llenos de cajas cerradas; percibo sombras, presencias, abro los clósets esperando encontrarme con “algo”. Ayer creí sentir una voz de hombre que hablaba aquí adentro, palabras que no entendía ―pensé en el esposo y el hijo de la ancianita prieta que, según me contó, murieron en esta casa y ella no quería “abandonarlos”―; me viene a la mente que durante los trámites de compra-venta, una vez hubimos de esperar sentados en este mismo portal, junto con el abogado y demás, a que terminaran una ceremonia “espiritual” ―un familiar salió a excusarse, sudoroso―, mientras extraños sonidos salían de la casa, toda cerrada. Por si acaso, enciendo inciensos y echo colonia por los rincones.

Ahora vivo aquí. Todos  los ruidos y “recurcuteos” son nuevos para mí, sobre todo en la  madrugada. Gotean sin cesar las pilas de los baños y de la cocina; ninguna ventana cierra bien y casi todas las persianas están sueltas; las tres puertas al exterior tienen rotas las cerraduras, en tanto ―mientras gestiono reparaciones de urgencia― debo poner cadenas y candados por doquier; hay costras de suciedad y letreros en puertas y paredes, como en un “bayú”. Cuando anochece me siento en medio del Bosque, yo soy Caperucita y el Lobo acecha afuera ―¿y adentro?―. Lo cierro todo, no me asomo, duermo con todas las luces de la casa encendidas.

Tengo un permanente temblorcito interior. Estoy sola, tengo miedo. Pero hace unos días, se asomó a la ventana una viejita del Comité, indagando sobre mis planillas para el “registro de direcciones” y en medio de sus averiguaciones y mis justificaciones, ella dijo:

―Yo también vivo sola.

En eso, se quedó dudando y rectificó:

―Bueno, si digo eso es una falta de respeto con Margarita, porque yo no vivo sola, vivo con ella ―y señaló a una perrita canosa, gorda, que merodeaba sus pies.

―Usted tiene razón, yo tampoco vivo sola. Yo vivo con Dios y con Maní Totó, ¡aquí somos tres! ―agregué de un salto.

Y era cierto. Además, he llegado con mis “almas tutelares”, que se van instalando junto conmigo y mis cosas-fetiches. El mismo día de la mudanza, comentábamos mi hijo ―que viajó expresamente a ocuparse de todo― y yo:

―Ay, si tu abuelita viera esta casa con jardines le encantaría…

―No, y sobre todo a mi abuelo, él diría: “¡Han hecho una buena inversión!”

En la sala ya instalé los respectivos “altares”, el de la Virgen de la Caridad (mi hijo también dejó montado su altarcito budista) y otro con la foto coloreada a mano del bisabuelo mambí, con La Bandera. No soy practicante de ninguna ideología ni religión; pero, sin duda, soy creyente; creo fervorosamente en la vida y necesito ritualizarla, hacer como que  “poseo” la que me tocó.

Lo mío es tener casa en tierra natal; me funciona para sosegar mi rechazo a la intemperie. No tengo espíritu aventurero; aunque me encantan los nómadas, beduinos, esquimales, gitanos y vagabundos del mundo, no me gustaría hacer esa vida. Me sobrecoge la idea de emigrar o cuando veo a las multitudes desplazadas de sus hogares. El hombre que amé es un ave en continua  migración; yo soy un árbol ―él se posó un instante y me dejó un nido.

Han pasado algunos días desde que comencé a escribir esta página y, a veces, me siento triste, a veces torpe, desorientada; pero ya no tengo miedo. No entiendo bien qué hago aquí, ni siquiera he salido hasta la acera, pero me sigue pareciendo un lugar bonito, incluso familiar; me sucede cierto deja vu cuando abro la puerta de la cocina que da a un pasillo, algo tienen estos muros mohosos con aquellos del patio de mi abuela en su casita de la calle Calvario, allá en Santiago de Cuba.

En fin. Es muy raro cómo uno puede dejar atrás y seguir.

A propósito, esta mañana, un conocido lloraba mientras recordaba conmigo a su esposa recientemente fallecida, con la que había vivido más de 40 años; la rememoraba a ella pero también a la casa donde habían sido tan felices y que él ahora pensaba vender. Me impresionó tanto amor ―¿es el famoso “apego” que recomiendan eliminar?―, me quedé pensando en cómo se experimentan esos sentimientos ―que de pronto ennoblecían a este conocido, me provocaban admiración y envidia―; porque en verdad nunca he llorado por dejar ninguna ciudad, casa, escuela, centro de trabajo… y han sido muchos. Tampoco recuerdo haber sufrido demasiado por la ausencia de una pareja ―incluso las que no he podido sustituir nunca―.  Simplemente he seguido sin ellos, por corte. No ha habido ni nostalgia, aunque sí memoria; es como si me los llevara conmigo. Creo que no extraño porque siguen conmigo; ahí debe estar la clave de mi existencia.

Esas ciudades, casas, escuelas, centros de trabajo, parejas, me las llevé en mi disco duro. No dejo atrás lo que viví  sino que lo tengo incorporado, son experiencias de “mi” propiedad. Yo soy ellos: son mi vida, la vivida. Aunque mis parejas ahora vivan en Tailandia o se casen con una médica de Campo Florido; aunque derrumben mi casita del Tívoli, en Santiago, y la de Buenavista la hayan remozado tan “shopinescamente” que hasta cortaron de raíz la enredadera de picuala.

No importa. Yo sigo mirando la bahía desde el “corredor” de mi casa santiaguera y sigo despertándome con el olor a manzana de aquellas puchas con florecitas rojas de mi querida picuala. Eso no me lo quita nadie. Lo vivido (lo “bailao”). Y muy agradecida. Supongo que por eso puedo seguir adelante  por corte ―aparentemente―. Porque en verdad no dejo nada atrás, todo está conmigo. Claro, hablo del pasado. A mí lo que me puede hacer llorar es el futuro; ese sí que no es de mi propiedad. Ese es el Lobo.

Sospecho que ya estoy palabreando, que me invento teorías optimistas para no tener miedo; en el fondo, ¿soy o no soy Caperucita…? No sé, no sé, de lo que sí estoy segura es que el Bosque existe, que es como el mundo; que cualquier casa adonde me mude estará siempre rodeada de ruidos escondidos, de la oscuridad boscosa. También, siento las casitas como refugios y esta ya es mi convento y obligación.

¿Sabe de lo que estoy hablando?, ¿sus paisajes, parejas, casas, las ha “permutado” mucho o vive donde mismo nació y con su misma novia/o de la escuela?, ¿le basta o preferiría cortar, dejar atrás algunas cosas y seguir mientras comienza experiencias nuevas? ¿Y se atrevería?, mire que no es fácil… ¿Usted, se siente Caperucita o Lobo…?

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