Sándor González visita las ciudades
de Calvino

Virginia Alberdi • La Habana, Cuba

En la misma isla donde nació, no por mera casualidad sino por destino de la ciencia cultivada por sus padres —uno especialista en agronomía, otra en especies botánicas—, Ítalo Calvino halló la versión visual de una de las más estremecedoras criaturas de su quehacer literario; Las ciudades invisibles.

Sándor González Vilar, joven artista egresado de la Academia de San Alejandro, con una treintena de exposiciones personales en su haber tanto en Cuba como en varios países europeos, fue comisionado por la Asociación Recreativa Cultural Italiana (ARCI) para ilustrar la edición del libro en lengua española que conmemoró en Cuba el nonagésimo aniversario del nacimiento de Calvino.

Imagen: La Jiribilla

Debo hacer notar que el artista fue más allá de los términos referidos en dos sentidos: por una parte se identificó con la poética calviniana de tal modo que superó el marco del simple encargo; por la otra, concibió un repertorio de imágenes que desbordan los códigos convencionales de la ilustración.

Esto último se hizo visible en la exposición que acompañó la presentación habanera del libro. En la galería del Pabellón Cuba mostró no solo los dibujos a tinta que aparecen en la publicación sino otros que surgieron a medida que avanzó en la lectura y comprensión de los textos. Y hasta, como colofón, adicionó dos obras al pastel y un cuadro de gran formato que resume la comunión del artista con la estética del escritor.

Imagen: La Jiribilla

No pueden obviarse las motivaciones de Calvino, premonitorias y de palpitante actualidad, al escribir estas espléndidas estampas que publicó en 1974: “¿Qué es hoy la ciudad para nosotros? Creo haber escrito algo como un último poema de amor a las ciudades, cuando es cada vez más difícil vivirlas como ciudades. Tal vez estamos acercándonos a un momento de crisis de la vida urbana y Las ciudades invisibles son un sueño que nace del corazón de las ciudades invivibles. Se habla hoy con la misma insistencia tanto de la destrucción del entorno natural como de la fragilidad de los grandes sistemas tecnológicos que pueden producir perjuicios en cadena, paralizando metrópolis enteras”.

Para Sándor no era ajena la temática. Desde que comenzó a darse a conocer en el medio artístico, una de sus cartas credenciales fue la representación del conflicto entre el hombre y su entorno urbano, dentro de una tónica expresionista.

Esa experiencia facilitó su aproximación de los textos de Calvino. Edificaciones alargadas, conglomerados habitacionales suspendidos en el aire, escaleras que conducen a ninguna parte, artefactos que se confunden con el trazado citadino, puertos ignotos, árboles empotrados en moles de concreto, configuran una geografía tan improbable como real.

Imagen: La Jiribilla

A pesar de que la imagen de la ciudad es atenazante, no se representa tanto la angustia del ser humano como en series anteriores de Sándor donde había masas dispuestas a la inmolación, lo cual revela una perspectiva humanista que el artista subsumía en sus especulaciones sobre el destino de la especie. Más bien, al interpretar a Calvino, Sándor ha hecho mucho más penetrante su mirada, mucho más lírica su composición, mucho más balanceado el desequilibrio.

Es, como si al final de todos los relatos, Sándor  hubiera anclado en las líneas con que Calvino describió la mítica Moriana: “Parece que la ciudad continúa de un lado a otro multiplicando su repertorio de imágenes; en realidad no tiene espesor, consiste solo en un anverso y un reverso, como una hoja de papel, con una figura de un lado y otra del otro, que no pueden despegarse ni mirarse”.

Imagen: La Jiribilla

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