Batida returns

Zoila Sablón • La Habana, Cuba

Seis, siete veces, quizá más. Imposible llevar la cuenta de las ocasiones en que Batida Teatro, de Dinamarca, ha tocado tierra cubana durante los últimos diez años. No ha sido solo La Habana. Han llegado hasta las serranías de Guantánamo, establecido en Bayamo, junto con Teatro Andante, un puesto de operaciones; han conocido el Gallo de Morón y paseado por el barrio de La Marina, en Matanzas. Parecería increíble que estos representantes de vetustos orígenes, hayan penetrado una Cuba profunda y dispar.  

La edición  XV del Festival de Teatro de La Habana los recibió con tres espectáculos: Grande Finale, Aleluya y Un hombre llamado Rolex. Cumpliendo el primer decenio de su visita a Cuba, quisimos imaginarnos una temporada post festival que completara un ciclo de diálogo con sus espectadores habituales y diera la posibilidad de conocer a otros nuevos.

Para la gente de teatro, Batida es un buen recuerdo. En 2006 trajo a Cuba María Bonita, hermosos atrevimiento, si se quiere, con Lãmpiao y su compañera sentimental y de lucha. Quizá era, de alguna manera, una necesidad de cerrar, en términos artísticos, una prolongada  estancia del núcleo fundador del grupo en Brasil durante los ochentas. No satisfechos con el nombre elegido para el colectivo, los daneses apostaban al seguro.

No obstante, despierta interés el motivo inspirador para esta tropa de músicos devenidos actores casi por azar. El personaje, tan polémico, popular, insurgente y soñador, era un buen  acompañante en una utopía de la cual el camino teatral de Batida no está carente.

María Bonita, con dirección de Soren Valente, líder creativo y espiritual del colectivo, ganó el Premio Villanueva de la Crítica, y el público que asistió a verlo en la sala Tito Junco del Bertolt Brecht, lo recordaría años más tarde al escuchar que Batida retornaba a Cuba otra vez.

Pero antes de este encuentro, la audiencia cubana se había divertido a mares con el espectáculo Overture, presentado en varias plazas y parques de la ciudad durante el Festival de Teatro de La Habana del 2003. El grupo regresaría con lo que pudiera llamarse una segunda parte de este montaje, titulada Grande Finale. El director italiano aplatanado en Copenhague, Giacomo Ravicchio, volvía al grupo para crear un  divertimento clownesco e ingenioso en el cual unos músicos ambulantes son contratados para tocar en una boda en la que nunca aparecen los novios. Con las típicas peripecias torpes y los personajes más envejecidos, el espectáculo sirve de carta de presentación a unos actores talentosos, simpáticos, ridículamente atractivos, capaces de interpretar más de un instrumento musical con comodidad.

En una ocasión, Soren me confesó que deseaba hacer un teatro más político. A mi juicio, María Bonita y otros títulos del repertorio no dejaban de serlo. Pero al ver Aleluya en 2011, unos meses después de su estreno, supe a qué se refería. Aleluya es una invasión de política a la escena desde todos sus costados: musical, argumental, en la comunicación con el público y en su tesis. Es un espectáculo extraño, desafiante, a veces incómodo.

Con Aleluya, Batida condensa la urgencia de subir a la escena danesa ciertos temas que atañen directamente a la sociedad de ese país, casi ubicado en una especie de limbo de bienestar y sosiego extraplanetario. Se detona así el asunto, y lo hace desde sus presupuestos habituales.

Nuevamente, asistimos a una visible estructura musical que va a enlazar las zonas del espectáculo, a una historia fragmentada en retrocesos, plena de guiños efectistas, característicos de la artesanía y la arquitectura teatral de los montajes de Batida.

Pero aquí el acento sobre el tema es absolutamente explícito: un homeless con un rara historia, un banco de dinero llamado Aleluya donde una bebé es abandonada y se convierte en el vehículo catalizador del desenmascaramiento al simulacro moral de estos personajes. Con tonos tragicómicos, el montaje pone sobre la escena, inteligente y agudamente, no solo la denuncia de estos males convertidos ya en lugares comunes, sino la ausencia de un horizonte de esperanza, ridiculizado en la escena final.

Para completar su temporada en Cuba, Batida llevó al Centro Cultural Raquel Revuelta su más reciente montaje. Con Un hombre llamado Rolex vuelve a una rutina de trabajo habitual del grupo: la coproducción con otros directores. Esta vez el inglés Alex Burne le permite a Batida reincidir en un teatro político.

Aquí se complejiza el tejido narrativo. Varias historias confluyen para construir otra oscilante, de múltiples significados. Por un lado, la anécdota, digamos central, la del pintor oficial que se ve imposibilitado de cumplir el deseo del dictador; y por otro, la familia gitana que también cuenta su propia historia de vida en un acto casi carnavalesco. Estos dos espacios de enunciación van a potenciar, en un finísimo bordado, el entresijo de personajes, micro-relatos y situaciones que juntan principio y fin.

Los últimos días del socialismo en Bucarest y la tensión entre arte y poder por medio de las relaciones del pintor y el tirano en un contexto extremadamente politizado, son un pretexto para indagar en el compromiso y el papel del artista, y contraponerlo a la tradición viva de los romanís. Son ellos, esa alteridad que convivió con el socialismo real y que también fue discriminada, los que narran la historia y lo hacen desde el lugar de los vencedores. Igualmente,  opera como una metáfora teatral. Es desde ese espacio satanizado y marginado por la sociedad -rasgos a los cuales el teatro no debe renunciar-, donde se verifica la historia en la escena.

A ello se suma la presencia de Danay Anaya, actriz cubana, ex miembro de Teatro Andante y quien forma parte hoy de la nómina de Batida Teatro. Danay viene a destacar otra marca por su apariencia no danesa y por el hecho de ir explicando en español, en la versión en Cuba, algunas situaciones de la obra. Lo hace de manera orgánica, en diálogo fluido con el resto de los personajes. Es, en puridad, una gitana, la otredad en un contexto resignificado precisamente por su intervención.  

Es obvio que el camino de Batida se ha ido empinando hacia un teatro donde se cuelan preocupaciones en torno al individuo, al ciudadano contemporáneo de hoy asaeteado por disímiles conflictos sociales. Pero su acierto ha sido siempre, entrarle a ese espacio conflictuado de la sociedad y del ser humano a través de una teatralidad acendrada en la música, la imperfección, un aparente caos en escena donde se confunden los elementos escenográficos con los cambios de vestuario, los efectos artesanales y sorprendentes, el diseño escénico atractivo y eficaz y las excelentes actuaciones.

Su larga trayectoria de más de veinticinco años, los legitima en una estirpe guerrillera de teatro, aun en las condiciones ventajosas que puede propiciar la sociedad danesa. Más que una comodidad, ha sido ese un obstáculo provechoso para su creación. Ha sido, probablemente, ese mismo contexto, el que los ha impulsado a explorar y reinventar otras latitudes. Su hoja de ruta lo confirma: El Salvador, Brasil, China, Corea del Norte, Cuba, Camerún…. De ahí la convicción de que Batida encuentre igual acomodo en la CruzadaTeatral, en Jiguaní o en Estocolmo.

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