Las flores de las Antillas

Cira Romero • La Habana, Cuba

Fue un delicado título el seleccionado para una revista, cuya primera entrega se repartió en diciembre de 1851, donde se lee que sería una publicación “semimensual”, periodicidad, por cierto, bastante incierta. El 6 de diciembre el Diario de la Marina, al dar cuenta de la inminente aparición, expresaba que su “principal distintivo” sería “la moral”, y que sus redactores guardaban “riguroso incógnito”.

Fue una “Publicación de amena literatura, crítica literaria, industrias y artísticos [sic], novelas y cuentos, poesías, viajes, anécdotas, modas y diversiones”. Estudiosos de la prensa cubana, como Carlos M. Trelles, señalan que fue dirigida por Rafael Otero, en tanto que otro especialista, José M. Labraña, además de este nombre agrega los de Santiago Cancio y Bello y José Socorro de León en calidad de redactores. De dichos nombres han llegado noticias a nuestros días de dos de ellos, Otero y de León. El primero, nacido en La Habana en 1827 y fallecido en Matanzas en 1876, fue poeta desde sus años de adolescencia, pero donde más se destacó fue en el teatro, fundamentalmente con comedias representadas en escenarios de la capital y de la “Ciudad de los puentes”. Títulos como Un novio para la isleña (1847), El muerto manda (1850) y Quien tiene tienda que la atienda (1851) enriquecen su bibliografía. Un crítico e historiador teatral tan reputado como Rine Leal expresa sobre él: “como poeta dramático fue pésimo (cualidad que compartió con sus contemporáneos) [...] pero como sabía manejar el enredo cómico y las situaciones, su nombre ha quedado entre los saineteros que más contribuyeron al género [...] Su juguete cómico ¡Cuatro a una! (1865) es su mejor pieza. Escrito para el Liceo de Matanzas, donde Otero pasaba sus últimos años, la comedieta desenvuelve su acción en esa ciudad y paga un respetuoso homenaje a [José Jacinto] Milanés, [Ramón de] Palma y La Aurora, es decir, al parnaso local. El resto es el invariable conflicto sentimental que se resuelve felizmente ante el telón final”. Se empeñó también en la novela, con Cecilia la matancera (1861), subtitulada “Novela cubana”. Fue uno de los colaboradores de Los cubanos pintados por sí mismos (1852), una de las mejores colecciones, junto a Tipos y costumbres de la isla de Cuba (1881), de textos costumbristas. Por su parte, José Socorro de León (La Habana, 1831-1869) se ganó la vida modestamente como bedel en la Universidad de La Habana, lo cual no le impidió colaborar en numerosas revistas y fundó, junto con Otero, otra titulada La Danza. También dirigió Camafeos. Publicó poemarios como Ensayos poéticos (1852) y Flores silvestres (1853) y comedias de costumbres.

En su quinta entrega de Las Flores de las Antillas Otero anuncia que se había quedado solo al frente de la publicación y que “quedaban abiertas sus columnas para toda clase de artículos y poesías que sean dignos de publicarse y que no ofendan en manera alguna el pudor de nuestras compatriotas y amigas”.

Como en otras publicaciones similares publicó poemas, cuentos, trabajos de crítica literaria y artículos variados sobre cuestiones de interés general. Colaboraron en sus páginas Rafael María de Mendive, José Gonzalo Roldán y José Fornaris, entre otros.

Hay un dato curioso que aportar sobre esta revista: publicó en planillas anexas que no se han conservado, la novela Flavia, de María de las Mercedes Santa Cruz y Montalvo, más conocida como Condesa de Merlin, escritora habanera de expresión francesa sobre quien resulta interesante hacer algunos comentarios, pero antes digamos que de dicha obra, citada por varios estudiosos, no se conocen ni la fecha de su publicación ni el tema tratado. María de las Mercedes nació en La Habana el 5 de febrero de 1789, en el seno de una familia aristocrática, los condes de Jaruco. Sus datos de infancia los brindó la propia autora en su primera obra literaria, Mes douze premières annés (París, 1831). Allí cuenta de su niñez bajo el fuerte sol habanero —“Esa influencia del clima de fuego que nos ha visto nacer, clima bajo el cual no hay infancia”— pero sí la tuvo, acompañada de su bisabuela, pues los padres debieron partir para Europa, quien la consintió en sus menores caprichos. Un rápido regreso de estos, cuando ella tenía ocho años, determinó que debía pasar al convento de Santa Clara, pues eran demasiadas las consideraciones de la bisabuela para con la imaginativa niña. Encerrada en ese lugar, logró la ayuda de una monja, Sor Inés, llevada después como protagonista a su novela Histoire de la Soeur Inès (París, 1832), para huir del lugar, al que se negó a volver. Pasó entonces al cuidado de una tía, la marquesa de Castelflor, hasta que se reunió con sus padres en Madrid. En su citada obra Mes douze.... dice la futura condesa de Merlin:

A los once años ya había llegado a tomo mi tamaño y, aunque muy delgada estaba tan formada como cualquiera otra a los dieciocho. Mi color de criolla, mis ojos negros y animados, mi pelo tan largo que costaba trabajo sujetarle, me daban cierto aspecto salvaje, que se hallaba en relación con mis disposiciones morales [...] Viva y apasionada con exceso, no vislumbraba la necesidad de reprimir mis emociones y mucho menos la de ocultarlas.

La madre de María de las Mercedes, María Teresa Montalvo, había alcanzado nombradía en la capital española y en su salón se reunían figuras de la vida literaria como Moratín y Quintana, del mundo musical y político, como el ministro Manuel Godoy, protegido, hasta en su alcoba, por la reina María Luisa, y pintores como Francisco de Goya. En 1809 la joven se casó con el conde francés Antonio Cristóbal Merlín (1771-1839). Llegó a París cuando el régimen napoleónico empezaba a declinar y la pareja padeció de cierto rechazo debido a la inclinación bonapartista del conde y también general. Pero la Merlin no se dejó vencer y basada en su belleza y talento literario y musical se impuso en su propio salón y en otros. Al suyo de la calle parisina de Bondy acudieron figuras como Víctor Hugo, Musset, Lamartine, Balzac le dedicó una de sus primeras obras,  el general La Fayette y lord Palmerston en visitas frecuentes y Rossini estrenó o interpretó allí muchas de sus famosas piezas musicales. Cubanos como José de la Luz y Caballero, José Antonio Saco y Domingo del Monte concurrieron a su tertulia. Lecturas de poemas, arias de ópera interpretadas por la propia condesa, discusiones políticas delicadas, se escucharon en estas reuniones. Viuda a los 50 años, al siguiente  de fallecer su esposo hizo un breve viaje a La Habana entre el 3 de mayo y el 25 de julio, ciudad de su nacimiento que la acogió con fiestas y saraos en su honor. Varios poetas, entre ellos Plácido, le dedicaron composiciones. La del que moriría fusilado cuatro años más tarde por su presumible vinculación con la conspiración de La Escalera decía en una de sus estrofas:

Cuando el acento mágico resuena
de la noble Merlin, y su laureada frente
se ostenta de atractiva llena,
ni al Támesis ni al Po debemos nada,
nada tenemos que envidiar al Sena.

De regreso a París, se dedicó a preparar un libro que tituló La Havane (1844), escrito en forma epistolar, que los lectores en lengua española pudieron disfrutar ese mismo año bajo el título Viaje a la Habana, aunque expurgadas de él varias cartas que juzgaban con cierta acritud el sistema esclavista. El prólogo a esta obra se debió a otra criolla asentada fuera de la Isla, Gertrudis Gómez de Avellaneda. Cuando el libro  fue conocido en Cuba, se inició una fuerte polémica, pues el escritor cubano-colombiano Félix Tanto, bajo el seudónimo Veráfilo, en artículo publicado en Diario de la Habana, recogido más tarde en  Refutación del folleto intitulado Viage [sic[ a la Habana por la Condesa de Merlin, publicado en el Diario (1844), demostró que en esas cartas, además de haber numerosos errores que señala minuciosamente, hay cosas peores: plagió obras de autores cubanos, como la novela de Ramón de Palma Una Pascua en San Marcos (1838), una de las obras fundadoras de la narrativa nacional. Afirma el articulista que “La señora de Merlin, por decirlo de una vez, ha visto a la isla de Cuba con ojos parisienses y no ha querido comprender que La Habana no es París”. En su defensa acudió su amigo José de la Luz y Caballero.

Otras obras de la escritora de origen cubano fueron Madame Malibran (1838) y Les esclavages dans las colonies espagnoles (1841). Su más connotado estudioso cubano, Domingo Figarola-Caneda, dio a conocer en 1929 la Correspondencia íntima de la Condesa de Merlin.

Envejecida, carente de los antes abundantes recursos económicos, aislada, murió en París el 31 de marzo de 1852. A su entierro, como al de la Avellaneda, poco más de 20 años después, apenas asistieron unos pocos cubanos que residían en la capital francesa y unos pocos amigos franceses. Muchos años después, en un viaje a París, el citado amante de su obra encontró en el cementerio Père Lachaise su tumba abandonada, acompañada solo por la maleza y sin una lápida que recordara a la cubana que brilló en los salones de la Ciudad Luz.

Esta fue la escritora de quien Las Flores de las Antillas reprodujo la novela Flavia. No fue una escritora improvisada, como muchos han dicho, y hasta se ha propalado que otras personas le escribían sus textos. Ocupó un lugar destacado en la vida cultural francesa de la tercera y cuarta décadas del siglo xix y los cubanos supieron rendirle tributo, como el que le concedió esta revista, que concluyó su publicación con la séptima entrega, el 13 de mayo de 1852.

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